JORGE MARTÍ
Estoy intentando escribir este artículo en medio de una vendaval que provoca cortes intermitentes de la luz. En Alaró, como en tantos pueblos de Rumanía y de esta subdesarrollada Mallorca -subdesarrollada en servicios e hiperdesarrollada en lo que se refiere a pagar a Hacienda- los cambios bruscos de tiempo llevan aparejados problemas de suministro eléctrico. De manera que el viento sopla a lo loco, la sombrilla, que aún no había quitado, se ha ido a visitar al vecino, todo el rato se oyen ruidos de tejas y macetas que caen, la electricidad va y viene, mi conexión a internet se enciende y se apaga, en fin, que todo se alía para recordarme nuestra humana condición de juguetes del destino.
En fin, que antes de que se me acabe la batería del portátil, ya que no sé cuándo volveré a tener un suministro eléctrico propio de una isla en vías de desarrollo, debería acabar este folio que en el diario esperan para llenar mi columna. Y, como unas cosas llevan a las otras, he pensado que es curioso lo que ha ocurrido con el tema del destino: de ser uno de los temas que más y mejor han inspirado a los escritores del pasado, ha pasado hoy a asunto obsoleto, que apenas interesa y casi nunca es elevado a tema de la letra impresa.
Los antiguos griegos vivían obsesionados con el destino. Creían que las vidas humanas estaban, como si dijéramos, escritas por anticipado: que lo que íbamos a hacer, decir o sufrir se había previsto de antemano. Por eso se pasaban la vida consultado a los oráculos, a los adivinos, o interpretando las señales que les enviaban los dioses. Trataban de evitar que las zancadillas que nos pone la vida les pillaran de improviso. Es evidente que no les servía de mucho, al menos desde el punto de vista práctico: la mayor cultura de la Antigüedad ha dado lugar a la Grecia actual; sobran comentarios. Ahora bien, de su obsesión por el destino y cómo éste marca la trágica condición humana, surge el gran teatro griego, Sófocles o Eurípides, que tanto influyeron en el teatro posterior.
La cultura del Cristianismo, por el contrario, abomina del destino. Como la Iglesia nos quiere hacer responsables de nuestras taras morales -para castigarnos después de la muerte con un cielo o un infierno, según nos hayamos comportado en la vida- nos deja libertad para elegir entre el bien y el mal, es decir, no nos ata a la voluntad del destino. Para los protestantes, seremos premiados si somos buenos, si efectivamente elegimos el buen camino; para los católicos, basta con arrepentirse a tiempo para esquivar el infierno y entrar en ese término medio entre premio y castigo que es el purgatorio. Todo depende de nosotros, pues nada está previsto de antemano. Shakespeare y Calderón, salen de ahí.
Hoy el destino ha dejado de interesarnos. Vivimos absortos en el día a día, en lo cotidiano sin trascendencia. Cuando una catástrofe natural, una crisis económica que nadie entiende o un accidente nos ponen delante de nuestra fragilidad ante los elementos, ya no hablamos del destino o de la culpa: nos limitamos a maldecir nuestra mala suerte. Nuestra cultura gira en torno a la casualidad: el triunfador y el perdedor se lo han jugado todo en la ruleta de la vida. Como la bolsa y así nos va. Como la literatura actual, que si sale bien es por pura casualidad.