JOSÉ CARLOS LLOP
La primera vez que oí hablar de Aleksandar Hemon fue en París. No es mal sitio para saber de un escritor, París, pero en aquella ocasión oí sólo un nombre entre otros, un nombre que no retuve. Fue en un encuentro casual en el carrefour de l´Odéon, en pleno Saint Germain y cerca de los jardines de Luxemburgo. Un encuentro entre dos amigas que hacía años que no se veían. Una era la mujer de un buen amigo mío, la otra una escritora barcelonesa especialista en literatura balcánica, que es, me da la impresión, una especialidad dolorosa. La escritora barcelonesa se llamaba –se llama– Isabel Núñez y se alojaba cerca de nuestro hotel. Quedamos en un café del quartier, que el pasado año descubrí que estaba en el lugar donde se encuentra Le Condé, el café de la juventud perdida, la última novela de Modiano. Estas cosas fueron París y estas cosas siguen siendo París y por eso es la mejor ciudad del mundo para los escritores. Entre ese café y otro adonde fuimos luego a cenar, Isabel Núñez nos habló de aquel escritor de Sarajevo con el que había quedado en París, de que él vivía en Chicago, de cómo no había podido conseguir su teléfono, pero que hacía dos días que ya debía de estar en la ciudad, aunque –dijo preocupada– no contestaba a sus e-mails. Yo pensé en esos correos sin destinatario como en las llamadas telefónicas a un número que nadie contesta. Eso que tantas veces ocurre en las novelas de Modiano, pensé entonces, sin saber aún que estábamos en el mismo escenario donde él situaba la novela que en esos días ya debía de estar escribiendo. Sin saber que en aquel momento nosotros mismos éramos personajes de Modiano oyendo hablar de un escritor de Sarajevo exiliado en Chicago, cuyo nombre escuché varias veces y sin embargo no retuve. Se trataba, ya digo, de Aleksandar Hemon.
La entrevista de Isabel Núñez con Hemon formaba parte del proyecto de un libro sobre los escritores balcánicos y la gestación de la reciente guerra de Yugoslavia. Una guerra que cambió la visión de Europa a la gente de mi generación, que no creíamos ver jamás –después de los campos de exterminio nazis y el gulag comunista– nuevos campos de concentración en el Continente. Aquel escritor del que yo no retuve el nombre había tenido la suerte de estar en Chicago cuando estalló esa guerra. Allí se quedó y allí cambió –como Conrad o Nabokov– de lengua. La conversación derivó después hacia posibles editoriales españolas interesadas en un proyecto como el de Isabel y luego, hacia otras cosas de la vida, más amables. Era París y era otoño de 2006.
A principios de junio de 2008 estuve en Lyon, invitado a los Encuentros Internacionales de Novela que organizan Le Monde y Villa Gillet. Recuerdo que uno de esos días murió el modisto Yves Saint-Laurent, que era una especie de personaje secundario de Marcel Proust. La ciudad estaba maravillosa, entre el sol y la lluvia, y en una de las sesiones disfruté escuchando a un escritor con la cabeza rapada y gafas, aunque sin rastro alguno de dureza en el rostro. Nunca lo había visto, ni sabía –creía yo– nada de él. Aquel escritor hablaba de su última novela sobre un emigrante judío en Norteamérica al que el jefe de policía de Chicago había dado muerte, acusándolo de anarquista, sólo por su aspecto –´siciliano o armenio´, dijo el policía– y porque había golpeado la puerta de su casa. La novela partía de una investigación sobre un caso real y recuerdo que no pude dejar de escuchar todo lo que contaba aquel escritor de unos cuarenta años, que era, claro, Aleksandar Hemon y que fue, sin duda, uno de los mejores participantes de aquellos Encuentros. La novela se titulaba ´The Lazarus Project´. A la hora de la cena, Hemon tenía a su pequeña hija en brazos –me saludó amablemente y cruzamos unas palabras– mientras su mujer preparaba lo que debía comer la niña. Esa escena –después de su exposición sobre Lazare Averbuch– me lo hizo todavía más simpático. La vida, en fin, que siempre gana.
De regreso en Palma encargué su libro de relatos –magníficos, como esperaba: desde Lyon yo ya era incondicional– titulado ´La cuestión de Bruno´. En él hay un cuento –´Una moneda´– que retrata la vida en el Sarajevo cercado por los francotiradores y ese cuento es una precisa y espeluznante anatomía de la naturaleza humana, tanto desde el punto de vista del cazador como del objetivo a abatir. Y una pieza muy bella titulada ´El Acordeonista´, que sucede durante el atentado que inauguró la Gran Guerra. Y no sigo porque he de volver a París. Al despedirme de Isabel Núñez prometió que me enviaría su libro, una vez estuviera editado. Lo acabó publicando otro mallorquín, Luis Magrinyá, en Alba. Se titula ´Si un árbol cae´, y con las palabras de todos esos escritores ex-yugoslavos traza un mapa desolador. Sigo pensando que es un libro que sólo podía escribirlo alguien de mi generación. Alguien que hubiera conocido la Barcelona de los 70 y lo que vino después. Alguien que creyó que el mundo –y su propio país– podía ser una cosa distinta a la que es. Alguien como Isabel Núñez que en sus páginas, habla, entre otras cosas, de aquel encuentro en París y –aquí nunca hay azar– resalta cuentos como ´Una moneda´ o ´El acordeonista´. Creo que ´Si un árbol cae´ –junto con el cuento de Hemon, ´Una moneda´– deberían ser de lectura obligatoria en Bachiller. Como lo son las vacunas.
(*) Este artículo de José Carlos Llop es el que debía salir ayer domingo ya que que, por un error, apareció uno del mismo autor publicado anteriormente.