Entrevista

Yuval Harari: "Usaremos la tecnología para ser dioses"

El escritor de nos habla de su próximo libro, novela que tratará sobre el futuro de la humanidad

05.05.2016 | 16:43
Yuval Harari, escritor e historiador.

Yuval Harari sorprendió hace dos años con 'Sapiens: de animales a dioses' (Debate), su inquietante historia de 70.000 años de evolución humana, que irrumpió en las listas de best sellers y ha sido traducida a una treintena de idiomas. Su próxima obra hablará del futuro de la humanidad.

¿Y si, en lugar de ver la historia humana encaramados en un taburete, lo hiciéramos desde un globo aerostático? ¿Qué nueva perspectiva adquiriríamos? ¿Qué visión tendríamos sobre nuestra propia especie? Algo así debió de pensar Yuval Harari (Haifa, 1976), profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, cuando escribió 'Sapiens'..., un best seller que olvidó a reyes, batallas y tratados, para hablar de la evolución del 'Homo sapiens'. Sus llamativas conclusiones lo situaron en las listas de recomendaciones de celebridades de todo el planeta, aunque no le ahorraron la polémica. Su relato sobre por qué los humanos somos como somos fue considerado sorprendentemente lúcido por muchos y sensacionalista por otros. Pero sea cual sea el veredicto del lector, sus conclusiones merecen ser tomadas en consideración porque llaman a la reflexión.
Hace un tiempo, alguien me comentó que una noche no pudo dormir pensando en su libro. Se encontraba casi en estado de shock. Cuando escribió 'Sapiens'€, ¿pretendía agitar las mentes de sus lectores?

Sí. Por supuesto, quiero que la gente disfrute el libro, pero, a la vez, que se sienta perturbada por él. La historia no debería ser sólo un entretenimiento cultural, debería hacernos pensar (y preocuparnos). Después de todo, en el pasado, la humanidad ha sido responsable de una larga lista de tragedias, crímenes y terribles errores de cálculo. Hoy está adquiriendo poderes divinos, y por ello nuevos errores de cálculo pueden desencadenar tragedias aún mayores. Es nuestra responsabilidad usar sabiamente ese poder.

Esa reacción del lector tal vez se produce porque usted cuestiona cosas que damos por supuestas. Por ejemplo: explica que la salud de los cazadores y recolectores era mejor que la de sus sucesores en sociedades agrarias y en muchas fases de la sociedad industrial. ¿La evolución ha sido un mal negocio para los humanos?

La evolución no es una cuestión de salud, justicia o felicidad. Lo único que importa son las copias de ADN que se repliquen, igual que el éxito de una empresa se mide sólo por la cantidad de dólares que tiene en su cuenta bancaria y no por la felicidad de sus empleados. La revolución agrícola sirvió para mantener a mucha gente con vida, pero en condiciones peores que antes.

Durante millones de años, los humanos se adaptaron a cazar y recolectar. Sus cuerpos y mentes estaban diseñados para correr tras las gacelas, subir a los árboles para coger manzanas y olisquear por los bosques para buscar setas. En cambio, la vida de agricultor implicaba largas horas de trabajo muy duro, y su dieta era peor. Los humanos son omnívoros, adaptados a nutrirse con docenas de alimentos, pero los agricultores a menudo dependían de uno solo, como el arroz. Estaban, por tanto, más expuestos a la malnutrición o a la inanición. Y a las infecciones. La mayoría de las enfermedades infecciosas humanas se originaron en animales como las vacas y los cerdos, y se convirtieron en una plaga sólo a partir de su domesticación, y desde el momento en que los humanos pasaron a vivir en asentamientos permanentes y densamente poblados. Las evidencias arqueológicas y antropológicas indican que los grupos nómadas eran más igualitarios, pero la agricultura abrió el camino hacia la estratificación social, la explotación y, posiblemente, el patriarcado. En suma, un campesino medio en la China de 1800 tenía una vida más dura y menos satisfactoria que uno de sus antecesores del valle del río Yangtsé 30.000 años antes. Aún hoy hay cientos de millones de personas que tienen vidas menos satisfactorias que los cazadores recolectores.

Perdone que insista en la felicidad, pero ¿no somos más felices, pues, ahora que hace dos siglos?

