LOURDES DURÁN. PALMA.
Miroslav Tichy es un punto y aparte en el mundo del arte. El checo vive al margen del éxito alcanzado a través del prestigioso crítico y comisario en diversas ediciones de la Documenta, Harald Szeeman, quien al ver sus fotografías exclamó: "¡El mundo de la cultura tiene derecho a verlas!". Tichy sigue en su pequeño pueblo de Netcice, sin estar convencido del alto aprecio internacional que se está levantando día a día sobre su obra. A sus 82 años, se dibuja como "un Tarzán jubilado".
La galería Kewenig, al igual que hiciera la semana pasada la recién inaugurada en Madrid Ivory Press Art + Books, de Elena Ochoa y reformada por Norman Foster, expone desde hoy algo más de sesenta fotografías, acompañadas de algún dibujo y un único cuadro. Tichy se inició en pintura y dibujo, abandonándolos en los 60 por una entrega total a la fotografía que también dejaría en los 90. Ahora vuelve a pintar.
Un único motivo centra su trabajo, las mujeres, que él ve, según Adi Hoesle, comisario de Fundación Tichy Ocean en Suiza, "como representantes del ser humano". Se trata de retratos "robados" -las modelos eran féminas anónimas que apenas se apercibían del disparo- hechos con cámaras caseras. "Tichy muestra una red social de este pueblo. Sus fotografías fueron tomadas en un radio de 5 kilómetros. Tienen una pátina clásica y no le interesan ni el valor documental, ni tampoco el técnico. Él retrata como es él", señala Hoesle.