L.M. PALMA.
Gritos, miedo e incertidumbre. Sensaciones entremezcladas que se dieron cita ayer entre los vecinos del número dos de la calle Francesc Fiol i Joan. Antes incluso de que los policías conminaran a los vecinos a salir de su casa con lo puesto, el griterío ya había despertado ayer a más de uno. El desalojo por fases intensificó la zozobra entre los vecinos por saber la suerte que correría su casa.
Los vecinos de las viviendas interiores estaban más tranquilos. Apenas se habían enterado de qué era lo que había ocurrido. Solo al salir a la calle y toparse con el resto del vecindario se percataron realmente de lo sucedido. Frente al portal, más de doscientas personas se agolpaban recién evacuadas. Algunas de ellas habían tenido tiempo suficiente para vestirse. Eran los menos. La inmensa mayoría se echó a la calle en pijama y con batín o la primera prenda de abrigo que encontraron en su salida apresurada. Otros ni tan siquiera. Cogieron el edredón que les arropaba y se envolvieron con él en la vía pública.
"Mi mujer no salido. Está inválida y se ha quedado arriba", se lamentaba Julián Álvarez, de 65 años. El había podido salir a la calle por sus propios medios. En cambio, a su esposa de 70 años se le habían sumado a sus problemas de movilidad un profundo ataque de nervios. Al no existir un riesgo serio para ella, cuatro personas de las asistencias sanitarias atendieron a la mujer en su propio domicilio, sin que se viera forzada a bajar a la calle.
Gabriel, de 16 años, se preocupó de evacuar también su enorme San Bernardo. El dueño y su perro mantuvieron la calma durante la evacuación. "Los gritos, los portazos y los cristales rotos me han despertado", admitió el adolescente. Su vivienda, situada en la segunda planta, no había resultado afectada por las llamas.
Alberto, de 34 años, comprobó cómo el calor había hecho añicos los cristales de la coladuría. Pese a encontrarse en la sexta planta., tres por encima del foco del incendio, el fuego y el humo se adentraron por su domicilio. "Me suelo levantar a esa hora (las siete de la mañana). Cuando me llamaron a la puerta para desalojarme, tuve tiempo de vestirme", explicó. "No pensé que el humo y el fuego pudiera alcanzar tanta altura". Por el contrario, Manel, otro vecino del inmueble, tuvo el tiempo justo de ponerse una cazadora sobre su pijama. "No me enterado. Vivo en los pisos interiores y, de pronto, me han sacado de casa", indicó.
Transcurridos unos minutos interminables, los bomberos y los policías permitieron que los vecinos pudieran retornar a sus viviendas.