literatura. Miguel Dalmau / Escritor, articulista
LOURDES DURÁN. PALMA.
En el principio fue el Verbo. Luego la palabra se hizo carne. Un viejo hombre agoniza. Un teatino. Ha sido testigo y cómplice silencioso de las matanzas del conde Rossi, los Dragones de la Muerte y la Falange en los inicios de la Guerra Civil en Mallorca. Miguel Dalmau alumbra una novela, La noche del Diablo (Anagrama) que a la manera de crónica enarbola una verdad incómoda: "A excepción de los grandes hoteleros, la élite del poder que protegió, alentó e indujo a la represión y al crimen, a día de hoy, siguen ostentando el poder". El colaborador de DIARIO de MALLORCA, laureado y reconocido por sus biografías sobre Oscar Wilde, los Goytisolo y Gil de Biedma, puntualiza: "Siempre he estado narrando historias. Mis biografías son novelas de no ficción".
–¿Qué le atrajo del conde Rossi?
–Me gusta escribir sobre personajes fuertes que tienen fisuras y lados oscuros. Lo que más me interesa es el desplome de los héroes. Y La noche del Diablo es la historia de un falso héroe. Dicho esto, apuntar que me interesa como pretexto en la recreación de la novela. Jamás he querido escribir El Evangelio según Rossi.
–Un falso héroe que fascina al verdadero personaje de su novela, el cura Julián Alcover, inspirado en Julián Adrover, "lacayo" del fascista.
–Lo elegí porque es testigo de hechos capitales. Me gusta ese pequeño testigo de la gran historia como ya sucede en El gran Gatsby. Mi novela sigue el esquema de Scott Fitzgerald, Hemingway y Bassani.
–Y mucho de Josep Conrad.
–Sí, sí. Fue de los primeros que trabajó la línea del mal. Mi novela gira sobre dos ejes, el mal y el miedo. El terreno más literario, la novela más alucinante e increíble que se podía escribir sobre la Mallorca del siglo XX es la de la Guerra Civil. La historia de esta guerra es un western. Tiene todos sus elementos: una sociedad que vive tranquila, vienen los malos, se da una invasión de extraños y se pide ayuda a criminales con la aprobación de la clase dominante.
–Un ‘western’ con nombres y apellidos. ¿Es usted muy osado?
–¡Eso parece! Hay que derribar el mito de que fueron los forasteros, los catalanes y los italianos los responsables, olvidando que hubo familias mallorquinas muy conocidas implicadas. Hubo mil muertos antes de la llegada de los fascistas.
–¡A algunos mallorquines les molestará que venga un catalán a contarlo!
–¡Yo agradecería que hubiera mallorquines valientes que me contaran la historia negra de mi ciudad, Barcelona!
–Su prosa es de bisturí fino. Es decir, a excepción del episodio del médico Ciria, un oasis en su lectura, no concede ni un respiro al lector.
–(Ciria es un homenaje a mi padre). Sé que voy a recibir palos por los dos lados porque he huido de maniqueísmos. La fascinación del mal es un hecho en la vida. Sabes que te equivocas pero no tienes ni fuerzas. Es como el que dice ‘sí me enamoré de ella porque era una mujer fatal’. Se trata de provocar incomodidad en el lector. El arte que no la provoca ni cabrea no vale la pena.
–Sí, pero sus personajes son dantescos y si me lo permite, a través del cura Alcover, que es el narrador, parece conducir al lector a esa fascinación hacia Rossi.
–Es cierto que el conde está edulcorado. Yo no podía hacer el retrato de un asesino en serie ni del típico hampón. En su origen, el fascismo y los totalitarismos seducen por las maneras, por sus ideas de que vienen a arreglar el mundo.
–¿Es intencionada la aparición de los perdedores, los republicanos, casi como una sombra?
–Quería indicar que los que no pintaban nada fueron perseguidos y asesinados. Personas que no tenían mucho poder y que, sin embargo y de manera arbitraria, fueron tratados como asesinos.
–¿Reconoce un estilo narrativo cercano a la crónica?
–Sí, es cierto. Será mi lado periodístico. En cualquier caso, en la guerra no hay artificio. Tenía que hacer una prosa con disparo, cargada de pólvora. La guerra es una experiencia de verdad. No hay recreación alguna. Quería fusilar al lector, que entrara en acción.
–En su fogueo de papel, el clero tiene un papel primordial en los crímenes y la represión fascistas.
–Denuncio su silencio cómplice y soy generoso con la palabra cómplice, pero no quería un anticlericalismo fácil. Aquí se dio todo el espectro lumínico de la conducta del clero, desde sacerdotes de Falange que asesinaban hasta mártires como el padre Jeroni Alomar que se enfrentó a los falangistas. Frente al espectro, busco el término medio. Me interesa ese papel cobarde, y la Iglesia lo tuvo.
–¿Se sitúa su obra en la recuperación de la memoria histórica?
–Es para oxigenar. Creo, mi generación que no la hemos vivido pero nos hemos criado con ella, que se puede ser ecuánime y valiente.
–Antes decía que le iban a caer palos de los dos lados. ¿Provocará una ‘guerra civil’?
–Mi novela es una crítica a la versión progre de la guerra. Toda la narrativa de esta época se ha hecho desde el ángulo de la progresía, con cercas al frente, desde postulados progresistas y con objetivos de autocomplacencia ideológica.