Hasta más o menos el 1800, el poder colectivo de la humanidad creció, aunque el del individuo no mejoró mucho; pero en los últimos dos siglos el poder colectivo empezó a mejorar también la vida de los individuos. Desde 1800 ha habido un claro descenso de la mortalidad por hambre, plagas o guerra. Hoy más gente muere por obesidad que por hambre, guerra o terrorismo. El estadounidense medio tiene mil veces más posibilidades de morir a consecuencia de McDonald´s que por una sequía o un atentado de Al Qaeda. Pero hemos pagado un precio alto. El Homo sapiens evolucionó como un animal social, y la mejora en las condiciones laborales en los dos últimos siglos ha ido acompañada del colapso de nuestras comunidades más íntimas. En el mundo desarrollado, la gente depende del Estado y del mercado para casi todo: comida, cobijo, educación, salud y seguridad. Eso hace posible sobrevivir sin una red familiar o sin amigos reales. Reemplazar las antiguas redes tribales por la seguridad de las economías modernas y de los estados niñera tiene ventajas enormes. Pero la calidad y la profundidad de las relaciones íntimas han salido perjudicadas. ¿Somos más felices que en 1800 o que en la edad de piedra? Tal vez un poco, pero no hay correlación entre el asombroso éxito en la adquisición de poder de la especie y nuestra felicidad. En la edad de piedra, el individuo medio consumía 4.000 kilocalorías diarias, para comida, ropa, refugio y entretenimiento. Hoy en Estados Unidos, un individuo consume 228.000 kilocalorías en los mismos conceptos. ¿Es el estadounidense medio 60 veces más feliz que los antiguos cazadores-recolectores? Parece que no. La humanidad es como un coche cuyo conductor pisa a tope el acelerador, aunque el cambio de velocidades está en punto de muerto o en primera. Así se hace mucho ruido y se consume mucha gasolina, pero difícilmente se va a alguna parte.

Si pese al progreso tecnológico y económico no somos más felices... ¿no es un panorama un poco deprimente?
No necesariamente. Eso significa que deberíamos cambiar la forma en que pensamos y actuamos, y en particular deberíamos dejar de creer que simplemente por tener más poder inevitablemente seremos más felices.

Usted sostiene que la especie humana es un asesino en serie respecto a las otras especies. Ahora que estamos en plena sexta extinción, ¿cree que nuestro comportamiento puede cambiar?

Hoy no parece que sea así, no nos preocupamos lo suficiente de las otras especies. Mientras nuestro comportamiento no amenace nuestra supervivencia, no creo que la humanidad haga el esfuerzo de cambiarlo.

Sin embargo, en las sociedades occidentales, la cuestión del bienestar animal ha cobrado importancia en los últimos tiempos. ¿Cree que se trata de una moda o de algo más profundo?

Espero que sea algo más profundo, porque nuestro trato a los animales, especialmente a los de granja, es abominable. Más del 90% de los grandes mamíferos del planeta Tierra están domesticados. Estos miles de millones de animales son tratados por la industria alimentaria, no como seres vivos que pueden sentir dolor y angustia, sino como máquinas. Son a menudo producidos masivamente en instalaciones similares a factorías, sus cuerpos son moldeados de acuerdo con las necesidades industriales. Pasan sus vidas como engranajes en una gigantesca cadena de producción, y la duración y la calidad de su existencia están determinadas por los beneficios y las pérdidas de las empresas. Juzgado por el sufrimiento que causa, este es probablemente uno de los peores crímenes de la historia. La ciencia hoy nos enseña que incluso los pollos tienen un mundo complejo de comportamientos relacionados con sus necesidades y motivaciones. Pueden sentir el dolor, el placer y el miedo. Pero la industria del huevo y de la carne los trata como máquinas sin vida. Los pollos son a menudo confinados en pequeños gallineros, y no es extraño que cuatro gallinas sean metidas en jaulas pequeñísimas. Reciben comida suficiente, pero no pueden adjudicarse un territorio, ni construir un nido o desarrollar otras actividades propias de su naturaleza. De hecho, la jaula es tan pequeña que a menudo no pueden desplegar sus alas ni estar completamente de pie.

El trato a las otras especies es indisociable de la preocupación por el cambio climático, un reto planetario que requiere una respuesta coordinada. Pero la humanidad nunca ha actuado conscientemente como un único grupo. ¿Cree que por fin podrá actuar de esta manera?

