Madre e hijos

 
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EDUARDO JORDÀ Veo a una madre corriendo por la calle hacia una parada de autobús. El autobús está a punto de irse, pero la madre corre con una niña en brazos. A su lado corre su hijo mayor, de unos siete años, al que tiene que coger la mano para cruzar una calle perpendicular que se interpone en su camino. Y lo mejor de todo, lo más incomprensible, lo más desconcertante, es que la madre que lleva una niña en brazos y otro niño en la mano, y que encima grita para evitar que se vaya el autobús, está riendo y no ha dejado de reír en todo el tiempo. Y como la madre se ríe y corre detrás del autobús simulando que todo es un juego, la niña que va en brazos también se ríe, y el hijo mayor se ríe también mientras grita para que el autobús se pare.
Pero el autobús arranca, y la madre y sus hijos no han llegado aún a la parada, faltan diez metros, quizá un poco menos, pero no desisten, y corren más deprisa a pesar del calor y del sol, y gritan, y el niño da saltos y grita, y la madre grita también: "¡Espere, espere!", pero el autobús se va. Hasta que de pronto se oye un frenazo, y el autobús se para, y se abre la puerta, y la madre y sus hijos llegan jadeando a la parada, sudorosos los tres, y se suben al autobús (con la niña en brazos y el bonobús en la boca), y se cierra la puerta y el autobús parte.
¿De qué material está hecha esta madre? ¿Y cómo consigue sonreír mientras corre bajo el sol hacia un autobús, cargada con una niña que quizá pese la mitad de lo que ella pesa? Repaso una lista de materiales con fama de indestructibles. ¿Titanio? ¿Platino iridiado? ¿Plutonio enriquecido? Quizá la solución sea una aleación -si eso es técnicamente posible- de los tres. Esa madre parece así. Ha conseguido parar el autobús. Ha conseguido subirse a tiempo. Y ha hecho sonreír a sus hijos mientras corrían angustiados por la calle. Dejemos que los tontos admiren a los pintores geniales o a los cantantes comprometidos. Yo admiro a esta mujer desconocida que nunca ocupará una página de periódico.
Cuando necesitamos de verdad a alguien -lo dice Philip Roth-, todos quisiéramos tener a nuestra madre a nuestro lado. Habrá excepciones, por descontado, y supongo que un chimpancé o un robot japonés podrían hacer el papel de madre tan bien o mejor que cualquier madre famosa que se nos ocurra (como ésas que dicen, de aeropuerto en aeropuerto, que sólo tienen ganas de ver a sus hijos). Pero en general, una madre de verdad no tiene un sustituto adecuado, ni siquiera el mejor y más entregado de los padres. ¿Qué hombre habría sido capaz de hacer reír a sus hijos mientras corrían hacia el autobús, sin dejar de sonreír ni de gritar: "Espere, espere"? Si lo pensamos bien, me temo que ninguno.

El amor de una madre es uno de los mayores misterios de la naturaleza humana. ¿Qué es lo que impulsa a un ser racional a abandonar todo interés propio y a concentrarse en la criatura molesta y chillona que le exige una dedicación constante durante los primeros dos o tres años de vida? ¿Qué le impulsa a renunciar al descanso y a las distracciones? ¿Y qué clase de vínculo une a la madre con su hijo, un vínculo que perdura más allá de la separación y del tiempo, e incluso más allá de la muerte? Si esa fuerza anímica se pudiera medir, igual que se mide la intensidad de una radiación nuclear, estoy seguro de que el amor de madre sería mucho más poderoso que cualquier arma que hayamos inventado en la edad moderna. Y eso hace que los varones, por mucho que nos empeñemos y por mucho que queramos a nuestros hijos, no podamos ocupar el lugar de una madre. Hay algo -no sé si genético- que nos impide desempeñar el mismo papel. Quizá podamos conseguir que nuestro hijo esté seguro y bien cuidado, pero nunca llegaremos a la misma intensidad de afecto y de entendimiento silencioso. Nunca gritaremos "Espere, espere" mientras corremos bajo el sol. Nunca lograremos que nuestros hijos sonrían mientras corren a nuestro lado. Y lo que es peor, nunca conseguiremos que se pare el autobús.
Aunque no esté de moda decirlo, el amor de madre es una de las mayores causas de cohesión social. Si una madre no está en su sitio cuando su hijo la necesita, ese niño quedará dañado para siempre y podrá convertirse en un tipo peligroso al que todo le importe un bledo. Y si la madre no le da cariño y seguridad, es muy probable que el niño se dedique a tratar a patadas a los demás. Las cosas son así, nos guste o no. Y eso hay que decirlo, aunque suene anticuado o sensiblero. O justamente por ello.

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