ANDREU JAUME
Mallorca, como todas las islas, es un lugar de exilio. Alguien debería escribir algún día una novela sobre la huella que los ostracismos del siglo XX dejaron en estas costas. Siempre se habla de Sand, Chopin y Graves -la santísima trinidad del turismo-, pero nuestra inveterada e idiosincrásica desmemoria ha borrado el paso de muchos otros escritores, científicos y artistas. Es el caso, por ejemplo, del escritor Klaus Mann, que recaló en la isla en la primavera de 1936. Klaus era el primogénito de Thomas Mann y había huido de la Alemania nazi en 1933, cuya política había denunciado con valentía y sin ambages desde el primer minuto, osadía que le valió el honor de pasar a engrosar la lista de "artistas degenerados" en la que Hitler incluía a todos los disidentes del gremio. Fue también el primero de su familia en ser despojado de la nacionalidad alemana. En compañía de su hermana Erika, también escritora -y que en 1935 se había casado por conveniencia con el poeta W. H. Auden para obtener la ciudadanía británica-, vagaba entonces por la Europa todavía incontaminada de fascismo, dedicado al periodismo y a su propia obra literaria. Sentía un vivo interés por España y seguía atentamente la evolución de las tensiones intestinas de la República. En Madrid había conocido a Lorca y Alberti. Y tras una breve estancia en Barcelona, llegó en barco a Mallorca en mayo de 1936. Le acompañaban Erika y una amiga a la que los dos hermanos llamaban "la princesa Miro". Se trataba de Annemarie Schwarzenbach, una joven aristócrata suiza, de inquietante apariencia andrógina, doctora en filosofía, fotógrafa, arqueóloga, novelista e incansable viajera. La primera vez que la vio, Thomas Mann la bautizó como "el ángel devastado", intensamente turbado por su ambigua belleza. Los hermanos Mann y la princesa Miro formaron durante aquellos años de exilio una especie de trío sentimental que se había fundado en el Berlín nocturno y canalla de la crepuscular República de Weimar, donde habían experimentado intensamente con drogas y alcohol y en cuyos teatros se estrenaban algunas de las primeras obras de Klaus. Nostalgie de la boue. Cuando los tres llegan a Mallorca, llevan ya algunos años de disipada errabundia por París, Ámsterdam y Londres. Klaus intenta curarse de su adicción a los estupefacientes. La princesa Miro tiene a menudo un comportamiento neurótico y violento, que contrasta con su físico angelical. "Si usted fuera un hombre", le había dicho Thomas Mann, "podría ser calificado como de extraordinariamente hermoso".
Todos estos detalles quedaron consignados en el diario que llevaba Klaus Mann desde 1931 y que se publicó póstumamente: Tagebücher, 1931-1949, (Rowohlt, 1995), todavía inédito en castellano. Tras un descanso en Palma, los tres dan la vuelta a la isla en barco y deciden instalarse en el lugar que más les había gustado: el Gran Hotel Camp de Mar. La primera entrada mallorquina está fechada el 1 de junio de 1936: "Me gusta estar aquí. No estoy especialmente bien. Abstinencia (por momentos muy fuerte); pero todo aliviado por la compañía (E. F., Miro) y por el mar (cada mañana baño en la playa). El hotel está llevado con mucha clase. La mayoría de los clientes son ingleses. Sin nazis a la vista. Sin embargo, no me deshago de un sentimiento casi físico de dolor en el corazón: nostalgia del pasado, horror ante el futuro; indecible nostalgia de paz, de nada, de disolución. La travesía de Barcelona a Palma. Fuertes mareos, pese al mar tranquilo. Horribles vómitos en la cabina, luego noche verdaderamente horrorosa, con intensas "apariciones" de hachís. Vuelta en barco a la isla. El pomposo, pero mal situado Hotel Formentor. Pero esto es lo más bonito que he visto".
