MATÍAS VALLÉS
El escándalo del debut de Barceló en la Ginebra calvinista como ingeniero -recuerda cada vez más a Santiago Calatrava, con sus delirios de cartón piedra para el Govern Matas/Estarás- no radica en que la majestuosa pornocúpula se haya sufragado con fondos destinados al tercer mundo. Al fin y al cabo, el ejecutivo popular arrojaba a diario en Balears una cantidad superior a la basura, o a los bolsillos de sus miembros. La estupefacción surge al observar que el plagio de las cuevas del Drach adolece de cualquier alusión a la situación de los países desfavorecidos. Una silueta hambrienta, un cadáver con moscas, incluso un modesto pene, hubieran incomodado a los reyes, banqueros, promotores inmobiliarios, secretarios generales de la ONU, zapateros y ministros que han ovacionado entusiastas la redecoración ginebrina. La provocación ha desaparecido del repertorio cromático barceloniano, hoy tan risueño y Rusiñol.
La única mención explícita en la cúpula de Barceló a los derechos humanos, a las dictaduras y a la pobreza figura en el precio. En sí misma, la obra festeja el statu quo de un planeta injusto. Los expertos me replicarán con el camelo del arte abstracto, excelente coartada para un provocador reconvertido en publicista de la monarquía, de Zapatero, de la ONU inoperante, de los telefónicos de la tarifa Zaplana y de los banqueros al borde de un ataque de nervios. "Mallorca está destruida, el mundo sangra y yo me voy a pintar el cosmos y el fondo del mar para celebrarlo". Atinado programa creativo, a tres mil quinientos millones de pesetas en fondos públicos. Los abogados a sueldo del genio apelan al Gernika, una obra insulsa pero que al menos señala con el dedo y la pezuña.
Barceló se ha acorazado detrás de su peripatetismo en Africa. Recuerda a los líderes ecologistas, cuando gastan más keroseno que el G-8 en sus cumbres alternativas de Rio. El pintor mallorquín ni siquiera describe el continente africano como un turista de la catástrofe -en la línea de las conselleras saharianas del Pacto de Progreso-, sino con la actitud del colonizador que arranca las materias primas a los nativos, para revenderlas con plusvalías que no hubiera soñado el rey de Bélgica en el Congo.
Barceló ha muerto como provocador, a manos y billeteras de reyes, presidentes del gobierno, ministros y banqueros. Admitan el desahogo de quienes le hemos disfrutado en la faceta rompedora, y carecemos de caudales para mantenerla. Si Barceló trabaja para Vicente Grande -y lo ha hecho, porque el insigne promotor es uno de los paganos de la cúpula ginebrina-, ¿preservará luego el ardor guerrero suficiente para oponerse a los desmanes urbanísticos?
La descripción de la obra suiza a cargo del propio Barceló es deliberadamente inofensiva. Da la espalda al mundo, salvo en la tarifa. Aunque los pagos se han censurado por motivos innobles, constituyen el único aspecto a debatir de una cúpula irrelevante en su significado. Ya que la caverna madrileña iba a ofenderse de todas formas, ojalá hubiera sido a cuenta de una provocación artística, y no sólo económica.
No hablamos de una particularidad, sino de una tendencia. Los dos últimos proyectos de Barceló -la capilla de la Seo, la ONU- han sido inaugurados por los Reyes al completo. La reiteración redundará en egolatría, pero está viciada artísticamente. El aval regio descarta la utilización en la imaginería ginebrina de un monarca en su trono con el perfil simiesco del cristo barceloniano en la capilla de la Seo, de un secretario general de la ONU manteniendo relaciones sexuales con una subordinada en un viaje oficial, de los diez mil paniaguados del Fondo Monetario Internacional o sus calaveras, en paralelo a las osamentas del templo palmesano.
En nuestro mundo asimétrico, la pureza ideológica o provocadora se exige sólo a quienes cobran poco por ella. La mejor forma de robar un banco es comprarse uno, y lo mismo vale para el arte. La cúpula de Ginebra es el ejemplo más refinado de consenso, no se me ocurre insulto más duro para un producto de creación. La intervención en la catedral de Palma ha soliviantado al menos a los canónigos y a los guías turísticos. Ya que se compara tan erróneamente la cúpula de Ginebra con la Capilla Sixtina, al menos Miguel Angel planteó un sinfín de problemas al Vaticano en su festín homosexual. Por cierto, hay que encargar a toda prisa al mallorquín un proyecto a cuya inauguración acuda Benedicto Siglo XVI, el único hueco en la nómina de palmeros.
¿Se arrojaría usted sobre una novela que recomendaran arrebatadamente Samaranch y el secretario general de la ONU, para leerla con fruición? Menudos avalistas. Ser el artista de los John Berger, Catherine Deneuve, Zagajewski y Borbones genera un empacho o una recaída en el arte abstracto, aunque tendrá la virtud de que a Barceló se le encomendará el retrato oficial de Letizia Ortiz vestida.
Si nos tomáramos el arte en serio, nos embargaría la decepción que nos asalta cuando nuestros directores de cine fetiches -Forster, Greengrass, Raimi- se corrompen rodando a Bond, Bourne o los diversos arácnidos del cómic. En el terreno insustancial de las artes plásticas, esta jeremiada sólo pretende establecer un vínculo entre Barceló y los hoteleros de su misma isla, horrorizados ante la posibilidad de que la izquierda gobierne Balears, pero adoradores de Fidel Castro. Un mallorquín nunca confundiría el dinero con los principios.
Los ministros Moratinos y Molina el cantaor han esbozado una defensa balbuceante de la dimensión económica de la cúpula de Barceló. Un artista defendido por el Gobierno, enhorabuena. Al enterarse de la fuente de los fondos, el artista pudo ausentarse al menos de la inauguración con gallardía. No acudió a la misa de la catedral palmesana, pero las creencias religiosas son más baratas que las presupuestadas.
¿Una valoración artística? La cúpula es impresionante y bonita, usted le da unos colorines a Barceló y él los distribuye magistralmente, sin ofender a nadie, ni a Samaranch ni a los pueblos oprimidos. A juzgar por sus apoyos recientes, el pintor mallorquín no desea ser Picasso, sólo Juan March Ordinas, el banquero mallorquín que vivió sus últimos años en ¿adivinen? Ginebra.
Reflexión dominical molesta: "Tan impertinente como un mosquito mientras estás viendo una película porno".