LOURDES DURÁN. PALMA.
El Territorio Miró no ha sido aún morada de la obra de Miquel Barceló, salvo cuando, a invitación del propio Miró, le visitó en su taller en Son Abrines, y que al año de su muerte, realizó sus primeros grabados en el taller, apoyado en la sabiduría de Tristán Barbarà. En 2009, el centro de arte acogerá su primera exposición, dedicada, además, a los inicios del pintor de Felanitx. Se trata de presentar una revisión de aquellos fértiles y convulsos finales de los 70 e inicios de los 80 en los que Barceló añadía el apellido de la madre cuando rubricaba sus obras.
Será una oportunidad de conocer los orígenes de un muchacho rubio, guapo, siempre con un cigarrillo colgándole de los labios, pobre y, por encima de todo, ambicioso de convertirse en un gran pintor.
Aunque la organización de esta exposición está en sus inicios, sí tiene fecha: la Nit de Sant Joan, cuando la fundació se viste de guirnaldas verbeneras para celebrar la onomástica de quien la puso en pie.
La iniciativa de presentar el Barceló de los inicios es de María Hevia, responsable del Fons Documental Miquel Barceló, y de Jaume Reus. Cuenta con el beneplácito de los máximos responsables de la Miró. Es más que probable que se establezca un eje de itinerario mediterráneo para la misma: Barcelona y Toulouse cubrirían el resto de escenarios. Cabe recordar que fue en esta ciudad francesa donde Barceló se estrenó internacionalmente.
Si se repasa la biografía del artista, Miró surge en su boca cuando ésta era más joven al señalarle como uno de los imprescindibles, aunque al correr de los años, se hermana más a Barceló con Picasso. Reconocida es la influencia de la pintura de Tintoretto, una de sus máximas referencias y, desde luego, Pollock, Cy Twombly y Robert Ryman. Al menos, en aquellos años.
La virtud de aquel joven airado que siempre tuvo en mente abandonar el terruño es la de ser esponja. De formación autodidacta -se matricularía en la Facultad de Bellas Artes para aprender la técnica, pero abandonó los estudios académicos, para instalarse en la vida-, ya en sus balbuceos se adivinaba la poderosa fuerza de su pincelada.
La exposición de la Miró servirá de guía para revisar el origen del artista, que este mes inaugurará en la Sala XX de las Naciones Unidas la cubrición pictórica de su cúpula: un nuevo desafío tras la Seu. Se podrá ver obra inédita o no catalogada. Leamos su propio dibujo oral acerca de su generación.
"Yo nací el año de la muerte de Jackson Pollock y, ayudado por sustancias más o menos psicotrópicas, prolongué una prodigiosa adolescencia isleña hasta la muerte de Franco, tan distinta de la de Pollock. En esta especie de exilio en ultramar era tal mi voracidad y tal la sequía existente que una reproducción de tres centímetros cuadrados en blanco y negro de Klee o Rauschenberg con gallina conseguía mantenerme en estado hipnótico durante varios días. A veces veíamos pasar a Joan Miró con un taxi por el paseo Marítimo. Yo pertenezco a una generación que, por el momento, ha producido poquísimos poetas, pocos pintores, muchos guitarristas pop y, sobre todo, muchísimos yonquis".
Fueron los años de experimentos contestatarios como Neón de Suro, Taller Llunàtic, efervescencia de un arte insurgente, de detritus -recordar la exposición Cadaverina 15, la primera en un museo, el de Mallorca, en la que la materia en descomposición era el leit motiv-, o sus experimentos pictóricos en los que una sóla pincelada era el cuadro.
El aire setentaiochista consignó ya algunas de las fascinaciones en la obra barceloniana: el erotismo, los animales, los estudios... Algunos de ellos, en un baile de pigmento y nicotina.