El Gran Hotel Camp de Mar se había inaugurado en 1931 y era propiedad de Francisca Capllonch y su primer marido Vicente Buadas. Hasta su demolición en los años ochenta -hoy usurpa su lugar una horrible mole blanca que parece un frenopático-, fue uno de los establecimientos más civilizados del Mediterráneo y conservó siempre, gracias al gusto y la profesionalidad de los dueños, el sofisticado y genuino aire de los años treinta, con una elegancia sobria y natural, nada pomposa. En la década de los cincuenta y de los sesenta -ya con Juan Enseñat al lado de Francisca Capllonch en el puente de mando- hospedó a Ava Gardner, Gary Cooper o el Sha de Persia. Los Mann y Annemarie Schwarzenbach se quedaron quince días en el hotel, cautivados por la luminosa espectralidad de esa bahía abrazada por dos cabos simétricos y transida de una elevación ancestral, helénica. Se dedicaron a pasear, leer, beber y escribir cartas, según la consabida liturgia de esa tardía belle-époque. Las anotaciones del novelista alemán son escuetas, epigramáticas, elípticas; conservan la desnuda naturalidad de la escritura diarística necesaria, según pedía Rilke, en contra de la impostura. Hay unas cuatro páginas dedicadas al hospedaje en el hotel, varias entradas en las que Mann esconde más de lo que dice y donde fluye una vigorosa corriente narrativa subterránea: "Grandes veladas con ese extraño conde Treuberg. Su esnobismo. Su curiosamente apasionada actitud anti-Hitler. Sus algo fantásticas combinaciones sobre el IV Reich (Monarquía del Danubio, etc.) Ayer (domingo de Pentecostés): visita de Schlüter. (Ha pasado la noche aquí. Me gusta mucho, siento que tengo una buena amistad con él. He hablado largo con él de Wolfgang y las circunstancias de su muerte". Probablemente se refiere a Wolfgang Hellmert, un poeta oscuro y escaso que había muerto en París hacía dos años, víctima de la morfina, la droga de su generación. La morfina, adorable y perniciosa, en palabras de Mann. Comenta luego sus lecturas: Weiss y Mauriac y, de pronto, un repentino ramalazo de sensualidad: "Aquí hay un chico muy guapo, con hermosos ojos oscuros, se parece al joven Joseph. Me gusta mirarlo, pero sexualmente estoy bastante apático, como siempre en este maldito estado de desintoxicación". La noche del cuatro de junio les lee a Erika, Miro y otros amigos un capítulo de su nueva novela. Seguramente se trata de Der Vulkan (El Volcán), la novela sobre los exiliados que se publicaría en 1939 y en la que perdura el recuerdo de Mallorca, aunque ya enturbiado por la guerra civil: "Mallorca, la más pacífica de las islas, pequeño paraíso sin preocupaciones, estancia ideal para los sensibles. ¡Quedémonos aquí, construyamos cabañas, alquilemos una villa, al menos una habitación de hotel para el resto del año! Cualquier cosa menos irse de aquí (...) ¿Pero no acabamos de oír un sonido oscuramente trepidante? ¿No han cubierto nubes amenazantes este cielo azul otrora ejemplar? Ay, Mallorca, ¿qué ha pasado contigo? Los pájaros negros que se acercan desde el mar traen perdición. En las villas y en las playas uno se ve forzado a admitirlo, como en las estrechas callejuelas de Palma: son bombarderos, fabricados en Italia y manejados por pilotos italianos. Se ha abierto el infierno. Mil diablos se presentan en los elegantes uniformes de fascistas romanos (...) El obispo de Palma encuentra todo esto cristiano, bendice a los asesinos y reza en público por la salvación de sus almas. Mujeres violadas, niños maltratados, hombres despedazados. El mar que separa nuestra pacífica isla de la península parece teñido de sangre".
Pero todo esto todavía no ha ocurrido y está aún por escribir. En junio de 1936 nada hace sospechar que tan sólo falta algo más de un mes para que estalle la guerra: "Muy hermosa noche de luna. Luz blanca sobre el agua. La masa negra de los cabos agudamente perfilados contra el cielo más claro". Por la noche llega la hora de las ideologías: "Tras la cena: larga velada con E. y Treuberg: gran política. La fundación de un nuevo partido ("Reunión de fuerzas": para Alemania). Mis dudas. Defiendo a los comunistas". El verano avanza y las noches se adensan y se cargan. El 7 de junio hay una cocktail-party en el hotel, muy regada. "A una inglesa rubia le gusta Miro y le regala una pitillera dorada. Más tarde, cenando en el comedor, los pesados, bastante malos excesos de Miro: se hunde inconsciente en la mesa -cabellos en las espinacas-, vomita, da manotazos a su alrededor, tenemos que llevarla a su habitación". Hasta que llega el día de la partida: "El último día en Camp de Mar. Despedida del conde. ¿Nos volveremos a ver?".
Hay algo en todo esto: los tres amigos exiliados, siempre al borde del abismo, ignorantes de su condena, como el resto de clientes del hotel, ociosos bajo el sol tibio del verano último e incipiente. Es lo que los ingleses llaman impending doom, esa sensación de fatalidad contenida, el golpe de calma antes de la tormenta. Faltan apenas tres años para que empiece la Segunda Guerra Mundial, un mes para la guerra civil. Resuenan todavía los días de la República de Weimar mientras en Mallorca agoniza la Segunda República y Klaus Mann trata de conjurar en esas páginas de su diario todos los demonios de su vida: el deseo y la muerte, la expatriación, la relación difícil con la literatura, el calor latente del suicidio, como un perro enfermo al pie de la cama, la presencia especular de la princesa Miro -el reflejo quizá de su propia sentimentalidad- , la apoteosis de las ideologías, el veneno del nacionalismo y, sobre todo, Europa, esa idea de Occidente como legado humanístico y moral que quiso asumir hasta las últimas consecuencias y que probablemente le costó la vida. En esos días de junio anida una boca de sombra. Klaus Mann se suicidó en Cannes en 1949.
(*) Editor