JOSÉ CARLOS LLOP
Cuando el anterior gobierno municipal decidió reinstaurar los Premios Ciutat de Palma en castellano escribí que estos premios no eran necesarios para mejorar literatura alguna -ningún premio mejora la mala ni la buena literatura, por mucho que algunos premiados se lo crean- pero que la medida permitía que los jóvenes escritores mallorquines que escriben en castellano -palmesanos en su mayoría- pudieran acceder al premio literario de su ciudad natal y obtenerlo incluso, cosa que, en principio, no está mal. O por lo menos no tanto como que no puedan hacerlo, me temo. No por la literatura en sí -a un verdadero escritor la existencia o inexistencia de un premio no le perjudica-, sino porque es raro tener las puertas de casa cerradas. He escrito raro, nada más, pues a todo se acostumbra uno, incluso a que se quejen permanentemente los que más cuidados están -en casa, al menos-. También dije que pertenecía a una generación a la que se le había pasado el arroz para presentarse a ese premio -no tuvimos la oportunidad cuando, por edad, era el momento- y que, por tanto, su existencia, o no, nada tenía que ver con ilusiones personales que -en ese sentido al menos- no existían, ni existen. Expuse mi parecer ante un asunto donde creí que debía hacerlo -ya que despertó cierta polémica en prensa- dada mi condición de escritor mallorquín en castellano y colaborador de este periódico. Nada más. Pero luego vino el asunto de los nombres.
Una vez se aprobó la dualidad lingüística de los premios se optó por bautizar los reinstaurados con los nombres de Rubén Darío -el de poesía- y Camilo José Cela -el de novela-. Yo, eso, con todos los respetos que sean necesarios para el papel modernizador de Darío en la poesía hispana, o la importancia en la novela española de la obra de CJC, lo consideré una cursilería pretenciosa, fruto de la ignorancia, y un desprecio a la literatura local y así lo escribí también. El hecho de las estancias mallorquinas de ambos autores -breve la de Darío, media vida la de CJC- era como un reportaje del Hola para el entonces concejal de Cultura y eso -pensé yo- debía ser lo que le interesaba realmente, confundiendo el supuesto brillo de la literatura con el relumbrón de los nombres. En fin... Mostré entonces mi discrepancia y sugerí desde estas páginas el nombre de dos mallorquines, pues de eso, creía yo, se trataba: de un premio mallorquín. Esos nombres fueron el del narrador Miguel Villalonga -tan marginado en su propia casa- para el premio de Novela y el del escritor Cristóbal Serra -cuya obra está vertebrada por un aliento poético que sería muy distinto de no haber nacido aquí- para el premio de Poesía. Dije incluso que si no querían a un autor vivo -que es el caso de Cristóbal y que siga siéndolo por mucho tiempo- se podía emplear el nombre de Joan Alcover -como Juan Alcover- en la modalidad de poesía, que ya se emplea para poesía catalana. No era una herejía: lo había hecho el propio Alcover durante los años en que escribió en castellano, que no fueron pocos. Por supuesto no se hizo caso de mis estrambóticas sugerencias -Diario de Mallorca no era un periódico grato para el concejal, que tenía y tiene otras querencias empresariales- y los premios se llamaron, evidentemente, Rubén Darío y Camilo José Cela, asunto éste último que hizo que Marina Castaño pudiera pasearse ufana como jurado de novela -¡ya me dirán ustedes de dónde el pedigrí!- por la tierra que ella misma declaró non-grata cuando Cela abandonó la isla de su brazo. Lo dicho: el Hola; o mejor: el Diez Minutos.
Con el cambio de gobierno municipal en las pasadas elecciones se volvió a eliminar la versión castellana de los premios de novela y poesía, tal como había ocurrido a los casi veinticinco años de su creación. A mediados de julio pasado ya publiqué un artículo titulado Mi Alejandría sobre eso y a él me remito, por si a alguien le interesa, para que luego no venga el concejal Grosske con sus falsedades, a decir que no he escrito nunca sobre lo que sí he escrito. Pero he de volver perezosamente sobre el asunto porque en las últimas fiestas de Sant Sebastià nuestra alcaldesa dijo algo así como que "hay que recuperar el espíritu de los Ciutat de Palma", insistiendo en lo que ya había dicho en verano sobre recuperar la tradición de los premios. No, mujer, si el espíritu era otro. O lo fue desde su fundación a mediados de los 50 hasta los años 80. La tradición de los premios era bilingüe, como su espíritu. O así fue hasta los años 80. Que las tradiciones puedan disfrazarse y mutar y el espíritu renovarse, pues bien, con el tiempo, quizá. Pero entonces no hablemos de recuperar. Si en esos últimos tres años de premios Ciutat de Palma en dos lenguas se ganó algo, yo no lo sé, pero desde luego no se perdió ninguna esencia, nada se perdió, créame; nada absolutamente. Por mucho que algunos apuntaran lo contrario. Fuera cual fuera la intención política -si la hubo o no, eso es otro artículo- de los que reinstauraron el premio en castellano, fue entonces cuando se recuperó la tradición originaria y el viejo espíritu de los Ciutat de Palma, nacidos en 1955, no anteayer.