entrevista. Educación. Disciplina y prevención en los colegios
Desde 1999, diversos programas han facilitado la implantación en Mallorca del llamado policía tutor, un agente municipal que trata de prevenir y mediar en problemas escolares diferentes a los que muestra el encerado. Evitar el absentismo, el consumo y la venta de droga o la violencia son algunas de sus funciones. Otras, más agradables, incluyen el consejo, la charla, la mirada amiga. Hemos hablado con varios de ellos y con los docentes. Todos valoran el servicio.
C. CANALS. PALMA.
En los alrededores del instituto Francesc de Borja Moll se forman los habituales corrillos adolescentes; de alguno de ellos parte el olor acre característico del choco de baja calidad. Es viernes y hora de salida para el fin de semana. Entro en el centro para reunirme con la jefa de estudios, Mercedes Lafuente. Ha de contarme cómo es el trato con su policía tutor, que a esa hora debe vigilar el tráfico en los colegios vecinos y no puede, en consecuencia, prestar atención a los fumadores. Competen a la Policía Nacional.
Debo esperar en la antesala, pues la docente está lidiando con dos muchachas que han robado el teléfono móvil a una tercera. Antes de que pueda llegar a hablar con la profesora, la guarda jurada del centro trae a cuatro chicos más, de unos catorce años. Al parecer, han estado apedreando a los obreros de un tajo vecino, aunque ellos lo niegan con risas nerviosas. Aún antes de que me vaya, llegarán otras dos adolescentes que necesitan atención urgente.
La responsable de estudios confirma lo que me ha adelantado la vigilante: esta tendencia es habitual entre semana y aumenta los viernes. Los casos se repiten: hurtos o robos, peleas por un novio perdido o por las palabras de un correveidile.
Sin embargo, en raras ocasiones se llama al policía tutor que vigila el polígano, como lo llaman algunos alumnos. De hecho, tampoco van a hacerlo en este caso.
Pero cuando la situación es grave o el alumno no acepta la disciplina del centro, se recurre a un agente, como bien sabe Jaume L., tutor de la vecina zona de Llevant. Desde el instituto de Son Rullan suelen marcar su número de teléfono una o dos veces a la semana. "En general, me llaman por problemas de comportamiento o de absentismo escolar", dice. Conoce bien a los elementos de distorsión. "Son tres o cuatro alumnos, siempre los mismos".
Los protocolos son claros e invariables en caso de absentismo de menores en edad escolar: identificar al alumno y acompañarlo al centro, además de avisar a padres y servicios sociales. Claro que, en otras zonas, los márgenes de confianza son mayores. Miquel Àngel L. vigila desde hace seis años el barrio de Son Armadans y no se inmuta cuando, a las once de la mañana, un joven sale del domicilio y camina tranquilamente ante nosotros. "Lo conozco", responde a mi pregunta muda: "De hecho, conozco a casi todos los alumnos de mi zona. A esta hora va hacia el colegio." Efectivamente, a los pocos segundos el alumno atraviesa las puertas del elegante colegio francés.
El profesor Greco dirige desde hace poco ese centro privado y agradece que Miquel Àngel venga a visitarlo una vez a la semana, aunque la obligación es hacerlo quincenalmente. Pero en este barrio raramente se le pide al policía una intervención como mediador. El problema parece ser que "la puerta de la escuela da directamente a la calle, de veredas estrechas y tráfico abundante; no siempre la gente respeta nuestra entrada", sonríe educadamente el director, que agradece la "presencia" disuasoria del agente.
Ordenar el tráfico en la entrada y la salida de las clases es también la función principal que reconoce Juanjo C., asignado al vecino barrio de Son Espanyolet. Otro centro privado, San Cayetano, dispone allí de vigilante jurado, aunque por razones notablemente diferentes a las que me ha explicado Mercedes Lafuente en el polígono de Llevant. El subdirector del colegio, Javier del Valle, me explica que -mucho antes de que se instaurara la figura del policía tutor- hubo que recurrir a él para evitar que jóvenes "de fuera" entraran y pudieran robar alguna de las motos estacionadas por los alumnos en el patio trasero.
Sin embargo, todos celebran la presencia del agente. "Ha sido una medida muy eficaz y tranquilizadora", resume Del Valle, coincidiendo con los demás docentes consultados. Macu, secretaria del colegio Santa Maria, también recibe con agrado la visita semanal de Miquel Àngel, aunque éste no ha tenido que intervenir desde que un grupo de jóvenes usó las escaleras vecinas como fumadero. Una sana competencia entre la Policía Local y la Nacional acabó con este problema rápidamente. Y Maria Pizà, directora de la cooperativa Mata de Jonc, cuenta más con Juanjo para que ofrezca charlas preventivas que para ordenar los actos de vandalismo que alguna vez ha sufrido este colegio palmesano.
Los policías coinciden en valorar su trabajo por gratificante, del mismo modo que los docentes agradecen la vigilancia de un agente que se presenta como "amigo" de los jóvenes sin perder por ello autoridad, algo que muchos reconocen envidiar.
Pero los profesores agradecen -sobre todo- la tranquilidad de saber que, en el tablón de anuncios, hay un nombre y un número de teléfono que va a responder cuando finalmente sea necesario gritar: "Agente, ¡llévese a este niño!".