LOURDES DURAN
Hay quien va a morir a Venecia, otros simplemente van allí a desaparecer. La inmensa mayoría va a retratarse a lomos de una góndola abriendo la boca de palmo a palmo cada vez que se topan con San Marcos. En invierno, la ciudad se envuelve en sí misma, replegada en sus brumas y tendida irremediablemente a una humedad fría y fétida. Venecia es ciudad para los ojos, aunque más bien es un lugar de olfatos. Esta es la historia que me he traído de la Marca de agua.
Amani bajó del tren arrugando la nariz. Llegó a Santa Lucia a las once de la noche. Una luz amarillenta la situó en el piazzale de Roma. Retrocedió hasta acabar en el barrio del gueto judío. De un pequeño restaurante salieron cuatro muchachos de distintas edades que casi la atropellan. El mayor de todos le pidió disculpas con los ojos gachos. Ella refunfuñó algo y prosiguió por aquella estrecha callejuela. Diez minutos más tarde, alcanzó la vieja fonda que había encontrado en internet: barata, céntrica, no tan limpia como anunciaban, pero suficiente para sus planes. Fiel a su ritual, cuando llegó a su habitación, lo primero que hizo fue levantar la persiana, abrir la ventana y aspirar el olor de aquel nuevo destino. Cuando su nariz quedó satisfecha, bajó la vista. Ahí estaba, apostado, aquel muchacho que acababa de celebrar el sabbath con sus hermanos. A su sonrisa, ella le respondió apagando la luz.
Sobre la almohada vecina situó la máscara. La besó con esmero hasta quedar hecha un nudo con las sábanas. Durmió hasta muy tarde, así que salió de la barata pensión justo cuando el lucero del alba se fundía en violetas.
Como un domingo cualquiera, las calles estaban medio vacías, porque ni siquiera en Venecia se saltan la norma de hacer del día festivo parada y fonda en la casa. El frío ralentizó sus pasos que la condujeron, sin saber cómo, a aquel restaurante judío, a esas horas ya vacío. Estaba hambrienta y no dudó en comer con gusto lo poco que les quedaba. Al salir para echarse un cigarrillo, se topó de nuevo con aquel muchacho. No mediaron palabra, él la siguió hasta la pensión. En la habitación, la máscara habló por vez primera para decir un tímido: te quiero. Ella le clavó un puñal. En recuerdo a su hermano asesinado en Gaza y en traición a su nombre Amani. La encontraron muerta, aferrada a aquella pálida máscara.