dijous bo 2008. La isla respondió al reclamo comercial de la feria y acudió masivamente
J. F. S. / P. C. / M. C. INCA.
El Dijous Bo es una feria a prueba de bombas, blindada ante las inclemencias. La fira de fires superó ayer una auténtica prueba de fuego, porque difícilmente volverán a conjugarse en su contra elementos tan insalvables como la lluvia, constante durante toda la mañana, y un apagón inesperado, que dejó a oscuras, sin capacidad de reacción, a todos los comercios de la ciudad durante unas dos horas, en un día que los vendedores esperan con impaciencia porque la actividad comercial suele compensar las temporadas de ingresos escasos. Otro elemento que, a priori, jugaba en contra del Dijous Bo es la actual crisis económica, que ayer se notó de forma desigual entre los más de 700 expositores que llenaban las calles y que, puestos de forma lineal, hubiesen ocupado nada más y nada menos que ocho kilómetros.
A pesar de tener que luchar contra los elementos, la gente acudió en masa al reclamo multicolor del Dijous Bo, aunque difícilmente alcanzó la cifra de 170.000 visitantes aireada el día anterior por el Ayuntamiento. A las cuatro de la tarde, la institución local informó que la previsión de asistencia rondaba las 100.000 personas.
Ya desde primera hora de la mañana, la multitud se echó a la calle paraguas en mano, procedente de todos los puntos de la isla y a pesar del mal funcionamiento del servicio de ferrocarril, que arrastró retrasos durante toda la jornada. "¿La lluvia?, ya no es un problema, venimos preparados porque, además, ya no es una novedad; cada año pasa", afirmaba una señora parapetada bajo uno de los paraguas con el logo del Dijous Bo que ha distribuido el Consistorio entre los vecinos, "con mucha vista, por cierto", según un paseante.
Visita de las autoridades
Como es tradición, las autoridades se concentraron a las diez de la mañana frente al Ayuntamiento, donde el alcalde anfitrión, Pere Rotger, y la corporación en pleno recibieron al president del Govern, Francesc Antich, y a la presidenta del Consell, Francina Armengol. También estuvieron presentes los consellers autonómicos de Movilidad y Ordenación del Territorio, Biel Vicens, y de Comercio, Industria y Energía, Francesca Vives; y el conseller insular de Interior, Joan Lladó, además de diversos alcaldes de la comarca como los de Santa Margalida, Selva, Llubí y Binissalem. En representación del PP, acudió la presidenta, Rosa Estaràs, y el secretario general, Guillem Estarellas.
La comitiva realizó la clásica ruta por las diferentes plazas de Inca. En la del Bestiar, visitaron las muestras de animales y asistieron al concurso morfológico del Porc negre y en la Plaça Mallorca se dirigieron directamente a la lona que contenía la ensaimada gigante que, ayer, se convirtió en la gran atracción de la feria. Posteriormente visitaron los estands de los medios de comunicación, entre los que estaba DIARIO de MALLORCA. El president Antich tuvo que abandonar Inca a media mañana debido al apagón generalizado que afectaba a toda la isla y a Menorca.
A pesar de que uno de los comentarios más extendidos se refería a la falta de agobios para caminar entre los expositores, lo cierto es que el público llenaba toda la extensión de la feria. Desde las exposiciones de coches de la Avinguda General Luque y la Gran Vía Colón hasta la Muestra de Comercios de la plaça Llibertat y los puestos de venta que ocupaban todo el casco antiguo. La oferta de productos era infinita.
Los vendedores aceptaron con resignación la lluvia, conscientes de que las cajas serían menores. "Yo no sé si ha sido la lluvia, o la crisis, pero la verdad es que esto no tiene punto de comparación con el año pasado, las ventas han caído en picado", se lamentaba un vendedor de productos de alimentación. Pero había opiniones diferentes. "Yo no lo he notado demasiado, más o menos las ventas sin similares a otros años", apuntaba la propietaria de un estand de ropa.
Pero si la lluvia no era suficiente, sobre las doce del mediodía el Dijous Bo pasó a ser una víctima más del histórico apagón de ayer. En la calle, lógicamente, apenas se notaba, aunque en el interior de las tiendas, la ausencia de luz afectó de forma importante a los ingresos. Algunos comercios decidieron cerrar, informando mediante carteles de que volverían a abrir "cuando vuelva la luz". En los locales que permanecían abiertos la actividad quedó reducida a la mínima expresión. "La gente no puede ver los artículos, por lo que la mayoría dan media vuelta y se van", afirmó con resignación una vendedora de ropa. Los bares y cellers de Inca tuvieron que recurrir a la luz de las velas, pero no disminuyó la cuota de clientes. "Esto es un desastre, es el peor día que puede pasar, vaya mala suerte: lluvia y apagón el mismo día", se lamentaba el dueño de un local de restauración lleno a rebosar de clientes. Además, los cajeros automáticos no funcionaban y muchos visitantes no pudieron sacar dinero, lo que también afectó de lleno a los comercios de la ciudad. La luz volvió, finalmente, sobre las dos de la tarde.