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Las bodas de la duquesa

Doña Cayetana reúne tantas dignidades como energía, sentido del humor y convicciones personales

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Cayetana de Alba, merece la pena vivir tanto.
Cayetana de Alba, merece la pena vivir tanto.  Pablo García

EUGENIO SUÁREZ. PALMA Sangre azul a raudales. Todo el mundo sabe que la atribución procede de la fobia que las clases superiores tenían al sol, a las inclemencias del tiempo y a la gratificante convicción de que los trabajos y esfuerzos manuales estaban encomendados a otros. Salvo los guerreros, que tenían morena la mano de empuñar la lanza, como los camioneros el brazo izquierdo, los demás, damas y gentiles hombres no tomaban nunca el sol. Las venas, sobre una epidermis fina y blanca, tienen un color azulado, que dio origen a esa suposición. Porque, aunque mezclemos hectolitros de plasma, la sangre seguirá siendo roja cuando se derrama y a cada cual le han tocado sus cinco litros, aproximadamente.
La simpática y popular tercera boda de la duquesa de Alba excita a los periódicos que, hartos de comentar subvenciones, cohechos, sobornos y demás porquerías anejas llevan un poco de genérico bienestar a todo el mundo. Costaría trabajo pensar en gente que haya tomado a mal esta boda.
Pero volvamos a doña Cayetana y el himeneo. El título que le pertenece es el de Alba de Tormes y el primer conde fue un remotísimo antepasado, agraciado con ese título y llamado don García Álvarez de Toledo y Carrillo. Al cabo de los siglos, Garcías y Díez se encuentran como en cualquier eco de sociedad pueblerino. El caballero fue Capitán General de los Ejércitos de Castilla, ennoblecido el año 1438. Aún no se había descubierto América por lo que no tenían motivos para quejarse de algunas cosas. Continúa el adalid peleando por su rey quien, 34 años después, cree llegada la hora de un ascenso y el conde se convierte en duque en 1472. Era frecuente empezar por abajo y así tenemos – si he buscado bien– que el título más antiguo que figura en activo le corresponde a un marqués catalán, que ostenta en propiedad la dignidad de barón de Eroles, concedido el año 1098. Hay otros barones de los siglos XII y siguientes. Luego parece que cayó en desuso, hasta designar a los capitostes socialistas que siembran, riegan y cosechan votos en las provincias y comunidades.
Las dignidades siempre fueron como una pelota o ese jarrón que va pasando de testamentaría en testamentaría, sin que nadie consiga romperlo. Otra cosa que se dice hasta la saciedad es que nuestra Cayetana tiene más títulos que nadie y que la reina de Inglaterra tendría que cederla el paso. Creo que esa suposición es una tontería, pues sería impensable que en el Reino Unido se apartara Isabel II y, si alguna vez viniera a Madrid –a ver a José Tomás, por ejemplo, cosas más raras suceden– también, por cortesía, la duquesa dejaría el paso a la reina que ha sido emperatriz. Lo es incontestable es que ella acapara el mayor número de títulos, al menos en España y verificables.
En total, he anotado la siguiente nómina: seis títulos ducales, más el reunido por Godoy, conde-duque de Olivares, 13 marquesados, 17 condados, el vizcondado de la Calzada y, como remate, disfrutar del derecho a ser considerada oficialmente como Condestable de Navarra. Para ser equitativos y veraces he de consignar que en el capítulo de los condados, la duquesa de Medinaceli gana a la de Alba por goleada: ocho más, o sea, 25 veces condesa, aunque en el resto de las dignidades siga en cabeza doña Cayetana. También la gana en antigüedad, pues se remonta aquel condado al 1368, 70 años de diferencia, distancia que se mantiene en cuanto a las grandezas de España (siete) que la de Alba conserva en sus vitrinas y los rivales quedan lejos.
Sugiero a las feministas que tomen como patrona o emblema a doña Cayetana y a las damas que han reunido en sus personas montones de dignidades. Suelen ser afables y sencillas, pese a tanto perifollo ancestral. Recuerdo la figura escuchimizada y recelosa de la duquesa de Medinasidonia, conocida como la "duquesa roja". Fue a la cárcel en tiempos de Franco. Escribió y le publiqué sus memorias en mi semanario Sábado Gráfico. Hace cincuenta años nos conocíamos todos en España y la gente se movía en terrenos muy cortos, entre otras cosas porque no era fácil salir y volver, por razones de todos conocidas.
El mismo día de la boda sevillana publicaba en estas páginas mi calidad de invitado a una cena íntima en el palacio de Liria, resultado de que en la capital no encontraron, aquél día sábado, quien rompiera el número 13 de comensales. La duquesa, que aún no había conocida al cura Aguirre, mantenía una pequeña corte de amor de poetas, novelistas, pintores y gente extravagante. Creo que andaba muy enamorada del gran bailarín Antonio Ruiz, un genio de la danza a quien conocí algo mejor. Lo curioso era que Antonio, que también se prendó de la aristócrata, era homosexual reconocido, pero tenía visos de realidad su convicción de ser el padre de uno de los hijos de la duquesa. Aquel gran artista y estupenda persona le dejaba algo al chico en su testamento, con la desdicha de que murió prácticamente en la pobreza, estrangulado por un tren de vida, un recinto privado para sus ensayos y la creencia de que el dinero no se iba a acabar nunca.
De la misma Cayetana decían los bien informados que era hija de un millonario bilbaíno llamado Beistegui –no lo aseguro al 100%, pues voy confiado a la memoria– y la mayoría adjudicaba la paternidad al torero "el Algabeño". Aseguraban que el duque no quiso estar cercano al parto y pidió al rey Alfonso XIII servicio de día en esa fecha. De malevolencia podría tacharse esta especie, pues era notorio el amor profundo que sentía por la hija, y ella por don Jacobo. Yendo hacia atrás, ya no se sabe si la Maja Desnuda se entendía –a gritos, supongo– con el pintor Francisco de Goya. Parece que muchas de las damas de la Corte española hacían lo que les salía del moño, algo de lo que podemos estar especialmente orgullosos.
Pese al pequeño inconveniente expresivo, la duquesa de Alba de Tormes ha demostrado ser una mujer independiente, con sentido del humor, de firmes convicciones personales, que se puso el mundo por montera. En no pocas ocasiones, la montera la dejaba encima de una silla. Merece la pena vivir tanto, casarse a los 85 años y bailar descalza por bulerías. No podemos dejar de felicitar a don Alfonso Díez que se ha ganado a pulso una vida rodeada de belleza, de interés y de historia.

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