M. ELENA VALLÉS. PALMA.
Sobre Carlos Marzal, el profesor de la Universitat de les Illes Balears Francisco Díaz de Castro se pronuncia claro y directo: "Es un poeta que ha aportado a los otros una conciencia de la necesidad de ser exigentes en la forma y en el sentido de lo que escriben, cosa que, paradójicamente, no es lo común". Las distintas facetas como versador del poeta valenciano, que obtuvo en 2002 el Premio Nacional de Literatura y de la Crítica, las analiza Díaz de Castro en el volumen Poesía y poética de Carlos Marzal, uno de los cuatro volúmenes que estrenan la colección de estudios de poesía contemporánea de la UIB, Poetas y poéticas.
Marzal es uno de los poetas preferidos de su generación para el profesor, junto con Vicente Gallego o Felipe Benítez Reyes. "Llegué a su poesía y a su persona con la lectura de Los países nocturnos, un libro capital en la poesía del fin de siglo. Luego coincidimos en distintos encuentros de poetas y nos hicimos amigos", relata. Analizando cada uno de sus poemarios, un total de seis, Díaz de Castro resume la poesía del autor de Ánima mía: "Funde reflexión e imaginación, que nos lleva a indagar en nuestra propia experiencia vital y en sus grandes temas: el tiempo que nos deshace, la fugacidad de los sentimientos, la resistencia al desengaño, la amistad, la apuesta por la felicidad, en definitiva". Todo ello con gran riqueza de imágenes y hondura de pensamiento. "Para Marzal", prosigue el investigador, "la poesía es un proceso de descubrimiento y de autoconocimiento mediante la escritura: ´Si sé lo que escribir, jamás escribo´, siempre dice".
Al profesor le parece "estupendo, fetén" el nuevo debate poético que se ha abierto en nuestro país a partir de la publicación del ensayo Postpoesía de Agustín Fernández Mallo. Sin embargo, ante la opinión de algunos autores postmodernos que creen que la poesía de la experiencia está agotada, opina y matiza mucho: "El calificativo de poesía de la experiencia lo pusieron los adversarios, pero lo que responde a ese nombre fue un fogonazo que duró muy poco y que fue muy necesario para romper con la estética del lujo, del disparate y del trabalenguas de algunos de los de la generación anterior. A lo largo de los años ochenta hay un aire de familia entre los poetas de esa cuerda del realismo meditativo, que es como yo lo llamaría, pero eso terminó muy pronto y, como dijo Antonio Machado, cada cual "el rumbo siguió de su quimera".
Pese a no haber visto aún El cónsul de Sodoma, la película que acaba de estrenarse sobre otro de los poetas que influyó directamente sobre Marzal, el barcelonés Jaime Gil de Biedma, dice que la ve venir: "El protagonista declaró que no entendía los poemas de Jaime, y que no los había leído todos. Teniendo en cuenta que no llegan a un centenar... Me temo que la película hace hincapié en la vida privada de Jaime, que es lo que menos interesa, creo yo, y no destaca lo esencial, que es su inteligencia, su cultura, su exigencia poética. El que quiera saber de su visión del sexo y el amor que lea Pandémica y celeste", concluye.