Música. Quique González / Cantante, compositor, músico
CARLES MULET. PALMA.
"No sé si es bueno o malo, pero sí, es un disco denso". Quique González (Madrid, 1973) reconoce que su Daiquiri Blues le ha salido espeso, a pesar de la finura con la que está hecho. Y desde la que está cantado. "Paraíso con gotas de infierno", o viceversa, resume la esencia de trece canciones que transcurren melancólicas, aunque no necesariamente tristes. Chicas, coches y bares –su "santísima trinidad"– siguen siendo musas y protagonistas, doce años y ocho discos después. Por supuesto, también el mar. Trabajo cálido, tratado sobre las heridas que cierran –y sobre las que no lo harán nunca– lo escuchará la Esglèsia Nova de Son Servera esta noche, intercaladas en el set las imprescindibles de su repertorio.
Agradece los piropos Quique González, el chico looser de la americana. El tipo sensible, pero incapaz de una letra, ni siquiera de un verso, cursi. El bardo que le canta a los lugares comunes, escapando de lo obvio y de las frases hechas, mal endémico de la música española. "Una primera norma para mí es que haya un poco de misterio", concede acerca de su lírica. "Aunque nada de lo que hago es intencionado o viene premeditado. Sólo juzgo las cosas bajo mi prisma", matiza. Verbigracia: "Necesito un amor que no cueste trabajo para seguir de pie", o "La llevé a cenar a un lugar horrible en su día libre", extractos de Hasta que todo encaje y Su día libre.
Casi siempre hay una chica, porque las hubo, en las letras de Quique González. "No sé muy bien porqué, pero ´coche-chica-bar´ es una especie de santísima trinidad que aparece en mis discos. Intento comunicarme cosas a través de las canciones, y los sentimientos y las relaciones son temas que me interesan mucho. Son claves para mí", se confiesa, creador de un Daiquiri Blues donde el mar y el viento de poniente también vuelven a estar ahí. "He tenido la suerte de poder vivir mucho tiempo al lado del mar, y entiendo que es un símbolo de libertad, como la policía lo es de autoridad", percibe un madrileño que, entre otras aguas, se zambulló tantas veces en las del Mediterráneo que baña Mallorca, una isla donde vivió un tiempo. Donde animó a los clientes del hotel Valmoral. Y donde se inspiró para el disco Salitre 48, su primera gran joya.
"Me ha aportado mucha seguridad, en mi manera de componer y cantar. Es una de las personas más importantes que he conocido trabajando en la música". Se refiere Quique González a Brad Jones, productor de un disco grabado en Nashville, musicado por grandes como Al Perkins, Will Kimbrough, Chris Carmichael o Pat Buchanan. Un lujo sonoro, que "al principio fue complicado" trasladar al escenario, obligada la banda a prescindir de muchos de los matices grabados en estudio, de la cuerdas, sin ir más lejos. Con todo, con un año de gira a sus espaldas, González promete que el directo hace tiempo suena "fiel" al disco, ejecutado con la ayuda de los ´aristócratas de barrio´ Javi Pedreira (guitarra) y Jacob Reguilón (bajo), Tony Jurado (batería) y –"probablemente" también estará en Mallorca– Julián Maeso (piano y teclados). "La banda está sonando muy bien. Estamos muy contentos, nos están saliendo unas noches muy bonitas", resume.
A estas alturas de disco, de gira, no resulta descabellado pensar que Quique González, paradigma del creador que no cesa, ya tiene nuevas canciones en mente, algo que sorprendentemente, incluso para él, descarta. "Es la primera vez que me pasa, llevo un año sin escribir una canción. Nunca me han faltado, y podría hacer un nuevo disco, pero lo haría de oficio. Los discos los he venido enganchando uno detrás de otro, como el que engancha novias. Creo que ahora es tiempo de estar solo, de pensar y estar en la gira. No quiero sacar las canciones del mismo sitio", justifica. Su público, espera el madrileño, lo sabrá entender, probablemente entre los más fieles, y los más adictos, de todo el panorama: "La fidelidad y la emoción de la gente que me sigue me hace sentir un privilegiado. Es mi tesoro, un valor que tengo, y otros no. Espero no defraudarles".