M. ELENA VALLÉS. PALMA.
Jacques Henri Lartigue (1894-1986) fotografió la felicidad porque fue testigo de ella. Y le tocó vivirla. Nacido en el seno de una familia de industriales, conoció de primera mano el bienestar y el progreso que experimentó la alta burguesía francesa del siglo pasado. Codearse con la high class, le permitió documentar el deporte, las primeras competiciones de motor o la moda. Aunque más que en la moda, su pasión se concentró en las mujeres bellas. Su clase social, que no siempre nadó en la opulencia, fue el salvoconducto que le abrió las puertas a toda aquella dicha y prosperidad que fotografió sin ambages ni complejos. ¿Falta de conciencia política? No, más bien cronista sincero de lo que sí conocía. Mientras Lartigue exaltaba la felicidad de Un mundo flotante –título de la exposición que se inauguró ayer en CaixaForum–, otros reporteros contemporáneos inmortalizaban la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa o la ocupación nazi de Francia. Entre aquel empacho de compromiso y arte realista, sobresalía una rara avis, Lartigue, una excepción –ni siquiera se consideraba un profesional de la imagen–, y así hay que interpretarlo, como un documentalista artístico tanto de los burgueses como del progreso tecnológico y las nuevas formas de ocio que auspiciaron.
Más de 200 piezas procedentes de la Donation Jacques Henri Lartigue de París, entidad que vela por la conservación de la obra que el artista legó al Estado francés, hacen hincapié en el Gran Hotel de Palma en las preocupaciones del francés como cazador de imágenes. La fotografía era para él un instrumento de la memoria, una herramienta para capturar la fragilidad de la vida y de esa felicidad (¿sólo burguesa?) que fue sometida a tantos clics.
Lartigue tomó su primera fotografía con tan sólo ocho años. Por su calidad fantasmagórica –sus padres en el campo del Pont de l´Arche– se deduce que de pequeño ya sentía nostalgia por una infancia que intuía efímera. Y que había que guardar. Así fue cómo se obsesionó por recordar todo lo que experimentaba mediante la fotografía. Algo estrechamente relacionado con su deseo de fijar la felicidad, frágil, siempre amenazada por el peligro de desaparecer. Cuerpos poco sólidos que desaparecen en la transparencia y que parecen flotar son las características del primer conjunto de imágenes agrupadas en la planta baja de CaixaForum bajo el epígrafe El fluir del tiempo. Algunas de las figuras humanas, felices, reciben los embates del oleaje o golpes de viento. "De su diario personal se infiere que era una persona que rehuía el aburrimiento, de ahí sus ganas de libertad y de ser feliz, algo que queda un poco encubierto tras la fugacidad de la vida y esa nostalgia por la infancia. Si estaba deseoso de buscar la felicidad, es porque en él existía un vacío", cree Maryse Cordesse, presidenta de la Donation Jacques Henri Lartigue.
Técnicamente, el francés utilizó con maestría el encuadre. "Amplió la panorámica y comprimió el tiempo", según Florian Rodari, comisario de esta primera antológica sobre el fotógrafo realizada en España, salpicada asimismo de imágenes en 3D tomadas con una cámara estereoscópica.
Progresivamente, Lartigue fue echando mano de abundantes elementos arquitectónicos en sus imágenes: puertas, ventanas, espejos rendijas, que atrapan a los protagonistas. Un recurso que muchos cineastas heredarán después. Gran parte de estos hallazgos fueron redescubiertos en 1963 por el director del departamento de Fotografía del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) John Sarkowski, quien le programó una exposición. A partir de entonces, conoció el prestigio. La publicación de Album de famille –todas sus instantáneas formaban parte de un diario personal– en 1966 dio a conocer su obra por todo el mundo. La fama fue tal que en 1974, el presidente de la República Francesa, Valéry Giscard d´Estaing, le invitó a realizar su retrato oficial.
La idea de la velocidad merece un capítulo aparte en las fotografías de Lartigue. En la primera planta del centro cultural, hay varias de ellas tomadas en los circuitos de carreras de automóviles, a los que solía llevarlo su padre, que era un gran aficionado. La velocidad, ya en tiempos de Einstein, transforma el campo de visión. Y Lartigue nos lo sirve en bandeja. Esforzado en desafiar la rigidez del cuerpo, machacó su cámara a pie de campo frente a tenistas (su deporte favorito), saltos, juegos en la piscina y cabriolas varias.
Por último, el espectador creerá ver en Lartigue a una suerte de Howard Hughes –aunque los americanos lo comparan con Marcel Proust–, desconcertado por la aviación (viajó por España, como se puede ver en la muestra, sobre todo por el País Vasco) y la belleza de las féminas. Sobre todo de una, Renée, su amante, la única que posó para él en vida. Su felicidad hecha mujer.