JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ BRAVO
Existen ciertas mujeres cuya forma de caminar destapa contradicciones en los hombres. Mujeres que caminan con paso largo, apoyando suavemente el tacón, balanceando el cuerpo al compás de una melodía oculta. Viéndolas aparecer -¿saliendo de la niebla?-, los hombres sueñan que la vida está de su parte y durante segundos quedan atónitos, como si acabaran de recibir el mensaje de un nuevo mundo. "No puede ser cierto -piensan-, ¿esa mujer viene hacia mí?".
Carmen se dirige al domicilio del arquitecto Badía. Cada mañana, mientras atraviesa Vía Sindicato, contempla el tránsito creciente de africanos, latinos y magrebíes que deambulan en grupo o se detienen frente a cualquier escaparate con la mirada extraviada. Algo le dice que ésta es una buena calle desde donde divisar el gran abandono lánguido que gravita en la ciudad, allí donde la mentira de su lujo muestra el gran trasero de residuos, la verbena de olores, su pestilente decadencia. Aquella mezcla de hombres, mujeres y niños con aspecto de refugiados, va adquiriendo con el tiempo un tono estremecedor y, aunque le cueste admitirlo, el miedo a lo desconocido va remontando su espalda como un oscuro presagio.
A ello se debe la circunstancia de que Carmen apresure el paso.
La calle que está a punto de abandonar -ya divisa los arcos de la Plaza Mayor-, fue también la frontera geográfica en los temores de su infancia, cuando la familia le advertía de los peligros que amenazaban más allá de las fachadas y los comercios. Vía Sindicato dividía el centro de Palma en dos: ciudad rica y ciudad pobre. Su padre denominaba "detritus" a todo aquello que estaba situado al otro lado de la frontera. Más tarde supo que si los mallorquines sufrían el tedio de la vida respetable, rebasaban este límite para acudir a los prostíbulos del Barrio Chino. Entre ellos, su padre.
Por encima del murmullo del público, una voz clara espantó sus recuerdos.
-Carmen, espera. ¿Tienes un momento?
Reconoció a Pilar.
-Eres la única cara conocida que veo por aquí en muchas semanas -contestó a modo de saludo.
-Me alegra encontrarte, ¿sabes? Me encuentro fatal.
-Nadie lo diría, tienes un aspecto estupendo.
-Gracias. ¿Puedo acompañarte?
-Como quieras -consintió Carmen-, voy a casa del arquitecto Badía.
-¿Algún asunto privado?
-Nada interesante, la firma de algo que lo hará aún más rico.
2
"Si le dijera lo que su presencia me inspira (en el sentido biológico, se entiende), consideraría que soy un monstruo, sencillamente", eso es justo lo que pensó el arquitecto Badía cuando su asistenta anunció la visita de Carmen, quien a media mañana entraba en la biblioteca con paso decidido, dejando los papeles del contrato sobre la mesa de servicio, y elevando el dedo índice para señalar una idea.
-Creo que sería bueno emborracharnos y encerrarnos durante días -dijo besando cálidamente a Badía.
-Yo también lo creo.
Carmen considera al arquitecto como "el mejor de los amigos", alguien de la familia. Es de esas mujeres que trabajan -ella lo hace como secretaria en un despacho de abogados- cuando su fortuna bastaría para alimentar varias generaciones. Por si esto fuera poco, ha sido caprichosamente adornada con una melena rubia que enmarca una cara preciosa y un poco cruel -detalle que excita a Badía- a causa de los ojos color verde que ascienden levemente hacia los ángulos. Ojos duros, en resumen, y un poco esquivos, idénticos al gesto nervioso de su boca.
-Tengo la sensación de que estás en otro? cómo lo llamas? ¿episodio de ansiedad? -preguntó Badía.
-Bendita ansiedad. Pero no te engañes, desayuno unas pastillas muy simpáticas que me mantienen despierta en una sociedad adormecida como ésta. ¿Por qué vivimos en una ciudad tan aburrida?
Sonó el teléfono y el arquitecto dirigió un gesto de disculpa hacia Carmen antes de descolgar.
-¿Badía? Soy Pablo, ¿está Carmen contigo?
