BIEL GOMILA. PORRERES.
Parada en sa Roqueta antes de afrontar el último tramo de su odisea. Catalina Capellà y Eusebi Colomer, la pareja de mallorquines que da la vuelta al mundo en bicicleta, regresa hoy a Mallorca: "Llevamos catorce meses fuera y el nacimiento de la ahijada de Catalina es un buen motivo para pasar el mes de mayo con la familia, descansar y cargar pilas antes de afrontar la última etapa: de China a Mallorca". Será la segunda vez que regresan desde que iniciaron su periplo, en diciembre de 2007, una ruta colaborada por este rotativo.
Los dos porrerencs –cuentan en un nuevo mail, enviado poco antes de volver a casa– han continuado el periplo por otro país de cultura oriental y singular, Tailandia. Allí no recorrieron su parte más conocida, las playas del sur, pues su itinerario transcurrió por la parte noreste y norte del país, 1.600 kilómetros pedaleados en 24 días.
Capellà y Colomer, recuerdan, entraron en Tailandia el 15 de marzo, por Chong Mek, la frontera más al sur con Laos. Salieron del país el 8 de abril, con China en mente. Al día siguiente llegaron al país más poblado del mundo, desde donde acaban de tomar el avión hacia Mallorca.
Exponen los ciclistas que apenas pusieron los pies en terreno tailandés se encontraron ya con dos sorpresas. La primera, el gran y moderno edificio donde sellaron los pasaportes. La segunda, despiste, comprobar que el tráfico venía en dirección contraria a su pedaleo; "al contrario que en los países vecinos".
Los porrerencs prefieren "en esta ocasión" limitarse a contar anécdotas de las muchas vividas en Tailandia, "a fin de que el lector se haga su propia descripción". Comparando países, aseveran que "si cruzar de Vietnam a Laos fue como entrar en el mundo del silencio, ir de Laos a Tailandia ha sido como entrar en el mundo de las facilidades: grandes superficies comerciales, buenas carreteras, mejor calidad en alojamientos, más variedad en comidas... y a un precio relativamente bajo".
Colomer y Capellá confiesan que las comodidades de Tailandia no les resultaban atractivas en los primeros días, puesto que para ellos carecían de autenticidad o aventura. Sin embargo, reconocen, "pudimos renovar material de las bicicletas que andábamos buscando desde hacía meses; y una vez en la montañosa zona norte, regresamos a la aventura y a las gratas sorpresas de esta nueva zona".
En Tailandia se puede encontrar un puesto de Policía cada 8-10 kilómetros. "No entendemos su necesidad, ya que es un país seguro. No obstante, para nosotros supuso una gran ayuda: Nos dieron agua fresca y café; nos facilitaron mapas y sitio para dormir. Y pudimos conocer más datos sobre la monarquía y el candente tema actual de las camisas rojas", cuentan. En este sentido, aseguran que les sorprendió la cantidad de fotografías y referencias a sus reyes, presentes en cualquier lugar.
Cuidado, elefantes
A propósito de las gentes encontradas –lo más importante de su viaje Rodant pel món– indican que "el gesto más cotidiano de los tailandeses (juntar las palmas con los dedos hacia arriba a la altura del pecho e inclinar la cabeza) da muestras de una predisposición y un respeto al prójimo". "Lo usan para saludar, desear un buen día y agradecer. Para nosotros, el gesto compensaba la dificultad del idioma. El sa-bai-dii, palabra que acompaña a esta pequeña reverencia, es sin duda la palabra más usada y sentida de Tailandia".
"Una de las anécdotas mas impactantes de estos dos años de viaje" tuvo lugar en el parque Nacional de Nam Nao, con los elefantes. "Llegamos de noche, tras 80 kilómetros pedaleados, y tras superar una cuesta final, muy dura, de otros 25. Los guardas nos indicaron la zona de acampada y, cuando llevábamos dos horas durmiendo nos despertaron y nos indicaron que rápidamente nos cambiáramos de sitio: había elefantes salvajes. Nos aconsejaron un nuevo lugar, protegido entre árboles, a unos metros de otra tienda donde dormía uno de ellos. No había más turistas que nosotros". Unas horas después, evocan, "nos despertó un un crujir lento y continuo de bambúes y hojas secas, seguido de una gran sombra que acarició la tienda vecina. Sobresaltados, asomamos inquietos la cabeza y vimos cómo se alejaba uno de estos simpáticos animalitos".
El calor del abril tailandés –al final de la estación seca, mes muy caluroso– fue la causa de que, un mediodía, en una larga subida del 12 % de desnivel y apurando para encontrar un sitio con comida, Catalina sufriera la típica "pájara" del ciclista. La única opción fue detener a alguno de los pocos coches que pasaban para conseguir llegar. Paró una camioneta. Su conductor, compró refrescos para ellos. Capellá y Colomer dicen que su amabilidad fue más lejos, puesto que "prefirió llevarnos a su casa donde nos presentó a su familia y nos dejaron dormir allí". Esta noche, volverán a hacerlo en Porreres.