JOSÉ CARLOS LLOP
Dos apuntes del natural, así para empezar. Uno: de todos los artistas que he conocido -y a estas alturas ya son unos cuantos-, Miquel Barceló es uno de los que ha demostrado más fe en su arte y de la mejor manera que puede demostrarse eso, talento aparte: a través de horas y horas de trabajo. Y cuando digo horas, me refiero a las infinitas horas diarias que el día esconde en sus veinticuatro aceptadas. Desde la época de la calle Canals -1973, año en que nos conocimos- hasta París ahora, nunca que haya estado con él he podido distinguir entre el descanso y el trabajo. Y nunca que me hayan hablado de él amigos comunes, he hallado tampoco esa distinción. Ya nunca.
Dos: Miquel Barceló, en una maniobra que se origina en su gusto por la literatura y desemboca en cierta fantasía mediterránea, estableció hace años un arbol genealógico que arrancaba, si mal no recuerdo, en Velázquez y se cerraba en él mismo. Goya o Pollock -y tantos otros- eran eslabones de esa cadena hereditaria. La cosa fue divertida e ingeniosa -no todas las fechas cuadraban, aunque él las hizo cuadrar sin despeinarse-, pero aparte de eso, era un aviso de la consideración de summa del canon occidental que reservaba para su propio arte. MB no reivindicaba un papel necesariamente vanguardista, sino un papel de resumen o mejor, de cierre, de esa tradición que nos explica. Que explica al hombre contemporáneo ante el vacío que tiene delante.
Quizá por eso, cuando ví las imágenes de la cúpula de Ginebra -esa cúpula es ahora (sin movernos de nuestra cultura, quiero decir) el vértice de un triángulo cuyos otros dos vértices del siglo XX son la tumba de Borges y el amor y la desolación vividos por Rodoreda en esa ciudad-, pensé que de esa summa, MB había elegido los orígenes -la cueva, por un lado, el mar por otro- para acoger a los representantes de las naciones como a aquellos primates protohistóricos que se narraban guturalmente sus hazañas, se vigilaban entre sí, o contemplaban deslumbrados las pinturas de un loco -de alguien diferente a todos ellos- que escenificaba en la piedra escenas de caza. Tal como está el mundo me pareció una metáfora muy adecuada y en su caso nunca hay que olvidar el humor. Luego ya no quise pensar más, porque a Barceló le han salido tantos hermeneutas que lo mejor es borrarse y simplemente disfrutar -o no- de lo que hace.Y esa abundante e improvisada capacidad interpretativa, hecha tantas veces desde la fascinación a priori -el mercado del arte produce espejismos-, hace reclamar tiempo para la contemplación de lo que no conocíamos. Un tiempo en el que desaparezcan las cosas que ahora pesan y distraen y enredan.
Por ejemplo la solemne tontería de Zapatero al llamarle ´nuestro genio contemporáneo´: ¿le comparaba con Shakespeare o con Einstein? ¿Otorga la presidencia de gobierno potestad para conceder certificados de genialidad? O el resentido encono electoralista de Rajoy al llamarle vago en comparación a un trabajador que se ha de levantar temprano para ir al tajo. O la estupidez del término ´multilateralismo´ -¿qué significa eso?- para definir su pintura por parte del ministro de Exteriores. O el convencimiento naif del president Antich de que MB da a conocer la cultura de Balears en el mundo. O los oportunismos demagógicos con África al fondo. O las gracias ácidas de quienes en su oficio no han demostrado ni la sombra de lo que ha demostrado MB en el suyo. O la rendición sin condiciones de los que lo esgrimen como una heráldica privada. O el obsceno estruendo del dinero. O el silenciamiento crítico por parte de aquellos ante los que MB no se pliega. En fin... ¿Hablamos de arte o de qué estamos hablando?
Hablamos del mundo, claro, que también va a sentarse bajo las estalactitas de MB en Ginebra. En ese mundo, Barceló ya no es de Barceló: lo público contamina y en cierto modo anula; lo hace incluso entre los que parece que llevan mucho tiempo -como es su caso- a salvo de cualquier contaminación cotidiana que no sea las que él mismo pueda destilar. Pues no. Hace ahora unos seis años que vi en la casa parisina de MB en El Marais los cuadros marítimos cuya evolución ha producido la cúpula ginebrina. Eran telas muy grandes que Barceló pintaba echado en el suelo, con la tela sujeta en el aire, mientras el peso de la pintura y la fuerza de gravedad hacían el resto, produciendo el rizado encrespamiento del mar revuelto. Una de las mejores características de esa casa -y tenía bastantes- era el silencio y en ese silencio el arte de Barceló adquiría su verdadero sentido (y el mundo quedaba fuera y lejos). Ese sentido también está ahora en la cúpula de Ginebra, pero todavía hay demasido barullo, me temo, para contemplarla como se merece.