-Sí, ¿por qué?
-No, verás. La he enviado con el contrato en sobre cerrado, quiero que lo leas en privado, no es necesario que ella esté al corriente, ¿lo harás? Te espero esta tarde para la firma - ? click.
Así era Pablo. Escueto, conciso, telegráfico.
Badía mostró una botella de vino y Carmen, aprobando con la mirada, prosiguió:
-¿Sabes? Acabo de cruzarme en la Vía Sindicato con Pilar. Ella sí que está estupenda, es una lástima que sea tan descaradamente lesbiana, volvería loco a cualquier hombre.
-Sé que le gustas muchísimo a Pilar -dijo Badía indiscreto.
-Cualquier mujer bien perfumada y vestida por Lacroix, sería candidata a sujetar los machos de Pilar. Sus insinuaciones comenzaron siendo graciosas pero últimamente son un fastidio.
-Hay que conocerla?
-Renuncio a conocerla -interrumpió Carmen-, y por otra parte me aburriría entrar en una discusión. Tengo que volver al despacho, pero hagamos una cosa, te invito a comer y seguimos charlando. Tú eliges el restaurante.
Se levantó mirando el reloj y exclamando:
-¡Vaya, qué forma de llover!
Carmen abandonó la biblioteca con el mismo ímpetu con el que llegó. Antes, perdiendo su voz por el pasillo, todavía le oyó preguntar a la asistenta.
-¿Qué color crees que me favorece más con esta lluvia?
3
El arquitecto abrió la ventana para sentir el aire fresco y el rumor del agua. En pleno centro de Palma hay huertos que esconden palmeras, granados, hierbas aromáticas y limoneros que florecen fuera de estación. Desde el mirador que había convertido en su estudio, Badía miraba distraído el patrimonio de parabólicas y antenas de telefonía cubriendo los tejados del centro histórico. Resultaba curioso observar las grúas compitiendo en altura con los campanarios, emergiendo de los patios al estilo de una gran metáfora contemporánea.
Entre las torres de Santa Eulàlia y el reloj del ayuntamiento, muy cerca de su casa, Badía divisó a una mujer embelesada con su mismo pasatiempo. Apoyada en el pretil de su ventana, tendía un vaso al vacío y el perfil de su cara brillaba en tonos azulados, como dibujado por un lápiz de neón. Era muy hermosa. Pensó que su hermosura bastaría para transformar la ciudad con un gesto.
El teléfono volvió a sonar. ¿Una señal de vida?
-¿Badía? Soy Pilar -el arquitecto realizó una mueca de disgusto.
Pilar sacó el muestrario de tonos inquisidores.
-¿Se puede saber qué te pasa? ¿Cuándo piensas venir a cenar?
-Con esta lluvia no dan ganas de nada -se excusó Badía.
-¡Qué tendrá que ver la lluvia! Necesito verte para que me arregles un par de asuntos -advirtió Pilar y le recordó que no era momento de abstraerse con la lluvia ni con las infinitas combinaciones de la vida, exigió a Badía una cita urgente y añadió antes de colgar:
-No comprendo qué pueden ver las mujeres en un estúpido.
4
Pilar es propietaria de una joyería cercana al Banco de España y vive en un ático del Paseo Marítimo. Heredó una finca en la costa norte de la isla y una participación en una agencia de viajes internacional -cosas de familia-, pero el auténtico negocio -su pasión confesa- es una lujosa e íntima sala de juego habilitada en el sobreático de su casa. La pared acristalada fue diseñada para dominar la bahía de Palma en su extensión, desde el faro de Portopí hasta el cabo de Son Verí. A esa sala acude, en palabras de Pilar, "lo mejor de cada casa". Es un casino clandestino, pero ella lo denomina point de rencontre para partidas entre amigos. Black-jack, ruleta o póker en conversación desde las alturas. Árabes, alemanes y americanos son bienvenidos porque, volviendo a la sutil ironía de Pilar, "el juego permite relacionarte en todos los idiomas sin necesidad de traductores".
A nadie parecen importarle las fortunas que se juegan una vez a la semana. No hablan de dinero, sólo de cultura.
