GUSTAVO CATALÁN
Todos nosotros, por lo menos todos cuantos pagamos impuestos en estas fechas, formamos parte de este colectivo que emplea a políticos y funcionarios; que en el primer caso los elige y en ambas condiciones corre con sus sueldos. Unos patronos de manga ancha por la confianza que les otorgamos y así nos va, demasiadas veces.
Como empleadores somos un desastre, porque convendrán que quien costea los salarios no lo hace a humo de pajas e incluso los mecenas esperan contrapartidas. Puede ser, y no es poco, el disfrute de la belleza, pero la mayoría de quienes pagan, más prosaicos, buscan beneficios en euros contantes o en especie, solución a los problemas de la empresa, eficacia, bienestar o lo que quieran; cualquier cosa excepto que sus asalariados, con la primera nómina en el bolsillo, dediquen el tiempo a putear al patrón y sus habilidades en ponerle la vida cuesta arriba. No hay financiero al que se le suban a las barbas de este modo y que lleve años escuchando protestas de fidelidad y dedicación mientras se reúnen de tapadillo, a sus espaldas, para hacerle la cama. Que sea a conciencia o por inercia me importa poco, y he concluido que una democracia delegada, sin ojo del amo -nuestro ojo; ¡qué otro si no!- que vele, no pasa de empresa masoquista.
Empleados que debieran ser modélicos, sin controles horarios, con emolumentos sustanciosos? Un chollo de trabajo y, ¿cómo responden? Algunos sisan, los más van a su bola, nos amañan las cuentas de resultados y es imposible saber lo que planean en sus cenáculos -que pueden cargar a nuestra cuenta- hasta que viene la puñalada trapera, siempre de autoría difusa por miedo al despido, su leiv motiv por el tiempo que pierden en evitarlo o recuperar el momio en vez de estar a lo que deberían, que para eso pagamos. ¿Las cartas boca arriba? Empeño vano: todo serán subterfugios, palabras hueras y lugares comunes que pueden esconder aviesas decisiones, desde arbitrios sin cuento a prohibiciones preventivas o reajustes y gravámenes a los paganos de siempre. Es algo parecido a lo que ocurre con las compañías de seguros: todo facilidades y almíbar hasta que surge el primer accidente y ahí se jodió el amor que nos juramos.
Dicen que el problema radica en que somos demasiados los que pagamos a escote, aunque de ser menos tocaríamos a más y santas pascuas, pero bueno: de acuerdo en que sea imprescindible la regulación y que no pueda hilarse tan fino como para adaptar la norma a cada matiz, pero el atosigamiento colectivo tampoco me parece lo propio, ni andar aguijoneando día tras día a quien les da de comer y les mantiene el ego por las nubes. Es que estoy -podría decir "estamos" sin exagerar- de colas, controles, multas, emplazamientos, obras intempestivas, impresos por duplicado, evasivas, esperas porque el interlocutor está berenant, plazos y caducidades? ¿por dónde iba? ¡Ah, sí!: por el IVA, la ITV, la ORA? Estoy por listar en tres columnas horas perdidas, prepotencias y abusos varios, e irme al defensor de algo -también empleado mío- por si consigo, ya que no un reembolso, cuando menos una explicación convincente, porque para cada cuestión se me ocurre una opción más barata, más cómoda o menos humillante si se trata de soplar en cualquier cruce o pasar sin zapatos ni cinturón porque algunos de mis asalariados lo estiman necesario (¡necios!) o sus sicarios hayan descubierto un modo de asegurarse el futuro del colectivo, que lo he oído: "Tú ponlo al máximo. Y sin prisas".
Hace pocos meses argumentaba contra las cámaras para controlar el tráfico en el casco antiguo y tengo que preguntar en qué acabó el proyecto, aunque para ejemplos del desprecio que manifiestan hacia quienes debiéramos ser el objeto de sus desvelos, basta con descolgar el teléfono, tomar un avión o modificar el cuarto de baño que también precisa de licencia, según me aseguran. Que por ser tantos convenga rotar en los aparcamientos públicos puedo entenderlo; menos que en zonas donde otrora podías estacionar para comprar el periódico se coloquen pilones que no benefician a nadie, y no les digo en cuanto los servicios públicos se ceden a terceros, porque entonces eso de ser muchos no estimula la regulación sino el descarado negocio. No hay chupópteros más voraces que los subcontratados por nuestros servidores; ésos que contestan al teléfono desde Marruecos, te endosan la propiedad del contador cuando toca una reparación, estrechan las filas de asientos en los aviones y utilizan las hojas de reclamación para su higiene íntima, así que pronto nos obligarán a escribirlas en papel de seda para evitar erosiones en sus esfínteres. Al tiempo.
Fíjense a qué extremos habrá llegado el sarpullido, que estoy por despedirlos a todos y declarar, en lo que a mí respecta, una suspensión de pagos a lo Grande. ¿Se apuntarían? Antes me habría dado como miedo, pero visto lo visto?