Cuando la tradición sonríe

 
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GUSTAVO CATALÁN Las tradiciones son tema complejo y nunca se me habría ocurrido picotear en tal sembrado de no ocurrir lo que mencionaré al final. Sé que con prejuicios y generalizaciones como las que expondré no se va a ninguna parte, pero qué quieren, y es tan extendido el discurrir sesgado por los apriorismos, que tampoco se van a escandalizar, supongo.
Tradiciones es lo que repiten sucesivas generaciones: costumbres, ritos y cosas así. Por inercia unas veces y otras por la manifiesta utilidad como elemento de cohesión social; tradiciones a falta de mejores consensos, por no molestar ni molestarse, ante la duda o para evitarla, y es que las pautas preestablecidas ejercen el efecto de una píldora antiestrés, aunque demasiadas veces encorseten y funcionen como anteojeras. "Mejor frecuentar el futuro que el pasado", le aconsejaba Cardoso al protagonista en aquella deliciosa novela de Tabucchi, Sostiene Pereira, y no está mal como frase, aunque del futuro sepamos más bien nada y el pasado sea tan solo engañosa memoria. Además, aferrarse al pasado equivale a no arriesgar, a darse por muerto para no morir, o sea: conservadurismo del peor. Si me apuran le quitamos hierro a la afirmación, aunque convendrán en que los tradicionalistas apelan sobre todo a tradiciones gloriosas, escasas, y silencian las inicuas o manifiestamente mejorables, seguramente muchas más.
Así venía yo pensando, como muchos de mis quintas, hasta anteayer. Al rebufo de un mayo del sesenta y ocho que acaba de ser conmemorado para concluir que fue más el ruido que las nueces y que tampoco se convertirá en tradición gloriosa, de modo que también escéptico respecto a "Dany el rojo", el enfant terrible de aquel lejano mayo, e incluso en lo referente a Shakespeare y su exhortación: "Si vivimos, es para marchar sobre la cabeza de los reyes" (con perdón, que por hablar de reyes con ligereza te pueden empapelar). En resumen, que los futuros y pasados gloriosos, con pinzas ambos, aunque una cosa sea la incredulidad y otra distinta caer en brazos del carlismo o la iglesia, por ejemplificar organizaciones devotas de pasados y tradiciones que mejor estarían tras un velo.
No obstante, la madurez te impele a mirar atrás, siquiera por añoranza de aquellos tiempos en que las articulaciones, de tan obedientes, ni se notaban. En ese seguidismo del pasado, parecido al espíritu tradicionalista, alienta la nostalgia por lo que funcionaba, sean las piernas para unos, la unidad patria para otros o, para los señoritos, la sumisión de una mayoría tan puteada como silenciosa, y uno, sin nada mejor que hacer (quienes tienen hipotecas pendientes o el estomago vacío andan en otras prioridades), se da en cavilar si acaso no habrá mejores tradiciones para su adopción.

Aventar el grano de la paja, vaya, porque todos no serán inventos para la manipulación, varas de medir a conveniencia o meras estupideces como la tradicional afirmación post-electoral de los tertulianos: "El pueblo sabe lo que vota porque es listo". A saber tú, porque pueblo es ése de allá y aquel otro que votó justo lo contrario, pero no pienso irme por las ramas, y si es cierto que una onza de inercia vale más que un celemín de sabiduría (Zenón, en "Opus Nigrum", respecto a las tradiciones que desprecio, aunque el hombre no estuviera pensando en ellas), no lo es menos que, con tantas donde elegir, alguna habrá digna de consideración, máxime en estos tiempos de globalización que traen a la puerta de casa tradiciones y costumbres ancestrales de lo más variopinto y así, haga uno lo que haga, tiene la seguridad de hallarse en sintonía, aunque no sepa exactamente con quién.
Es lo que he dado en llamar "ensamblaje aleatorio": de los chinos tomo esto y de los islandeses esto otro. Tradicional para unos, innovador para otros y ni moro ni cristiano. En esas estaba cuando este postmodernismo mío -o digresión de escaso interés si lo prefieren-, se ha visto enfrentado a un hecho que da al traste con lo sostenido hasta aquí, dando razón a quienes opinan que no por tanto escribir -pajas mentales lo llaman- amanece más temprano. El caso es que ha nacido mi primer nieto, lo que de por sí tiene su miga. Pero resulta, además, que han decidido llamarle Gustau (Gustavo, como yo, en la traducción). Ignoro cuánto habrá pesado el gusto por el nombre y cuánto la tradición pero, en tal caso, bienvenida.
Los más progres de entre los orientales afirman que los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres y hace unos días habría coincidido en esa creencia, pero hoy no estoy por la labor: a sus padres y, todavía mejor -aunque no lo diría en su presencia-: a su abuelo, ya que va a llamarse igual. Y me da lo mismo si he cambiado el digo por el Diego. Mejor dicho: por el Gustau. ¡Qué cosas!

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