No lo sé, pero es capaz de hacerlo. Cuando se trata de un peligro colectivo, puede afrontar el reto. El modelo más obvio y optimista es nuestra reacción a la gran amenaza de una guerra nuclear y nuestro éxito en ­reducir la violencia en el mundo durante las últimas décadas. En estos inicios del siglo XXI, el mundo está disfrutando de una era de paz sin precedentes. Hay todavía guerras en algunas partes del mundo –vengo de Oriente Medio, así que lo sé bien–, pero zonas muy importantes del planeta están libres de conflictos armados. En las sociedades agrarias antiguas, el 15% de las muertes era causado por la violencia humana, una cifra que se ha reducido hoy a menos del 1,5%. De hecho, hoy los suicidios superan a las muertes violentas. ¿Qué nos ha llevado a esta era de paz? Primero, que las armas nucleares han transformado la guerra entre las superpotencias en un suicidio colectivo. Por ello, hubo que buscar formas de resolver los conflictos sin guerras mayores. Segundo, los cambios económicos han convertido el conocimiento en el mayor activo. Antes, la riqueza era material: campos de trigo, minas de oro, esclavos, ganado... Eso fomentaba la guerra, porque es relativamente fácil conquistar las riquezas materiales a través de ella. Hoy, la riqueza se basa más en el conocimiento, y no se puede conquistar el conocimiento con la guerra.

Incluso hay quien dice que las guerras se han trasladado a la economía. Durante la crisis del 2008-2009, se decía que estábamos en una crisis sistémica del capitalismo. ¿Cuál es su opinión desde la perspectiva de hoy?

El capitalismo no es la condición natural de la humanidad, pero sí que es la religión más exitosa de la historia, tanto que la mayoría de las personas la toma como la verdadera. Su principal dogma es que el crecimiento es la fuente de todo lo bueno. Si quiere justicia, libertad o incluso igualdad, no lo tendrá sin crecimiento. La religión capitalista sostiene que esa es la solución a todos los problemas colectivos, y que la solución a los individuales es comprar cosas. Por eso, cada persona, familia, empresa y país tiene que producir el año próximo más que hoy, incluso si eso significa desatender otros valores. El crecimiento ha mejorado muchos aspectos de la vida, pero parece que el capitalismo se ha centrado demasiado en ese factor. Gracias al capitalismo, la humanidad ha disfrutado un crecimiento tremendo en los últimos siglos, pero todo eso no ha hecho necesariamente del mundo un lugar más feliz. Necesitamos algo más allá de esa cruda obsesión con el crecimiento, aunque hoy, desafortunadamente, no conocemos ninguna alternativa viable a la manera de pensar capitalista. Y más vale que nos demos prisa con algo, porque el sistema parece que nos está llevando hacia una profunda crisis.

Habla de religión capitalista, pero, en cambio, parece que la religión tradicional ha perdido importancia, al menos en Occidente. ¿Cuáles pueden ser las consecuencias?

La religión no es creer en dioses, sino más bien cualquier sistema de normas y valores humanos cimentado en leyes sobrehumanas. La religión nos cuenta que tenemos que obedecer ciertas leyes que no fueron inventadas por los humanos y que no pueden cambiar. Algunas, como el islam, el cristianismo y el hinduismo, creen que esas leyes fueron creadas por dioses. Otras como el budismo, el capitalismo o el nazismo, creen que esas leyes sobrehumanas son leyes naturales. Así, los budistas creen en el karma, los nazis argumentaban que su ideología reflejaba las leyes de la selección natural, y el capitalismo sigue las leyes naturales de la economía. No importa si creen en leyes naturales o divinas, todas las religiones tienen la misma función: dar legitimidad a las normas y los valores humanos y dar estabilidad a las instituciones. Sin ningún tipo de religión, es imposible mantener el orden social. Durante la era moderna de las religiones, la creencia en leyes divinas se ha eclipsado. Pero las que creen en las leyes naturales se han convertido incluso en más poderosas. Silicon Valley, por ejemplo, es hoy un invernadero de tecnorreligiones. Prometen todos los premios de las religiones antiguas –felicidad, paz, prosperidad, vida eterna– pero en la Tierra, con la ayuda de la tecnología.

