LOURDES DURÁN. PALMA.
Y el principio fue En la estación de Can Boixeres una mujer protestaba por la detención de los trenes. En la estación de Sants un hombre se había arrojado a las vías. En la estación de Can Boixeres una mujer protestaba por los constantes suicidios en las horas de máxima afluencia de público. No hay final porque Carlos Vitale imprime con meticulosidad de cincel su Descortesía del suicidio a base de tiempo.
Su bibliografía es la suma de dos obras, la poética Unidad de lugar y este híbrido a medio camino entre el relato, el aforismo, las ocurrencias, la escritura dietaria. "Intento avanzar en dos frentes, escribir unidades. Desde joven he escrito poco, y lo que escribo ha de encajar en ellas", explica.
Editado por Candaya en sus dos libros acordeón, ayer presentó en Palma su Descortesía, prologada por José María Merino como pergeñador de "esa realidad sin sentido".
Descendiente por fuerza -"si nací en Buenos Aires, ¡qué quieres!- de las zozobras y piruetas literarias de Cortázar, Borges, Bioy Casares y del italiano Bufalino, Vitale se declara, por encima de todo y por ubicarse en algún lado del mapa literario, poeta. Con vocación y voluntad de ser "escritor de mezcla" como su ´suicida´, que le da vuelta del revés al bolsillo.
"No hubo intención en este libro. En el 86 escribí la Descortesía del suicida como una anécdota real. A partir de ahí, seguí, añadí otros textos", señala.
Este diario sin agenda está cargado de humor y melancolía. "¡Soy un poco tanguero! Y del humor, no es desternillante, sino más bien que juego con la ironía, porque no sabes si reírte o ponerte a llorar. Es el humor propio de la perplejidad".
Los distintos cosidos de la inicial ´descortesía´ fueron, una primera edición en el 97 con 60 narraciones; en el 2001 crecieron hasta 75, y ahora ya son 99 ´descortesías´.
Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño tranquilo, comprendió que había sido víctima de un engaño: no se había transformado en una libélula, escribe Vitale, en La metamorfosis apócrifa, un evidente guiño a Kafka, otro de sus maestros.