Badía y ella, por el contrario, no hablan nunca de cultura -alabado sea Dior-, sólo consumen drogas y calculan dónde invertir el dinero que Pilar guarda en su Tuppercash Collection. A Pilar le vuelven loca las drogas duras, las hembras duras y los católicos duros. Por las noches, antes de salir de casa, se perfuma directamente con dinero.
5
Para consumir tiempo hasta la cita con Carmen, el arquitecto escogió distraerse con un breve repaso a las noticias locales. Un cronista describía la capital como una "postal húmeda y descolorida", y otro lamentaba que el clima insistiera en empañar un otoño turístico brillante, "lo que no impide que nuestra región siga siendo la estrella de la economía española en el sector". El diario anuncia también una inesperada visita del sultán de Omán, quien vendrá a Palma con dos Jumbo y su flota: el yate personal Al Said, lanchas de desembarco y el buque de apoyo Fulk Al Salamah: convertible en hospital o buque de guerra, 136 metros de eslora, desplaza diez mil toneladas y alberga un parque móvil de ocho Mercedes blindados y dos helicópteros. En la agenda del sultán figuran una fiesta con promotores, una subasta de arte y una recepción oficial. Al sultán le apasionan los casinos. En menos de una semana habrá dejado en Mallorca dos millones de euros.
El teléfono volvió a sonar. ¿Sería Carmen para anular la comida?
-¿Badía? Soy Pilar -el arquitecto realizó una mueca de disgusto-. ¿Conocemos algún diplomático que haya trabajado en Omán?
6
-¿Qué crees que me regaló Pilar por mi cumpleaños? -preguntó Carmen tras haber seleccionado pasta con frutos de mar, trufas, blanco seco y agua mineral.
-Algo he oído -confesó Badía-, ¿una colección de los diarios de Anais Nin?
-¡Son unos diarios espantosos! No se te ocurra leerlos.
-Llegas tarde, los leí saltando párrafos enormes en busca de episodios eróticos.
-¡No tienen nada de estimulantes! Pilar y Anais Nin me han convencido: amo a los hombres.
-Deberías elegir uno -sugirió Badía aun siendo consciente de que aquel era un asunto que Carmen prefería eludir.
-¿Te parece? ¿En quién estás pensando? -preguntó repentinamente interesada y anticipó- Me precio de poseer un olfato estupendo.
-Pongamos por ejemplo Pablo. Buena planta, abogado, culto, educado, gran fortuna. Lástima que sea tu jefe.
-Ése no es el inconveniente. Pablo es demasiado convencional, un guapo sin atractivo. Sus ambiciones son vulgares -dijo Carmen y agregó-: un raro personaje.
-Parece bastante normal.
-Pues no lo es, tiene una mente complicada, un tanto retorcida. Quiso ser numerario del Opus, ¿lo sabías?
-No, no lo sabía. Pero no lo critico, no soy quién.
-¿No te parece criticable pensar que el dinero es inmaculado sin tener en cuenta su procedencia? Tanto si proviene de una dictadura, del contrabando de armas, de la mafia o de la información privilegiada, no hacen ascos. Y no entremos en el tema de la absolución de los corruptos.
-No son los únicos.
-Desde luego que no, pero sí los más hipócritas. Con los extorsionadores o los mafiosos sabemos a qué atenernos.
-Al menos no me negarás que Pablo es un tipo simpático -terció Badía.
-Me jugaría la casa a que está mal dotado. Pablo es un hipócrita con encanto que está donde hay que estar en Palma: partido conservador, empresas pantalla, cofradía del Cristo de la Sangre, yate y camarilla en el Club Náutico.
-Paraíso fiscal, dry martini, cocaína en las fiestas de guardar?
-?Orden de Malta, socio de un club militar, golf, rotarios y confesor particular. Ya te he dicho que sus ambiciones son vulgares.
-¿Podrías dejarlo? Estamos comiendo.
-No te he contado lo mejor. En un tiempo la madre de Pablo puso el retrato de Escrivá de Balaguer en el recibidor y el padre, cierta noche que llegó a casa cargado de Mascaró, tiró el retrato sobre el felpudo y se limpió los pies armando tal escándalo que despertó a los vecinos. "¡Mirad -gritaba-, mirad lo que hago con las ratas del Opus!".
