CARLOS SAMBRICIO
Los dos grandes temas que caracterizaron la ciudad europea del siglo XX fueron la definición de un nuevo tipo de vivienda y la voluntad por definir una política de gestión urbana. Durante el XIX, el tipo de vivienda definido por la burguesía para su uso chocaba radicalmente con el definido para las clases obreras, cuando en un único espacio de poco más de 20 m2 la familia debía no sólo cocinar, vivir el cotidiano y, en una palangana, asearse sino que -como denunciaran los higienistas de la época- en dos jergones dormían hacinadas hasta nueve personas.
La modernidad se inicia cuando baño, dormitorio, cocina y estar aparecen como espacios diferenciados. Y cuando, en torno a 1920, aprovechando la bonanza económica que supuso la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial (lo que supuso la creación de nuevas fábricas y, en consecuencia, una fuerte migración a las principales ciudades) se produce un más que significativo incremento en el precio de los materiales de la construcción (algunos de ellos en sólo 10 años, llegaron a multiplicarse por cinco), la consecuencia es que -buscando abaratar costes- se plantea una triple preocupación: simplificar el lenguaje arquitectónico; racionalizar el interior de las viviendas y, por último, normalizar y estandarizar el proceso constructivo.
A lo largo del siglo se debatieron las dimensiones y características que debían cumplir las cocinas, baños, dormitorios y "estares": poco a poco el "espacio mínimo" se fue perfilando y, reflejo de cada momento, fueron las llamadas "casas baratas", "viviendas mínimas", "ultrabaratas", "protegidas", "bonificables", "renta limitada", "reducida"? Cierto que las principales capitales españolas vivieron, durante el primer tercio del siglo, apasionados debates y polémicas sobre el tema, del mismo modo que conocieron también singulares aportaciones; pero es igualmente cierto que otras capitales (Palma, por ejemplo) al no haberse industrializado (al no sufrir un significativo crecimiento demográfico) mantuvieron una forma de vida que sólo cambiaría en torno a los años 50, con la llegada de la primera emigración...
En 1956, y en el marco del Plan Nacional de Vivienda, se construyó en Palma, el Grupo "Generalísimo Franco" -conocido popularmente como "Corea"- compuesto por 568 viviendas. Proyectado al poco de haberse firmado el Pacto Americano (ejemplo estas viviendas de modernidad, por eso recibieron -como sucedió con otras construidas en esos mismos años en distintas ciudades españolas- tal nombre) por vez primera aparecía en la ciudad el reflejo de lo que había sido el debate europeo sobre la modernidad arquitectónica, reflejándose en tres aspectos bien concretos: se abandonaba la solución de manzana cerrada optando en su lugar por el bloque abierto, lo que suponía definir unos espacios interiores en la barriada que podían convertirse en privativas zonas verdes; en segundo lugar, aparecía una nueva forma de organizar la vivienda porque, al suprimirse los tradicionales pasillos, las reducidas dimensiones del distribuidor permitían definir unas zonas de vida y unas zonas de servicio perfectamente comunicadas; por último, el abandono -impuesto, ciertamente, por las necesidades económicas- de la ornamentación en fachada, mostraba a la ciudad decimonónica cual era la primera imagen de modernidad.
Cierto que hoy el conjunto muestra una imagen que quizá desilusione a quien no sepa ver cuál será su realidad tras su rehabilitación integral. Y frente a quienes piden su eliminación quisiera recordar tanto a quienes (sin duda desde la buena fe y la mejor intención) aceptaron sustituir los excepcionales retablos barrocos por una imaginería cuya única virtud era que el halo de santidad aparecía iluminado por novedosas lamparillas eléctricas, del mismo modo que hubo muchos que vendieron (mal) los muebles y enseres que hoy vemos en los anticuarios, sustituyéndolos por "modernos" muebles de formica, como quienes por dos perras dieron salida a una hoy más que valorada cerámica para conseguir, aquellos vasos irrompibles de Duralex. Forzar la desaparición del conjunto supondría empobrecer la historia urbana de Palma, máxime cuando las actuales tendencias de la rehabilitación no buscan recuperar la miseria del pasado y si, por el contrario, aprovechar materiales y técnica para conseguir, con una mejor distribución, una vivienda más digna.
El grupo ´Generalísimo Franco´ es parte indiscutible de la historia de Palma tanto como el barrio construido en Barcelona con motivo del Congreso Eucarístico de 1953 refleja una primera modernidad o la barriada experimental de Villaverde en Madrid, testimonia el momento en que una arquitectura abandonó el monumentalismo herreriano y optó por seguir las pautas que, en aquellos momentos marcaban la reconstrucción europea. O, dicho de otra forma, el momento en que Palma se asomó -por vez primera- a nuestra contemporaneidad.
(*) Catedrático de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo en la ETS Arquitectura de Madrid