Javier Pérez, artista. ´La libertad es el principio de todo y por ello no hago concesiones al mercado´
Entre "lo bello y lo siniestro", lo frágil y lo leve, lo transparente y lo opaco, el último premio Ciutat de Palma de Arts Plàstiques reflexiona sobre su arte
Javier Pérez ganó el último premio Ciutat de Palma con ´El baile de la soledad´, una pieza muy simple y evocadora.
LOURDES DURÁN. PALMA.
La sutilidad trenza el quehacer artístico de Javier Pérez, último premio Ciutat de Palma de Arts Plàstiques con El baile de la soledad, y uno de los artistas de la generación de los setenta -nació en 1968- más personales. Elegido para representar a España en la Bienal de Venecia en el 2001 y pretendido por el Reina Sofía para el que plantó su árbol Mutaciones en el Palacio de Cristal, tres años más tarde, hila fino. No quiere perder comba y, sobre todo, libertad. "Asumir que vivimos del mercado y que tiene sus reglas no es contradictorio con saber que a veces es muy pernicioso, incluso peligroso, si te dejas seducir por el brillo de los que te apoyan. Se puede nadar y guardar la ropa sin que te quiten libertad. Para mí es clave. Nunca he hecho concesión alguna al mercado. Lo llevaré como principio", asegura con un timbre de voz que se asemeja con sus obras. Suave y firme. Se maneja con pasmoso equilibrio entre materiales evanescentes como el humo; frágiles como el vidrio y la porcelana; y dúctiles y a la vez rebeldes como las colas de caballo. No le determinan. No le explican. Le acompañan. "Por mi forma de trabajar, me cuesta desligarme del material, aunque mi reflexión es más abstracta. La idea es lo primero y después el material que más se adecua; aunque es cierto que en mi caso van muy unidos". Su obra es de riesgo porque en este país, el coleccionismo aún es timorato frente a instalaciones, a un arte cuya representación se mueve en transversalidad de lenguajes, conceptos y formas. Sin embargo, la suerte no ha dejado de acompañarle. Tiene un cómplice muy importante: la galería Salvador Díaz, puntal del artista Pérez. "En España hay un gran desconocimiento entre el coleccionismo porque también es muy conservador. No tienen dudas en gastarse 70.000 euros en una obra de Tàpies y sí en emplear ese mismo dinero en obras de generaciones posteriores. ¡Me gustaría creer que va a ir cambiando!", comenta. En cuanto a su alianza con la galería madrileña agradece que "asumamos en común los riesgos; algo que no es frecuente. Yo creo que sólo así funcionan las cosas". La inquietud le mueve ahora a emplearse con un material clásico, el bronce, que rompe su tendencia anterior a meterse de lleno en materia frágil. "Me apetece retarme, y aprovecho que me han surgido propuestas del exterior para trabajar con materiales más sólidos como el bronce. Sucede cuando vas desgastando materiales, acabas llevándolos a tu terreno", afirma. Lo onírico sobrevuela su obra que es tremendamente lírica. Escaleras que surgen del vacío y se pierden en el aire; sillas para soñar muy largas, casi infinitas como el hilo de un ovillo perdido. No hay referencias poéticas evidentes, sin embargo. Eso asegura él. "No hay referencias literarias directas en mis obras, claro que toda la información que recibes aparece de una u otra manera. No es la lectura lo que me provoca, sino que es a la inversa. Tras haber estado sumergido, después me informo, leo mucho alrededor de ello. Mi proceso de gestación es muy lento. Le doy vueltas a ideas y cuando menos te lo esperas, das en la diana", explica. Esa sutilidad que habita sus trabajos contiene dosis de vitriolo. Producen desconcierto en segundas lecturas: "Tengo la sensación de que en mi obra hay reunión de conceptos opuestos: lo espiritual y lo carnal como en Anatomía del desierto; lo bello y lo siniestro. Esa aparente sutilidad es intencionada. Sé las cartas con las que juego. Creo la trampa para que el espectador se sienta seducido y luego se pueda horrorizar". Él no está exento de la zozobra: "Quiero tener el coraje emocional de no temer llevar mis emociones al límite, aunque me incomode".
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