-No sé? nunca he visto a Pablo especialmente sectario ni beato.
-Bueno, toda la ciudad sabe que su padre lo desprecia.
-¿Puedo saber por qué?
-Pablo ha vendido media Mallorca a extranjeros pero, eso sí -puntualizó Carmen-, con el beneplácito de los mallorquines.
-De cierta clase de mallorquines, querrás decir.
-No siguis beneït, de tot el món. ¿Tú haces algo por impedirlo?
-Necesito el dinero.
-Desde luego no parece mala excusa. Y ahora invítame a una copa en otro sitio.
Carmen pidió la cuenta.
7
Palma es, a los ojos del arquitecto, una malquerida. Los vecinos contemplan las reformas del Centro Histórico con asombrosa indiferencia. Sucesivos planes urbanísticos han ido desplazando a las familias modestas y han transformado la fisonomía de la ciudad antigua en un conjunto residencial de élite, el escenario de operaciones donde han trasladado sus oficinas D&Z Asociados, los abogados con quienes se ha citado Badía. Sus antiguos compañeros en los jesuitas de Montesión, provienen de una estirpe familiar donde los hombres han hecho carrera en la adjudicatura y las mujeres fueron naturalmente educadas para el matrimonio, los amantes discretos y los mercadillos de caridad.
-¡Ah, eres tú! Te esperaba más tarde -saludó Pablo-. Pasa, los documentos están listos para la firma.
-Veo que ya estáis instalados en el nuevo centro de finanzas, parece cómodo -dijo Badía observando un amplio ventanal desde el que se dominaba el edificio de los nuevos juzgados.
-Y resulta práctico -agregó Pablo señalando asiento y disculpando la ausencia de su socio-. Compartiremos cafetería con jueces, procuradores y fiscales, ¿te parece poco?
-Es funcional -admitió Badía-, ya se sabe, te invito a un café si me ofreces un solar urbanizable.
-Veo por dónde quieres ir, Badía, lo tuyo es la dialéctica. Tú quieres ser un señor con palacete y asistenta pero rodeado de estampas costumbristas.
-Bien, veamos ese contrato.
-¿Sabes cuáles eran hasta hace muy poco las estampas costumbristas en esta parte de la ciudad? Yo te lo diré: los camellos traficando en Plaza de Quadrado y las putas decorando la Puerta de San Antonio.
-Sin olvidar la nobleza, los militares y los conventos, es decir, el patrimonio histórico -puntualizó Badía.
-¡Qué le vamos a hacer! Los mallorquines hemos renunciado a la visión histórica en beneficio de la visión turística -replicó el abogado-, deberías saberlo, tú estabas aquí. Esa mirada de arquitecto cínico te juega malas pasadas, Badía. ¿Hubiera sido más acertado dejar que el abandono, los gitanos y los yonquis pulverizaran definitivamente el centro? La reforma es inteligente, activa el ritmo de la ciudad y atrae un turismo culto que reclama diseño y orden.
-Siendo así, estoy contento, aunque peco de ingenuo, pensaba en una sencilla especulación y resulta que estamos ante el Renacimiento. Me tranquilizas Pablo.
-¡No siguis boig! Firma de una vez los papeles, mal amigo. Por cierto, ¿vendrás esta noche a casa de Pilar? Acaba de llamarme, dice que hay partida con árabes, la cosa promete.
8
"La isla acoge cada año más de doce millones de turistas, posee un aeropuerto internacional con excelentes instalaciones y conserva la patente de ser el destino exótico más civilizado al sur de Europa". Carmen desconectó bruscamente la radio. Detesta la mascarada de la actualidad y el odioso optimismo de los comentaristas. Además, está de mal humor porque ha descubierto que el arquitecto Badía miente. ¿Ha de sorprenderse? En Palma se miente con ganas, más allá de lo imaginable, mucho más allá del ridículo y del absurdo, en tribunas, parques, en la cama y entre los escombros. "Aquí -se dijo Carmen-, hasta los traidores son falsos".
