C.C. PALMA.
Son unos blandos: la adversidad vapulea a nuestros adolescentes y el esfuerzo los horroriza, aunque los pedagogos y los psicólogos lo vistan de otras palabras. "Estamos creando una generación que no tolera la frustración, que acepta poco el fracaso, el suspenso o el castigo", diagnostica el director del Instituto para la Convivencia Escolar, Alfonso Rodríguez. "Valoran poco el esfuerzo", resume.
Se juntan en las aulas, pues, jóvenes de clase, procedencia y estructura familiar diversas, que ven con espanto cualquier disciplina y que a la vez se saben obligados a permanecer en esta circunstancia hasta los 16 años. A estos, aun se añade un número creciente de alumnos que se incorporan tarde al curso y ven a sus compañeros con desconfianza o abierto temor. La violencia late bajo los muros del colegio, aunque Rodríguez subraya que el centro educativo no es más que un "pálido reflejo del exterior".
En esta circunstancia, poco ha de extrañar que el mayor número de acciones realizadas por los policías tutores en los centros corresponda a cuestiones relacionadas con la seguridad del centro o los alumnos -incluyendo aquí el acoso escolar, el bullying-, según confirma este órgano municipal; también esta es la primera razón por la que los centros llaman a su policía tutor.
Esta tendencia violenta se acompaña también con drogas; su venta -aunque más todo su consumo, que no se tolera en menores- es la siguiente causa de requerimiento en los centros.
Se da la aparente paradoja de que los colegios solicitan más servicios por consumo o venta de droga que por absentismo o por acoso. La razón estriba en la mayor facilidad con la que los docentes detectan a personas extrañas en la proximidad del colegio; pero también porque a las horas de entrada y salida el tutor debe vigilar el tráfico rodado. Sólo luego puede hacer una ronda para localizar otra suerte de tráfico. En cualquier caso, la Policía Local recuerda que las competencias en esta materia corresponden a la Policía Nacional.
A pesar de lo expuesto hasta ahora, los docentes consultados para este artículo coinciden en apreciar una estabilidad o aun una disminución en el número de incidencias que afectan a la convivencia escolar durante los últimos cuatro o cinco años. Sin embargo, no coinciden en las razones y las causas; y menos aún en el remedio.
"Lo que ha aumentado más es la pequeña disrupción en el centro", explica Rodríguez: las carreras en los pasillos, las voces en clase, las risas que interrumpen la actividad docente son algunos de estos problemas. Esta situación se considera "normal en una población que convive 35 horas semanales".
Sin embargo, la mayoría de los profesores consultados entiende que la tendencia a la baja se debe claramente a la "disciplina" impuesta sobre los alumnos. "No les pasamos ni una", resume sonriendo una responsable.
La postura de los dirigentes actuales coincide parcialmente con algunas de las recetas lanzadas desde los partidos políticos conservadores, que reclaman mayor autoridad para los docentes, además de la recuperación de una cultura del esfuerzo.
Sin embargo, los políticos y los pedagogos recelan de una aplicación que puede suponer la ratificación y la legitimación de dos redes escolares de diferente categoría.
Rodríguez aboga por extender la "cultura de la prevención" a través de la mediación que ofrecen agentes como los mismos policías tutores. Además, recomienda potenciar las habilidades sociales de los alumnos. Sin embargo, dice saber que "siempre hace más ruido un árbol al caer que un bosque al crecer".