Eduardo Jordá: ´Cuando escribes, lo difícil es surfear por la propia conciencia y la memoria´

Escritor. El articulista de DIARIO de MALLORCA publica ´Yo vi a Nick Drake´ (Rey Lear), un libro de relatos donde los personajes han de enfrentarse a un viaje, a los fantasmas de su pasado, a la traición y a la fragilidad del amor

07.04.2014 | 06:30
El escritor mallorquín Eduardo Jordá (Palma, 1956).
El escritor mallorquín Eduardo Jordá (Palma, 1956).

–La editorial publicita Yo vi a Nick Drake como uno de los libros de relatos más modernos de la literatura española actual. ¿Le gusta la palabra moderno?
–No me gusta la palabra moderno. Creo que lo moderno nunca es interesante porque parece algo transitorio o provisional. Igual deberían haber usado otro adjetivo. Es cierto que en el libro aparecen temas poco habituales en la literatura, como el surf. El relato ambientado en el Pacífico mexicano está contado casi como si fuera un western. Los surferos, que son los guerreros de hoy en día, viven como pistoleros del Oeste, siempre se están retando.

–¿Escribir es como surfear?
–Desde luego es más fácil. La única vez que intenté surfear me caí. Cuando escribes, lo difícil es surfear por tu interior, tu conciencia, tu memoria, tus recuerdos.

–La poesía también surfea por estos relatos a través de elementos que se repiten y que vienen y van, como las olas.
–Tòfol Serra recuerdo que decía: "Això no té poesia". Eso se me ha quedado marcado. Un relato sin poesía no me interesa. Ha de tener un destello, algo que produzca un escalofrío. Se puede conseguir mediante repeticiones, cadencias, jugando con la musicalidad... A todo esto es lo que Tòfol denominaba poesía.

–Además del tema del viaje, ¿diría que el motor central de estos cuentos es la fragilidad de las relaciones de pareja?
–Sí. Esto es más importante que lo del viaje. Me interesan esos conflictos que surgen entre las parejas: lo que sale a flote, lo que se mantiene oculto, los secretos...

–¿Le sirvió el documental sobre Nick Drake, A Skin Too Few, como punto de partida para el primer cuento?
–No. En realidad, el relato viene a raíz de una experiencia personal. El verano de 1973 pasé una semana en casa de un amigo mío en Birmingham que estaba a 30 kilómetros de la casa de Nick Drake. Por entonces, cuando él contaba con pocos seguidores, yo era más fan de él que ahora. En aquel momento tenía mérito ser un drakie. A Drake le obsesionaba que nadie hubiera comprado sus discos. Eso terminó de hundirle. Él debía estar deseando encontrar un fan. De ahí el punto de partida de este relato. Para mí no hubo nadie como Drake ni antes ni después. Es como Dylan, que surgen de pronto y lo cambian todo. Drake consiguió fusionar la tradición de la música clásica de Mozart con el blues de Robert Johnson. Y Dylan ha influenciado a todo el mundo. Es como Bach.

–En ese pulso que mantienen la realidad y la ficción en sus historias, ¿quién gana la partida?
–El relato sobre Nick Drake, por ejemplo, es el relato de un mitómano y la finalidad del mismo es ver hasta qué punto nos los podemos tomar en serio. Es decir, hasta qué punto un mitómano se engaña a sí mismo o no lo hace. Aquí quería plantear hasta qué punto nos dejamos engañar por los que nos cuenta, hasta qué punto nos podemos dejar engañar por su ficción. En general, creo que la ficción tiene un gran poder.

–Las suyas son unas narraciones atípicas en el panorama literario español. Su formato, más extenso, se estila mucho en EE UU.
–Para empezar, me gusta inventar personajes que podrían ser reales. Sólidos y reconocibles para el lector. En las letras en español, nos encontramos con personajes como Abundio o Aureliano Buendía... Con gente que se llama así, poco puedo creerme. O aparecen personajes extraños como el de una señora que vuela. Ése es un mundo para menores de edad. Yo quiero contar cosas del mundo adulto.

