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José Vidal Valicourt. Escritor

´La escritura me pedía verter mi yo más seco, cínico´

El poeta presentará el 25 de noviembre ´El hombre que vio caer a Deleuze´, tránsito a la narrativa que le valió el premio Cafè Món

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José Vidal Valicourt se estrena en escritura "híbrida" en ´El hombre que vio caer a Deleuze´.
José Vidal Valicourt se estrena en escritura "híbrida" en ´El hombre que vio caer a Deleuze´.  

LOURDES DURÁN. PALMA. El tránsito de la poesía a la narrativa de José Vidal Valicourt está lleno de caídas, humo, jazz, referencias cinematográficas y literarias. Guiños. El hombre que vio caer a Deleuze está surcado del territorio más dry de su autor, colaborador habitual de DIARIO de MALLORCA. "El personaje explica mi salto del poema al relato en prosa, un territorio más impuro, más prosaico si se quiere". El estreno se saldó con premio, el del Cafè Món, con Agustín Fernández Mallo, Miguel Dalmau, David Torres y Román Piña como jurados. Pedro Andreu quedó finalista.

–De vivir en poemas a este puñado de narraciones. ¿Cómo se dio el tránsito?
–Es absurdo forzar, me lo pedía la escritura. Me pedía algo más extenso, verter mi pluralidad interior, mi yo más seco, más cínico.

–¿Será ´Deleuze´ un tanteo o le damos el pasaporte narrativo?
–Bueno, esto es un apunte. Me he sentido muy libre escribiendo estos relatos, todos recientes. Para mí ha sido un punto de inflexión. He visto filón estético, incorporar mi poesía a esa prosa. Es un híbrido.

–Habla de libertad. ¿Más que al escribir poesía? Un poeta me aseguró que se sentía ´libre´ precisamente porque la poesía no la leía nadie.
–Me expongo más en la escritura. Me he reído a pesar de que algunos relatos son muy duros, secos, contundentes.

–¿Humor?
–Es un humor negro, no blanco, de mala leche.

–Los relatos están unidos por un mismo protagonista, ¿un ´alter ego´?
–Toda escritura es autobiográfica. Siempre hay un poso autobiográfico, aunque sea soñado o pensado.

–Son abundantes los fraseos jazzísticos. La ´caída´ suena a Thelonius Monk y a Tom Waits, entre otros. ¿Homenajes?
–Sobre todo me gusta el fraseo del jazz, del be bop, su desestructuración. La música la tengo incorporada y jazz por encima de todo, aunque también escribo de Christina Rosenvinge y Nacho Vegas, porque me llamó la atención su frase: ´hacer lo incorrecto siempre es una forma de acertar´. De Monk me gusta su disonancia y el relato Hospital Miguel Lombarda es un guiño al festival Waiting for Waits que sigue esperando a que actúe en Palma. Cuando Tomeu (su organizador) me pidió mi opinión sobre si seguir o no, yo le dije que hay que seguir esperando, de ahí el relato del tío, el trombocista, que espera al músico.

–Por cierto, un delirante personaje que habla con Lobo Antunes.
–Me he dado cuenta con el tiempo, y creo que algunos de estos relatos son el fruto tardío del trabajo que llevé a cabo con esquizofrénicos. Su talante frente a lo que ocurría en el mundo, sin filtro, punzantes como navajazos, siempre me ha interesado. Me siento cerca de la locura controlada, porque lo contrario no es arte. Estetizar, frivolizar la enfermedad mental es un peligro.

–¿Es un ser ´ex´ como alguno de sus relatos?
–(Risas) ¡Soy todo menos ex marido! Ahora que estamos en el rollo de los prefijos... En el cuento se dice extraño, excéntrico, extraviado, extranjero... No me molesta en absoluto ser extranjero en tu propio lugar. Prefiero eso a lo otro que acaba derivando en historias de panderetas.

–Las mujeres no están a la par, casi todas ellas son sombras arrastradas a la voz narrativa masculina.
–¿Sombras? ¡Si son el centro, dáles tiempo! Hay un relato en el que ella toma la voz. No es misógino, aunque creo que sólo los que aman mucho a las mujeres pueden ser misóginos.

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