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PSOE: 30 años sin Marx

 
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En el año en que José Luis Rodríguez Zapatero estrenaba su mayoría de edad, otro secretario general del PSOE lanzaba un órdago al partido presentando su dimisión ante lo que consideraba una rémora para lograr el hito histórico de llegar al Palacio de la Moncloa.

JOSÉ MIGUEL BLANCO/EFE El protagonista: Felipe González; el momento: el 28 Congreso del PSOE que comenzó hace hoy treinta años; el motivo de la dimisión: la gran resistencia interna a que desapareciera el término "marxista" de la definición del partido.

Era un momento clave de la Transición después de que los socialistas fueran derrotados por Adolfo Suárez en las elecciones generales del 1 de marzo cuando creían tener la victoria al alcance, aunque se resarcieron en parte en abril, en los primeros comicios municipales de la democracia, al tomar el bastón de mando de muchos ayuntamientos gracias a sus acuerdos con el PCE.

Fue tras esas elecciones cuando González consideró llegado el momento de dar la batalla interna por la socialdemocracia y recuperar su propuesta de meses atrás de eliminar las referencias a Marx de los principios ideológicos del PSOE que habían sido incorporadas por vez primera en la historia del partido tres años antes.

Se trataba de preparar el terreno para echar las redes en caladeros de votos más centristas. Pero no lo tuvo fácil, porque desde el inicio del Congreso los contrarios a esa idea se hicieron fuertes y empezaron a ganar algunas batallas.

Entre quienes se oponían a las intenciones de quien había utilizado hasta poco antes el nombre de Isidoro, se encontraba un grupo de históricos dirigentes como Enrique Tierno Galván (quien con no pocas dudas había sumado ya su PSP a la fuerza política liderada por González), Pablo Castellano, Francisco Bustelo, Fernando Morán o Luis Gómez llorente.

No estaban dispuestos a lo que entendían como una derechización del partido y creían que la mayoría del millar de delegados asistentes al cónclave estaba con ellos.

Una idea que quedó reforzada cuando frente al candidato oficial para presidir el 28 Congreso, Gregorio Peces Barba, presentan al que años después sería presidente del Senado José Federico de Carvajal y logran que salga elegido.

Con ese aviso sobre la mesa, Felipe González, en su primera intervención, entra de lleno en la cuestión matizando que jamás el PSOE podría renunciar a las ideas de Marx, pero tampoco pueden entenderse como un valor absoluto.

Su discurso queda lejos de convencer a todos, porque a la hora de votar la gestión de su Ejecutiva consigue el aprobado, pero sólo con un 68 por ciento de apoyo.

Al día siguiente, nuevo golpe en la mesa de los defensores de mantener las cosas como están cuando la ponencia ideológica rechaza la aspiración felipista y reafirma que el PSOE es un partido "de masas, marxista, democrático y federal".

Una derrota que se reproduce el 19 de mayo ante el plenario del Congreso: El 61 por ciento de los votos rechaza la enmienda avalada por González contra esa definición y defendida por el hoy comisario europeo Joaquín Almunia.

Fue el detonante de la decisión del líder socialista de presentar su dimisión. Lo hizo en la siguiente jornada teniendo como bandera la frase "hay que ser socialistas antes que marxistas" y sin que sus críticos se atrevieran a presentar una candidatura.

La solución fue nombrar una comisión gestora que convocó un Congreso extraordinario para el 28 de septiembre. En esos cuatro meses hubo una batalla ideológica y una pura lucha por el poder del partido.

Felipe González ganó las dos. De la cita de septiembre salió un texto en el que el PSOE asumía el marxismo "como un elemento teórico crítico y no dogmático, para el análisis y la transformación de la realidad social, recogiendo las distintas aportaciones, marxistas y no marxistas, que han contribuido a hacer del socialismo la gran alternativa emancipadora de nuestro pueblo y respetando plenamente las creencias personales"
Los críticos desaparecieron prácticamente de la nueva Ejecutiva del partido. La mayoría socialista no quiso quedar huérfana, conservó un líder y ganó un presidente del Gobierno. PSOE: 30 años sin Marx

José Miguel Blanco.

