La herencia fantasma

 
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JOSÉ CARLOS LLOP La presencia de los felices veinte en Mallorca apenas dejó huella. Es un paréntesis extraño, con personajes que aparecen en las novelas de Villalonga pululando por Génova y El Terreno y que la Guerra Civil borró del mapa y fumigó después. Como si no hubiera sucedido. Pero donde esa presencia se hizo realidad contemporánea fue en Pollença y tuvo apellidos argentinos. Me refiero a Adan Diehl -fundador del Hotel Formentor- y a Roberto Raumagé -propietario y modernizador de Sa Fortalesa-. Por eso no es extraño -el azar tiene unas reglas más complejas que las del bridge- que esta semana se haya hablado del Hotel Formentor y de Sa Fortalesa y a eso volveré después. Antes, la huella argentina y lo que hay detrás de ella: el afincamiento insular del pintor catalán Anglada-Camarasa a su vuelta de París. Fue allí en París donde su pintura, muy de cóctel a las siete y sleeping-car de madrugada, muy de joyas submarinas y femmes fatales con aficiones equívocas, cautivó a los millonarios argentinos, que le encargaban retratos y compraban paisajes que a veces se asoman en la última pintura de Barceló. Pero Anglada no sólo cautivó a los millonarios, sino también a los pintores. Tras su rastro se afincaron en Mallorca Cittadini, Bernareggi, Montenegro -si es que Montenegro era argentino, que ahora no recuerdo- y otros. Entre esos otros, ricos argentinos con vocación artística, también vinieron los citados Diehl -que compró la península de Formentor a la familia de Costa i Llobera, se dice que por quinientas mil pesetas- y Ramaugé, hijo de un médico bonaerense, y pintor muy a lo Anglada, con el que había coincidido en París.
Del Hotel Formentor se sabe y se ha escrito y ha ocurrido en él todo lo que sabemos -que sabemos mucho- y más. Siempre he sostenido que fue en sus aguas donde el Príncipe de Gales hizo suya a la futura duquesa de Windsor -aunque más acertado sería decir que fue ahí donde Wallis Simpson hizo suyo al príncipe Eduardo- y la lista de sus clientes, de Paul Morand a Winston Churchill, es tan impresionante como inacabable y más de andar por casa, un punto hortera incluso, hacia el final con, eso sí, un glorioso paréntesis literario. A finales de los 50, Cela convenció al hotelero Buadas y relanzó el nombre de Formentor de la mano de la literatura: desde Borges -que fue descubierto internacionalmente con el Premio Formentor- al famoso poema de Gil de Biedma, ya saben: ´y yo pedí,/ grité que por favor que no volviéramos/ nunca, nunca jamás a casa´. Sólo por eso, el Hotel Formentor es más que Historia. Sa Fortalesa no tuvo esa suerte. Convertida por Ramaugé en una espléndida mansión a lo Citizen Kane, el escultor José de Creeft se encargó de decorar sus jardines con un bestiario de piedra tallada estilo art-déco que fue expoliado con el tiempo y el abandono. Los jardines de Sa Fortalesa fueron los jardines de nuestro Bomarzo particular y moderno. La casa -un Manderley cosmopolita con ecos de jazz y fox-trot- el experimento truncado de una Mallorca que pudo ser y no llegó a ser nunca jamás, porque se ha acabado confundiendo aquel cosmopolitismo de entonces con el dinero de hoy. Y nada que ver, caballeros.
Esta semana, ya dije, se ha hablado en la prensa del Hotel Formentor y de Sa Fortalesa. Del primero, por la intención de sus nuevos propietarios -la cadena Barceló- de recuperar los Premios Internacionales Formentor junto con el Govern y de la mano del escritor mexicano Carlos Fuentes, cuya Zona Sagrada fue una de mis novelas favoritas de juventud. De la segunda -siempre la cenicienta del cuento- porque está en venta y es ´la propiedad más cara de España´. Como si eso fuera un valor. Resulta obvio que lo será para la mayor parte de gente, que sólo entiende ya del patrón dinero. Pero ese eslógan es una horterada que simboliza lo que va de entonces a acá en la isla. Después de haber parido a Ramón Llull queda claro que Mallorca tenía que encontrar la piedra filosofal: está bajo nuestros pies, como sabemos desde hace décadas. Ahora hemos tenido el dudoso gusto de convertir Sa Fortalesa de Ramaugé y De Creeft -lo que queda de su sueño de los felices veinte- en ´la propiedad más cara de España´. Para muchos estamos de enhorabuena, pero yo sigo dándonos el pésame: las veces que haga falta.

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