Memoria y tradición (I)

 
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JOSÉ CARLOS LLOP Yo nací y crecí en una Palma cuyas fiestas patronales consistían en dos actos públicos, uno de ellos restringido a rigurosa invitación. En Sant Sebastià se celebraba una misa en la catedral, con procesión por la calle Palau Reial (entonces General Goded y antes de eso, Palau o Palacio), donde desfilaban los maceros de Cort (que a mí me parecían hermanos gemelos salidos del séquito de Isabel la Católica), los Tamborers de La Sala y la policía municipal de gala, montada a caballo. Esta procesión era muy parecida a la celebrada tres días antes por Sant Antoni -Ses Beneïdes- sólo que si ahí había ciudadanos con sus animales domésticos, aquí había concejales y demás autoridades. Luego, por la noche, el Ayuntamiento daba una cena -la de los Premios Ciudad de Palma, esta sí con invitación- en El Círculo -y algún año en El Pueblo Español-, también de gala, aunque escritores y otros artistas invitados se tomaran a veces ciertas libertades en la vestimenta. Es cierto que yo nací y crecí en un régimen dictatorial, ya saben, Franco bajo palio, el Concordato y todo eso, donde el tanto monta, monta tanto -por seguir con la reina Isabel- se aplicaba a la Iglesia y al Estado. De ahí, supongo, que sólo se celebraran dos actos -uno religioso y otro civil-, en una época donde la austeridad -¡bendita austeridad!- marcaba todas las pautas públicas y privadas y no había presupuesto -ni ganas, aún- para mucho jolgorio. . Era lo que Carlos Barral llamó con acierto años de penitencia.

Una vez en democracia pareció -sólo lo pareció- que la vida iba a ser una fiesta y los ochenta -la década donde las fiestas patronales de Palma se convirtieron en algo verdaderamente festivo, a imitación, en escala urbana, de las que se celebraban en los pueblos o en otras ciudades con más solera festiva-, los ochenta, digo, fueron bautizados por Javier Marías, también con mucho acierto, como la edad del recreo. Y la verdad es que eso parecía la cosa entonces: como si de la rigidez de las aulas, nos hubieran soltado -el verbo es adecuado- al patio, al recreo. Hablo de memoria colectiva, que lo personal siempre tiende a los matices y las diferencias. (Y de esa época recuerdo con especial afecto el Festival de Jazz, que luego hicieron desaparecer, desterrándolo a la nada e importando, el concejal Rodríguez, sus coheterías levantinas de gran estruendo y colorido).

Pero vuelvo al tiempo donde nací y crecí. Recuerdo que saliendo de Palma siempre esperaba El Dimoni al pasar por Algaida. Amenazaba con el tridente de madera -sa forca- a los escasos automóviles y hacía cabriolas, como de poseído. Recuerdo que había dimonis en Artà y también en Sa Pobla y Santa Margalida, y que aquellos dimonis estaban asociados a Sant Antoni y sus tentaciones y a La Beata -protegida por Sant Antoni- y la rótura del cántaro de barro. Eso recuerdo y también que parecían salidos de las páginas de Ses Rondaies, donde el demonio tenía, entre otros, un nombre tan simpático como Barrufet. (De ahí, supongo, que Cristóbal Serra nos dijera siempre que al mal se le combate desde el humor). Pero no recuerdo dimonis en Palma. Nunca. No sé, pues, de dónde se los ha sacado el concejal Grosske, que es de mi generación. Como tampoco sé a qué viene en estas fechas lo del fogoso Correfoc, una cosa que se instauró hace poco, unido a la noche de San Juan y el solsticio de verano -donde el fuego y la purificación tanta importancia han tenido siempre y por eso, tal vez, los grupos teatrales contemporáneos estén empeñados en unir fuego, purificación y Averno en su imaginario, como hacían los inquisidores. Pero todo eso -recuerdo ahora a Els Comediants y luego a La Iguana y sus mutantes, antorchas y gigantescas bengalas- ocurría la noche del 24 de junio, no la del 20 de enero. Por eso tampoco entiendo qué hace el Atiarfoc o cómo se llame, del señor Grosske, en Sant Sebastià. Ya puestos, no sé porque no se han vestido todos de romano y escenificado a lo siglo XVIII -que tan aficionados eran al disfraz- el martirio del patrón. Un patrón, por cierto, cuya reliquia -me dicen- permaneció solitaria y abandonada en el presbiterio la mañana del Oficio en La Seu, sin que nadie se acercara a presentarle sus respetos. Claro que, visto lo visto, tal vez sea yo el confundido y las fiestas de Palma sean un pretexto para la horterada de teñir de rojo la catedral. Aviados estamos si vuelve -ahora que todo vuelve- la peste un día de estos. Ya me dirán a quién nos encomendamos.

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