Otro cambio de importancia es la exaltación del individualismo y el declive de la familia. ¿Cuáles pueden ser las consecuencias?

Durante millones de años los humanos vivieron en comunidades pequeñas e íntimas, y la mayoría de sus integrantes tenían vínculos familiares. Históricamente, en todas las revoluciones previas no hubo cambios en este capítulo. Desde la llegada de la agricultura, los humanos han unido familias y comunidades para crear tribus, ciudades, reinos e imperios, pero las familias y las comunidades seguían siendo los ladrillos básicos de las sociedades. La revolución Industrial moderna, sin embargo, logró romper, en poco más de dos siglos, esos ladrillos y convertirlos en átomos. La mayoría de las funciones tradicionales de la familia y de la comunidad pasaron al Estado y a los mercados.

El Estado y los mercados hoy nos ofrecen un pacto que no podemos rechazar: "Sé un individuo", nos dicen. "Cásate con quien quieras, sin pedir permiso a los padres. Desempeña cualquier trabajo que te apetezca, incluso si los mayores lo desaprueban. Vive donde quieras, incluso si no puedes ir a cenar cada semana con la familia. No dependes más de la comunidad o de la familia. Nosotros, el Estado y el mercado, te cuidaremos en su lugar. Te daremos comida, cobijo, educación, sanidad, bienestar y empleo. Te daremos pensiones, seguridad y protección. A cambio,  sólo tendrás que ser leal a nosotros, seguir nuestros dictados, pagar los impuestos y servir en nuestro ejército".

La literatura romántica a menudo presenta al individuo como alguien atrapado en la lucha contra el Estado y el mercado. Nada más lejos de la realidad. El Estado y el mercado son la madre y el padre, y el individuo no puede sobrevivir sin ellos. Por supuesto, el compromiso entre los Estados, los mercados y los individuos no es fácil. Los dos primeros discrepan acerca de sus derechos y obligaciones, y los individuos se quejan de que ambos exigen demasiado y de que reciben poco a cambio. En muchos casos, los individuos son explotados por los mercados, y los Estados los alistan en sus ejércitos, fuerzas policiales y burocracias, para perseguir a otros individuos en lugar de defenderlos. Es asombroso como funciona ese acuerdo, a pesar ser imperfecto. Sin embargo, eso es una ruptura respecto a incontables generaciones con unos esquemas sociales inmutables. Millones de años de evolución nos diseñaron para vivir y pensar como miembros de una comunidad. En escasamente dos siglos, nos hemos convertido en individuos alienados. Nada testifica mejor el asombroso poder de la cultura humana.

Vivimos en tiempos inciertos: dudas sobre el futuro económico, cambios en valores, nuevas tecnologías€ Pensamos que vivimos cambios de gran importancia; pero, desde una perspectiva histórica, ¿este sentimiento es real?

Sí, estamos realmente en la mayor revolución de la historia. Siempre ha habido muchas revoluciones económicas, políticas y sociales, pero había algo que se mantenía constante: la humanidad en sí misma. Aún tenemos el mismo cuerpo y mente que nuestros ancestros en Egipto o en la edad de piedra. Sin embargo, en las próximas décadas, por primera vez, la humanidad en sí misma desarrollará una revolución radical. No sólo por lo que respecta a la sociedad y la economía, sino que nuestros cuerpos y mentes se transformarán con la ingeniería genética, la nanotecnología y los ordenadores activados desde el cerebro. Los cuerpos y las mentes serán los principales productos del siglo XXI.

Creo que está trabajando actualmente en un libro sobre el futuro. Un historiador escribiendo sobre el porvenir parece un poco contradictorio, ¿pero cuando mira hacia el futuro, qué ve?
Por decirlo llanamente, creo que en el futuro los humanos utilizarán la tecnología para me­jorarse a sí mismos y convertirse en dioses. En un sentido literal, porque los humanos adquirirán las habilidades que se consideraban divinas. Pronto podremos diseñar y crear seres vivos a voluntad, navegar por realidades artificiales directamente con la mente, ampliar la esperanza de vida y cambiar los propios cuerpos y mentes de acuerdo con nuestros deseos. Cuando hablamos del futuro, generalmente pensamos en un mundo en el que personas idénticas a nosotros en lo esencial podrán disfrutar una mejor tecnología. Pero el potencial revolucionario de las tecnologías futuras es cambiar 'Homo sapiens' en sí mismo, nuestros cuerpos y nuestras mentes. Lo más asombroso del futuro no serán las naves espaciales, sino los seres que volarán en ellas. Eso tendrá como resultado enormes oportunidades, pero también inquietantes peligros. Necesitamos entender lo que está ocurriendo –es ciencia más que ciencia ficción–, y ya es hora de que empecemos a pensar en ello en serio

