CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Las autoridades del distrito escolar de Harrold, Tejas, han decidido permitir que los maestros vayan armados a clase. Una decisión sabia donde las haya porque, siendo yo mismo profesor, aprecio en lo que valen las innovaciones pedagógicas, el empeño en estar al día en cuanto a las técnicas emergentes para poder así difundir de manera adecuada el conocimiento entre la próxima generación. Qué duda cabe a tal respecto que las armas en manos del cuerpo profesoral son un instrumento capaz de marcar un antes y un después.
La medida se echaba en falta. ¿Quién no se ha encontrado mientras explicaba qué sé yo, un diálogo de Platón, un aprovechamiento de las enzimas o un teorema del álgebra, con el deseo de pegar tiros, siquiera al aire, para que los alumnos se atendiesen a los argumentos esgrimidos? Que se levante y lo niegue el maestro a quien no le haya pasado por la cabeza el recurrir a la ametralladora cuando suena en clase un móvil. Pues bien, todas esas ventajas estarán a la disposición de los profesores de Harrold, aunque parece que a título más bien de experiencia-piloto porque los alumnos de aquellas aulas suman sólo 110 y, por tanto, pocas van a ser las víctimas eventuales del combate.
Parece ser que los maestros implicados en la maniobra educativa recibirán cursos de formación para el manejo de armas cortas o largas, según convenga, y supongo yo que harán también prácticas de puntería, no vayan a fallar el disparo y maten al juanito de la clase con la precipitación. Más razones todavía para la envidia. Habida cuenta de que a nosotros, los profesores de cualquiera de los distritos universitarios del reino, van a meternos de golpe en el Espacio Europeo de Enseñanza Superior sin curso alguno, ni apenas práctica que echarnos a las espaldas, hay como para odiar a los harroldianos y no sólo por lo reducido de sus alumnos. Enfrentarse con el nuevo sistema de Bolonia, aventurar los cálculos acerca de cuántas horas le llevará a cada chico sus tareas y confiar en que las realizará en su casa sin que medie arma alguna amenazándole, es empresa hercúlea. Digo yo si no se nos permitiría llevar al menos canana y revolver, aun cuando fuese con munición de fogueo, por ver de motivar de forma adecuada a los discípulos. Pero ya se sabe lo mal que nos llevamos los latinos con la innovación.
Así que será cosa de aguardar a ver lo que sucede en Tejas y, a la luz de los resultados, plantear las reivindicaciones sindicales correspondientes para que aquí también se nos arme. Tampoco se trata de reclamarle a la rectora una Uzi, morteros ni granadas de fragmentación. A quienes enseñamos materias relacionadas con la antropología es de hecho muy adecuado que nos dotasen en primer lugar de arco y flechas, impregnadas tal vez de curare, para que de tal forma se entienda mejor el tránsito cultural de la postmodernidad.