–La editorial le llama moderno en la nota por su interés por la cultura pop. En este sentido, ¿se siente más identificado con la generación posterior a la suya?
–No. Me siento más identificado con los de mi generación. Y son los que me gustan como cuentan historias: Marcos Ordóñez, Ignacio Vidal-Folch, José Carlos Llop, el Muñoz Molina ensayista, José Luis de Juan. Ellos son modernos en el sentido que a mí me interesa. Esa generación más joven que yo son los que se replantean la Transición porque no tienen suficientes conocimientos sobre aquella época. A los autores, intelectuales y escritores de generaciones más jóvenes los veo bastante superficiales. Sin embargo, creo que hay otra generación aún más joven que sí está muy formada y ha leído mejor. Gente que está en los 30 y que no les molesta que les llamen tradicionales.

–¿Es Eurodisney una metáfora de Europa?
–Con los niños la verdad es que es un viaje maravilloso. Sin embargo, el trasfondo de Eurodisney es otra cosa: hay una explotación brutal de los inmigrantes. En la zona del parque, la mayoría eran españoles, a los que les debían pagar poquísimo. El personal de limpieza era sobre todo africano. Eurodisney es Europa porque en ella se puede comprobar la explotación del Sur, dedicado a satisfacer los deseos en tiempo de ocio del resto de la Unión.

–Y usted que estuvo residiendo en Pennsylvania ejerciendo la docencia. ¿Cuál sería la metáfora de EE UU?
–El Walmart, el supermercado al que íbamos. Allí había desde una escopeta de caza hasta un queso francés o un mango. El EE UU profundo también es una granja aislada donde un tipo sintetiza metanfetamina, como en Breaking Bad. En Pennsylvania era así. En medio, había una burbuja intelectual donde todo el mundo era profesor de universidad. Esto es algo que sólo se ve en poblaciones pequeñas de EE UU, no en NY o en ciudades de la Costa Este, donde las cosas son distintas. En la América profunda todo cambia, por suerte.

–¿Por qué eligió la figura histórica del dirigente socialista Jean Jaurès para el último cuento?
–Es un ejemplo para aplaudir. Se dejó matar por oponerse a la I Guerra Mundial. Él sabía que iba a ser una carnicería y como hombre de verdad de izquierdas lo mataron. En un momento de exaltación patriótica, se le vio como traidor. Que alguien imponga el sentido común en momentos extremos le puede convertir en un peligro público y en un traidor. Ahora, cuando se cumple un siglo de la I Guerra, vivimos un momento muy parecido: el caso de Crimea, la exaltación de la xenofobia, etc.

–Entonces, ¿ve necesario actualmente reivindicar figuras como la de Jaurès?
–Sí. La izquierda no habla nunca de él. La izquierda de ahora es nacionalista y no internacionalista. Los que entroncarían con Jaurès serían Stefan Zweig, los liberales, los humanistas. La izquierda ha abjurado de su mejor tradición histórica. Se ha arrodillado ante cualquier bandera: la vasca, la catalana, la argentina, la francesa...

–Estos días se han dicho muchas cosas de Suárez: muchas buenas y otras no tanto, como que no era un demócrata convencido o su supuesto arribismo. ¿Es una figura a reivindicar como Jaurès?
–En su época había muy pocos demócratas convencidos. La izquierda era totalitaria, hubiera impuesto la dictadura del proletariado, era una izquierda que adoraba a Mao Tse Tung. No había demócratas de verdad en España. Nunca los ha habido. Por eso seguimos así ahora. Suárez es el mejor político español del siglo XX, es nuestro Lincoln. Los que estuvieron delante de los legionarios pegando tiros, los que conocieron la guerra de primera mano aceptaron y estimaron a Suárez. Por otra parte, ¿qué político no es arribista? ¿O qué escritor no lo es? Es que a veces hablamos como si el mundo fuera una ciénaga feliz y no lo es.

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