MATEU CUART. PALMA.
Un año después de que Edwin ´Buzz´ Aldrin dejara su huella sobre la superficie lunar, los pies del astronauta norteamericano pisaban El Dorado de Cala Blava, un complejo turístico donde pasó unos días de descanso en compañía de su mujer, sus hijos y algunos amigos, envuelto en una estricta ley del silencio.
"Cuando llegó, nos reunieron a todos los jefes, nos dijeron a quién teníamos en uno de los chalés propiedad del dueño, y nos advirtieron: ´si alguien de aquí abre la boca, ya puede hacer la maleta´", recordó ayer el solleric Joan Ribas, por entonces jefe de comedor de la ciudad vacacional. "Le serví durante unos 10 días", se enorgullece el mallorquín, gracias al cual la ilustre visita pasó desapercibida incluso para las cerca de 20 camareras de aquel recóndito lugar.
"Imagino que alguien se lo recomendó", aventura. Quizás el presidente de Fomento del Turismo, Jaime Enseñat, que había remitido un telegrama al embajador de España en Washington en el que le proponía cursar invitación a la tripulación del Apolo 11 para que viniera "a descansar a esta isla, gozando de paz y tranquilidad, características de nuestra patria".
Y aunque Ribas se muestra convencido de que las decenas de periodistas que deambulaban por el hotel se fueron sin que el norteamericano les dedicara una sola palabra, hay fotografías que atestiguan que al menos uno, Pablo Llull, consiguió una entrevista con el otrora piloto de caza, que contaba en su haber con el récord de permanencia en el espacio fuera de una nave.
"Aldrin se paseaba en bañador y con la toalla colgando; sus hijos se juntaban con los demás niños... fue un cliente como cualquier otro, y nadie le reconocía", rememora el mallorquín, que se ocupó de dispensarle un discreto trato preferente. "Procuraba que su mesa siempre estuviera bien servida", admite. Así que, cada día desde el mismo rincón del restaurante, a la hora en la que menos gentío había, la familia saboreaba las mismas sopas, carnes y pescados que se servían al resto de huéspedes. "El hotel no era para nada de lujo", explica Ribas, que no recuerda ninguna extravagancia por parte del astronauta, con el que tuvo ocasión de charlar, sin que la Luna formara parte del diálogo. "Eso ya suponía salirse un poco de las pautas marcadas".
Era la segunda ocasión en que ´Buzz´ se dejaba caer por el archipiélago, después de una primera visita en 1967, dos años antes de una hazaña que, a diferencia de otros, el mallorquín se creyó desde el principio.
En los días que pasó en la isla, Aldrin realizó varias excursiones en coche y multitud de caminatas a pie, y puede que se dejara tentar por algunas de las salidas nocturnas que se organizaron. A la hora de marcharse, el astronauta de Nueva Jersey se despidió de todos con unas palabras que dejaban abierta la puerta de regreso: "Hemos tenido lo que veníamos a buscar: paz, tranquilidad y bienestar". Para el recuerdo, sólo un autógrafo en el primer libro que el solleric tuvo a mano, una guía de cocina en francés. "Gracias por una maravillosa comida para mi familia y amigos. Buzz Aldrin. Apolo 11", reza la dedicatoria, la única que habita en la morada de este coleccionista nato, a buen recaudo y hasta ayer alejada de ojos curiosos, pasado el fervor de los primeros días. Otro souvenir, la foto de Ribas junto a los Aldrin en la mesa del comedor del ahora llamado Hotel Sun Club El Dorado, se perdió en el colegio de su hijo, donde alumnos y profesores le tachaban de mentiroso. La copia que presidió la sala durante años, desapareció. "Demasiado tentadora", sentencia.