Recordó la conversación, unas horas antes, en un café de la Plaza Santa Eulalia. Fue en la segunda ronda de armagnac cuando preguntó al arquitecto:
-¿Qué os traéis Pablo y tú entre manos?
-No quieras saberlo.
-Sólo me quieres para hablar de chismorreos, beber y llevarme a la cama. ¿En qué consiste ese negocio que tienes con Pablo?
-Bueno, Pablo acaba de vender un hotel a un jeque de Omán. ¿No has leído la prensa?
-Sí. Cuentan que el hotel fue expropiado a una familia y vendido a una compañía financiada por un partido político. Adivina cuál es esa compañía. Conoces la respuesta, yo trabajo en ella. Cuentan que Pablo está haciéndose multimillonario desviando fondos públicos.
-¿No eres tú la que siempre habla de las mentiras de la prensa?
-Cuentan también que Pablo te avala como arquitecto para la reforma -dijo Carmen-, sólo que en este caso la reforma no existe.
-Así es -admitió Badía-, es una excusa para engordar los beneficios.
-¿Cuánto hace que no ejerces de arquitecto?
-Muchos años. Sólo firmo y cobro, a ti no te puedo mentir. Qui paga mana -dijo Badía vaciando su copa-, ¿otro armagnac?
-Ya he bebido suficiente y de pronto he decidido que tengo que irme.
-¿Estás bien?
-Claro, Badía, cómo no, tot va bé. No me acompañes.
Ahora se encontraba en su habitación, muy nerviosa, con un poso de amargura en el corazón y en la garganta. Ha cenado sola, elevando un brindis por un pueblo tan históricamente ebrio como educado en el realismo sucio. Es tarde y ha apagado todas las luces. Su estancia se puebla de reflejos de la ciudad y en sus pensamientos bullen las contradicciones. Por un lado odia a Badía, y por otro se siente más pletórica y enamorada que el primer día en que se acostó con él. No volverá a verlo nunca más.
Es entonces cuando acaricia una fotografía del arquitecto, se masturba y olvida.
9
Las noches de otoño son agradables. Muchas veces, mientras espera un encuentro amoroso con una nueva amante, al arquitecto Badía le gusta caminar a solas por sitios muy feos. Caída la tarde, la sombra del mar sube hasta los viejos cargueros del Moll Vell, que dormitan en la oscuridad como cachalotes vencidos. Existen ciertos rincones así en las ciudades, espacios públicos de una fealdad arrogante y seductora. De hecho -piensa el arquitecto- los hombres han crecido en lugares como éstos durante siglos y parece probable que de este abono orgánico haya germinado el milagro de la nueva civilización.
Se siente animado, aunque no encuentra la auténtica razón. ¿Se debe a la firma del contrato? El tándem de abogados le ha proporcionado otra suma formidable debido no tanto a su talento como a una singular circunstancia: Badía no es partidario de airear asuntos. ¿Hay algo más que deba elevarle el ánimo? Si acaso, una tentadora certeza: tras unos momentos de soledad, caerá rendido, como esos cargueros extenuados, en la serena belleza de su amante. Con ella vive cosas que olvida, episodios sin historia. Es bella, pero no más que eso. Como sucede con algunos cuadros, a su amante le basta con ser contemplada.
Por un momento, la imagen de Carmen -aquel gesto amargo al despedirse- invade su mente. ¿La habrá perdido para siempre? Necesita pensar que todo lo que esa noche le rodea es lo que en realidad quiere para su vida. Quizá por ello espanta su recuerdo de un manotazo, como si fuera una mosca imaginaria.
La lluvia se hace más intensa. Badía saca el gorro impermeable y se abrocha el cuello de la gabardina. En su interior va creciendo el martilleo intermitente de Let´s get lost, aquella oscura invitación de Chet Baker. Definitivamente, una melodía agridulce se ha instalado en su vida, es tan sólo un pequeño rumor, como un amor visto de lejos. ¿Por qué motivo una canción se cuela como el viento en la vegetación de la memoria?
El arquitecto se deja llevar, sacude la cabeza y olvida.