MATÍAS VALLÉS
El cónsul de Sodoma contiene once escenas sexuales en diversos grados de desnudez y con predominio homosexual, al ritmo de una cada diez minutos. Aporta asimismo una juiciosa interpretación de Jaime Gil de Biedma a cargo de Jordi Mollá –obligado por desgracia a competir en los goyas con el inalcanzable Malamadre de Luis Tosar y con un Ricardo Darín extragaláctico–. La película integra también una antología de textos que debiera ser tomada como referencia por los educadores. De complemento, retrata a los heroicos intelectuales barceloneses de opereta, que ahogaron al franquismo en whisky y que se afiliaban al PC por los mismos motivos que obligaban a sus padres a militar en el Club de Tenis Barcelona o el Liceo.
A El cónsul de Sodoma le sobran diez minutos de metraje y una actitud obsequiosa y remilgada hacia Juan Marsé. Construida sobre una atmósfera fassbinderiana, la taquilla definirá si ingresa como película de culto o maldita. A contracorriente, en cualquier caso, porque ha sido construida sin concesiones ni miramientos comerciales, ajena a los estudios de mercado y preservando el espíritu diabólicamente angelical de la biografía de Miguel Dalmau. No pretende agradar. Si existiera un público universitario, ni uno solo de sus integrantes se perdería la proyección, para aplaudir o abominar.
Gil de Biedma superpuso la edad a la piedad, que es la forma pía de tomársela. Bajo esta premisa, El cónsul de Sodoma se muestra despiadada con un poeta impío, sin que esa desfachatez en el abordaje de sus vicios íntimos –y cómo podría haberlos en el autor de la transparencia existencial– abolle su envergadura. El escritor emerge incólume, traidor de cualquier experiencia que no acabe en verso. Si Marsé ha refunfuñado frente a la película, debe ser mejor de lo que pensamos. La tilda de "insolvente", membrete autobiográfico. Sin la grandilocuencia del novelista, El cónsul de Sodoma presenta la vida como una herida que los años se encargarán de agravar.