EVA ACOSTA
Como ocurre con las aves migratorias y los turistas del "todo incluido", el verano se presta a la aparición de fenómenos específicos entre los que se cuentan ciertas manifestaciones musicales. Cierto es que más de una ha conocido tiempos mejores; quién ha visto y quién ve, por ejemplo a la canción del verano. Antes se la esperaba, se la buscaba, se la escuchaba hasta la náusea (en sentido literal) y, para colmo, se le hacían revivals nostálgicos a intervalos regulares. Hoy cualquier jingle televisivo tiene más tirón, y, por lo que parece, una vez missing Georgie Dann nadie reivindica el cetro del bimbó, las barbacoa y demás fauna sonora de chiringuito, carne torrefacta y sangría letal. Pues bien, con el calor también florecen los conciertos al aire libre y con ellos, dos especies parásitas y endémicas, hoy pimpantes como medusas.
Para ser sinceros, las dos especies se dan, asimismo, en pista cubierta: en teatros y salas diversas. Si las traigo a colación es precisamente para advertir de su presencia outdoors. No bajen la guardia, amantes de la música: la plaga del tosedor y el del móvil es ya una pandemia que acecha en los lugares más insospechados. Pasemos a una breve descripción de estos dos seres molestísimos, y entiendan que empleo el género masculino según la convención castellana, para expresar el genérico. El tosedor profesional de conciertos es un virtuoso; no hablo de la víctima normal de un resfriado a quien se le escapa una tosecilla. El tosedor cultiva su tos como otros cultivan hortensias, y además se ha estudiado la partitura que se ejecuta ese día. Sabe dónde están los pianísimos; esos momentos de cristal en que el alma se comunica con las esferas a través de una melodía; ese silencio fugaz que eleva el espíritu... Y entonces tose con tos digna de un orco. No se tapa la boca: semejante torrente no lleva sordina. Y además actúa siempre que sea preciso hasta romperle los nervios al más templado. Acabada la velada, se va a su casa con la satisfacción del deber cumplido y ya no vuelve a toser más hasta el siguiente concierto.
El otro ente maligno es el del móvil. No ya el insurrecto que lo deja conectado y obsequia al respetable con el politono del "Chiki chiki" a todo trapo en mitad de un andante. Mi ejemplar es más insidioso y lo usa como linterna. La atmósfera en penumbra propicia la comunión con ese lenguaje superior que es la música, pero como el del móvil lo vale, rompe en mil pedazos la poesía del instante al encender la linternita para ver qué hora es, si lo ha llamado alguien o, sencillamente, si logra situarse en el programa, porque no sabe si está en el primer movimiento de la segunda pieza o en el cuarto de la primera... Y repite la maniobra varias veces, o se queda "colgado" como un reluciente y azul farolillo japonés, vivo incordio lumínico, hasta acabar con el goce del melómano más estoico. Por eso, amantes de la música, mucho ojo... Y a ver qué remedio: échenle paciencia, porque cada día hay más.