Madrid, 17 may (EFE).- En el año en que José Luis Rodríguez Zapatero estrenaba su mayoría de edad, otro secretario general del PSOE lanzaba un órdago al partido presentando su dimisión ante lo que consideraba una rémora para lograr el hito histórico de llegar al Palacio de la Moncloa.

El protagonista: Felipe González; el momento: el 28 Congreso del PSOE que comenzó hace hoy treinta años; el motivo de la dimisión: la gran resistencia interna a que desapareciera el término "marxista" de la definición del partido.

Era un momento clave de la Transición después de que los socialistas fueran derrotados por Adolfo Suárez en las elecciones generales del 1 de marzo cuando creían tener la victoria al alcance, aunque se resarcieron en parte en abril, en los primeros comicios municipales de la democracia, al tomar el bastón de mando de muchos ayuntamientos gracias a sus acuerdos con el PCE.

Fue tras esas elecciones cuando González consideró llegado el momento de dar la batalla interna por la socialdemocracia y recuperar su propuesta de meses atrás de eliminar las referencias a Marx de los principios ideológicos del PSOE que habían sido incorporadas por vez primera en la historia del partido tres años antes.

Se trataba de preparar el terreno para echar las redes en caladeros de votos más centristas. Pero no lo tuvo fácil, porque desde el inicio del Congreso los contrarios a esa idea se hicieron fuertes y empezaron a ganar algunas batallas.

Entre quienes se oponían a las intenciones de quien había utilizado hasta poco antes el nombre de Isidoro, se encontraba un grupo de históricos dirigentes como Enrique Tierno Galván (quien con no pocas dudas había sumado ya su PSP a la fuerza política liderada por González), Pablo Castellano, Francisco Bustelo, Fernando Morán o Luis Gómez llorente.

No estaban dispuestos a lo que entendían como una derechización del partido y creían que la mayoría del millar de delegados asistentes al cónclave estaba con ellos.

Una idea que quedó reforzada cuando frente al candidato oficial para presidir el 28 Congreso, Gregorio Peces Barba, presentan al que años después sería presidente del Senado José Federico de Carvajal y logran que salga elegido.

Con ese aviso sobre la mesa, Felipe González, en su primera intervención, entra de lleno en la cuestión matizando que jamás el PSOE podría renunciar a las ideas de Marx, pero tampoco pueden entenderse como un valor absoluto.

Su discurso queda lejos de convencer a todos, porque a la hora de votar la gestión de su Ejecutiva consigue el aprobado, pero sólo con un 68 por ciento de apoyo.

Al día siguiente, nuevo golpe en la mesa de los defensores de mantener las cosas como están cuando la ponencia ideológica rechaza la aspiración felipista y reafirma que el PSOE es un partido "de masas, marxista, democrático y federal".

Una derrota que se reproduce el 19 de mayo ante el plenario del Congreso: El 61 por ciento de los votos rechaza la enmienda avalada por González contra esa definición y defendida por el hoy comisario europeo Joaquín Almunia.

Fue el detonante de la decisión del líder socialista de presentar su dimisión. Lo hizo en la siguiente jornada teniendo como bandera la frase "hay que ser socialistas antes que marxistas" y sin que sus críticos se atrevieran a presentar una candidatura.

La solución fue nombrar una comisión gestora que convocó un Congreso extraordinario para el 28 de septiembre. En esos cuatro meses hubo una batalla ideológica y una pura lucha por el poder del partido.

Felipe González ganó las dos. De la cita de septiembre salió un texto en el que el PSOE asumía el marxismo "como un elemento teórico crítico y no dogmático, para el análisis y la transformación de la realidad social, recogiendo las distintas aportaciones, marxistas y no marxistas, que han contribuido a hacer del socialismo la gran alternativa emancipadora de nuestro pueblo y respetando plenamente las creencias personales"
Los críticos desaparecieron prácticamente de la nueva Ejecutiva del partido. La mayoría socialista no quiso quedar huérfana, conservó un líder y ganó un presidente del Gobierno.

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