JORGE MARTÍ
Mi amigo Jeroni Salom nos hablaba desde estas mismas páginas (ayer miércoles para ustedes, que leerán esto mañana, hoy miércoles para mí, cuando lo escribo) de la vanidad de quienes se esfuerzan por aparentar toda su vida unas cualidades intelectuales o morales que no tienen. El juego de la impostura se ha convertido en la principal herramienta de quien aspira a destacar: hoy en día no es necesario sobresalir sino aparentar que se sobresale en cualquier actividad intelectual, financiera, artística o social. Esto siempre ha ocurrido -como señala Jeroni Salom, tal vez se trate de una "part intrínseca de la nostra naturalesa". Pero creo que ahora aún se ha acentuado más. Por un lado, la publicidad nos ha acostumbrado a juzgarlo todo por su apariencia; por otro, nuestra sociedad, anclada en la mediocridad galopante en que nos ha sumido el exceso de información que recibimos a todas horas -información que no tenemos tiempo de entender y asimilar-, es cada vez más incapaz de juzgar los verdaderos méritos de los otros.
De la mediocridad general se aprovechan los mediocres que saben, listillos ellos, aparentar una brillantez superficial que no resistiría un mínimo rascado. Hoy en día, por ejemplo, triunfan las novelas históricas que proponen las más descabelladas interpretaciones de la Historia por la sencilla razón que la mayoría desconocemos la Historia y nos tragamos alegremente lo que sea. O consideramos campeones de la ecología y de la justicia social a cantantes como Bono de U2 sólo porque se disfrazan de radicales guay del paraguay y porque desconocemos que el grupo está registrado fuera de Irlanda, en no sé qué paraíso fiscal, para no pagar impuestos en su país, es decir, que sus millonarios ingresos no ayudan a financiar la sanidad o la educación pública de sus propios conciudadanos.
Jeroni Salom, que a pesar de las apariencias, es un optimista, nos dice en su artículo de ayer-hoy, que "tanmateix les màscares cauen un dia", y nos pone dos conmovedores ejemplos de entereza y grandeza humana anónima. Yo, que, a pesar de las apariencias, soy mucho más pesimista, no creo en la futura justicia poética, es decir, en que el tiempo realmente ponga siempre a cada cual en su sitio. Ocurre a veces; en la mayoría de los casos, unos mediocres con máscaras brillantes perderán su capacidad de seducirnos y serán sustituidos pasado mañana por otros mediocres, cuyo disfraz reluciente volverá a seducirnos y engañarnos. De hecho, otra de las características de la mediocridad general en que vivimos es la necesidad de cambiar constantemente de ídolos: hoy en día las famas son efímeras porque el público necesita enamorarse cada año de nuevas estrellas de Hollywood, entronizar a nuevos Dan Brown cada temporada, demonizar a nuevos enemigos de la salud pública -hoy son los fumadores, mañana serán, yo qué sé, quienes vistan con ropa sintética-, perseguir nuevas causas que la publicidad mediática se encargará de engrandecer, etc.
Ya ven qué sorpresa: yo, que creía ser un campeón de lo moderno, cada vez estoy más a disgusto en una modernidad fundamentada en lo voluble de nuestras preferencias y en el reinado de las apariencias, que nos incapacita para distinguir lo mediocre de lo verdaderamente importante.