¿Cuáles serían los mayores entre esos peligros?
Uno es que la capacidad que acumulamos nos lleve a nuestra autodestrucción a través de un desastre ecológico o la guerra. Otro, que las herramientas tecnológicas escapen de nuestro control y sean mucho más poderosas que nosotros: sería lo relativo a la inteligencia artificial, que en unas pocas décadas puede convertir en inútiles a la mayoría de los humanos. Estamos desarrollando una inteligencia artificial que supera a las personas en más y más tareas. Se estima que en unos 20 o 30 años aproximadamente el 50% de los empleos en las economías avanzadas serán desarrollados por ordenadores. Muchos nuevos tipos de trabajo aparecerán, pero no resolverán necesariamente el problema. Los humanos tienen básicamente dos tipos de habilidades –las físicas y las cognitivas–, y si los ordenadores nos superan en ambas, pueden superarnos en los nuevos empleos, tal como ya habrán hecho en los antiguos. Así que ¿cuál será la utilidad de los humanos en ese mundo? No lo sabemos. Este puede ser el principal problema económico y político del siglo XXI.

Recientemente leí que decía que la muerte es opcional. ¿Qué quería decir?
A lo largo de la historia, la muerte se veía como un fenómeno metafísico: moríamos porque Dios lo decidía, o el cosmos o la madre naturaleza. La gente creía que la muerte podía ser derrotada sólo por otro gran gesto metafísico, como el regreso de Jesucristo. Pero en los últimos tiempos la ciencia ha redefinido la muerte como un problema técnico. Muy complicado, sin duda, pero sólo un problema técnico. Y la ciencia cree que cada problema técnico tiene una solución técnica. No necesitamos esperar a Dios o a Jesucristo para vencer a la muerte. Un par de tipos raros en un laboratorio pueden hacerlo algún día. Si la muerte era tradicionalmente un asunto de sacerdotes y de teólogos, ahora son los ingenieros los que lo están asumiendo. Hace dos años, Google creó una división llamada Calico, cuyo objetivo es resolver el problema de la muerte.

Muchos científicos serios creen que ya en el siglo XXI podremos superar la vejez y la muerte. Señalan que en el siglo XX hemos doblado la esperanza media de vida, de los 35-40 años a los 75. Por tanto, deberíamos, al menos, ser capaces de hacer lo mismo de nuevo, y doblar hasta los 150 años para el 2100. Personalmente, soy escéptico. Es verdad que en los últimos cien años la esperanza de vida se ha doblado, pero es peligroso extrapolar el dato y concluir que será fácil doblarla de nuevo. En las sociedades premodernas, la esperanza de vida no superaba los 40 años, porque mucha gente moría joven a consecuencia de la malnutrición, enfermedades infecciosas y violencia. Los que escapaban del hambre, las plagas y la guerra, podían perfectamente vivir hasta los 70 u 80 años, incluso en épocas antiguas. La esperanza de vida natural del Homo sapiens, parece situarse en algún punto entre los 70 y los 90 años. Hasta ahora, la medicina moderna no ha incrementado esa cifra ni un solo año. Su mayor logro ha sido salvarnos de una muerte prematura y permitirnos disfrutar de la totalidad de la expectativa de vida. Incluso si ahora vencemos al cáncer, la diabetes, y otras enfermedades mortales de la actualidad, ello querrá decir sólo que casi todo el mundo llegará hasta los 90 años, pero eso no es suficiente para alcanzar los 150. Para eso, la medicina necesitará un rediseño de los procesos y estructuras más importantes del cuerpo humano. Dudo de que podamos hacerlo para el año 2050 o el 2100. Con todo, tal vez, en uno o dos siglos más, sea posible garantizar esperanzas de vida ilimitadas, al menos para la gente que pueda costearse los tratamientos necesarios.

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