Elemento supositorio

 
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EDUARDO JORDÀ "El elemento supositorio". Eso fue lo primero que se me vino a la mente cuando leí hace unos días que había muerto el profesor Sebastià Trias Mercant. Estábamos en clase de Filosofía, en Son Malferit, y don Sebastià (hay personas a las que sólo se las puede llamar con un "don") estaba explicando la filosofía de Santo Tomás. Eran tiempos de intoxicaciones marxistas y de delirios psicotrópicos (si es que había alguna diferencia entre unas y otros), pero don Sebastià se había empeñado en que aquellos jóvenes que escuchábamos rock y nos vestíamos como pordioseros apreciáramos la potencia intelectual de la filosofía tomista. Es posible que don Sebastià no fuera un tomista en sentido estricto, pero admiraba la sutileza conceptual y la capacidad de razonamiento de aquella apisonadora intelectual que fue Santo Tomás de Aquino.
Y en un momento dado, cuando don Sebastià se había embarcado en una disquisición sobre los argumentos con que Santo Tomás justificaba la existencia de Dios, remató su frase con esta conclusión: "Esto, claro está, sólo se puede entender si usamos el elemento supositorio". Y entonces se calló y miró al techo del aula, agotado por el tiempo que llevaba hablando. Hubo un silencio incómodo entre los estudiantes. Empezaron a oírse risitas. "Por vía anal, claro", musitó uno de nosotros (no descarto que fuera yo mismo). Don Sebastià nos miró con los ojos abiertos de par en par, como si acabara de salir del aula de la Sorbona donde enseñaba Santo Tomás (al que sus alumnos apodaban el Buey Mudo, porque estaba muy gordo y era de carácter taciturno) y de pronto se hubiera encontrado en una pocilga repleta de dementes. Don Sebastià era todo lo contrario de Santo Tomás: un hombre alto, delgado, más bien locuaz. Pero estaba tan embebido en sus ideas que no se le había ocurrido el doble sentido de la palabra "supositorio". Su rigor conceptual no le permitía dar saltos en el vacío. Nosotros, por supuesto, vivíamos columpiándonos en las piruetas verbales.
Don Sebastià Trias era un modelo de rigor intelectual. Su sintaxis era impecable, y podía construir frases larguísimas que iba esculpiendo en el aire, intercalando subjuntivos e incisos explicatorios y más y más frases subordinadas, que enriquecían su argumentación sin perder en ningún momento la claridad expositiva ni la eufonía de la dicción (Santo Tomás, imagino, debía de hablar así). No sé si alguien grabó las clases del profesor Trias, pero sería una maravilla poder oírlo en estos tiempos de barbarie sintáctica, cuando una ministra de Igualdad Igualitaria -o de lo que sea- se permite referirse a las "miembras" de una comisión (supongo que la ministra, o lo que sea, estaría utilizando el elemento supositorio, y por vía anal, claro).

George Orwell escribió en "Los principios de la neolengua" (que incluyó como apéndice de "1984") el que quizá sea el mejor ensayo político del siglo XX. Orwell sabía que el control del lenguaje significaba el control del pensamiento o incluso su aniquilación. Sin un lenguaje rico que pueda articularse mediante una sintaxis compleja, es imposible no sólo el pensamiento abstracto, sino la simple posibilidad de albergar una sola idea propia. Por eso el Gran Hermano de "1984" necesitaba imponer un lenguaje nuevo, la "neolengua", que estaba concebida para hacer imposible cualquier clase de pensamiento que se apartara del pensamiento oficial. La neolengua, que abusaba de los acrónimos y de los neologismos, no pretendía "ampliar, sino restringir el alcance del pensamiento, y para ello se había propuesto reducir el número de palabras al mínimo".

No hace falta ser muy listo para saber que el lenguaje políticamente correcto es la "neolengua" oficial de esta sociedad. Cuando alguien confunde por sistema género gramatical con diferenciación sexual, y dice tan pancho "los vascos y las vascas", "los ciudadanos y las ciudadanas", "els catalans i les catalanes", "els mallorquins i les mallorquines", lo que está haciendo -aunque esté convencido de lo contrario- es restringir el ámbito del pensamiento en vez de ampliarlo. La palabrería, en este caso, cumple la función que en la "neolengua" ejercían las supresiones y los acrónimos. Le guste o no, esa persona está evitando los elementos supositorios porque se conforma con la vía anal. Qué falta nos hacen los profesores como don Sebastià Trias.

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