la muerte de franco. recuerdos de unos días de tensión en un cuartel de Palma
CARLOS GARRIDO. PALMA.
Cuesta explicar a la gente de hoy cómo era la vida en noviembre de 1975. En su fase final, el franquismo suponía una mezcla de ineptitud histórica, arbitrariedad y oscurantismo. Una atmósfera asfixiante que generaba inquietud y miedo.
Cuando llegué para hacer mis prácticas de alférez de complemento en el regimiento Palma 47 tenía conciencia de entrar en la boca del lobo. Todo estudiante era un subversivo en potencia. Y sólo cabe recordar lo que pasaba en Chile o Argentina. Esperaba encontrarme un sórdido cuartel lleno de fascistas con gafas negras.
Lo primero que me llamó la atención era que hasta los oficiales más rancios hablaban en mallorquín. "A ses seves ordres, capità" decía un teniente de Regulares más curtido que la piel de un tambor. No menos sorprendente era la presencia de un cura castrense parapsicólogo. "Porque Dios, o la entidad ufológica que sea" decía muy serio. "¡Por Dios, Pater!" respondían los capitanes escandalizados. Pronto descubrí que aquella pequeña sociedad era tan incongruente y caótica como el resto del país.
La noche del 20 de octubre, cuando la Operación Lucero, estaba de guardia. Perdidos mis primeros recelos, fumaba en pipa y escuchaba "I wish you were" de Pink Floyd en el cuerpo de guardia. El soldado telefonista salió de repente todo trasmudado. "Mi alférez, que nos llevan al Sáhara". Bajé el volumen del casette. "Pero qué dices Gutiérrez". "Sí, mi alférez que le llaman de capitanía".
Se puso un mando muy circunspecto. "Soy el teniente coronel X, ¿con quién hablo?" Yo titubée un poco. "A la orden, soy el alférez Garrido". El hombre se quedó callado. "¿No hay nadie más?". "Me temo que no". Chasqueó la lengua y luego me dio una serie de órdenes incomprensibles: "Abra el sobre de emergencias, redoble la guardia, llame a los pernoctas...".
Cuando colgó supe que algo pasaba. Le dije al soldado: "Tráeme un valium de la enfermería que esto promete". Fue una noche larga porque a la que se llamó a los pernoctas, todos los capitanes y comandantes empezaron a telefonear. "¿Estás loco, alférez? ¿Qué pasa?" Yo contestaba medio drogado: "Tengo órdenes, mi capitán".
Al final el cuerpo de guardia se llenó con todos los mandos y oficiales, mirando el telediario casposo del franquismo. Pero allí no dijeron ni una palabra. Y todos se fueron con la mosca detrás de la oreja. Franco había caído enfermo y aquello era la Operación Lucero. La chapuza y el caos estaban en la propia médula del régimen.
Un mes después, la noche en que murió Franco también estaba de guardia. Pero todo el mundo lo esperaba. Sobre todo porque alteraron la programación televisiva para emitir "Objetivo Birmania". El teniente de mi compañía movió la cabeza y se bebió de un trago la copa de coñac: "Este la ha cascao". Efectivamente, de madrugada la radio ya daba música clásica. Tuve el honor de poner la bandera a media asta y después irme a clapar.
Lo celebré con otro alférez de complemento en el Pou Bo. Como en aquellos tiempos era muy adicto a todo tipo de farmacopeas, agarré una cogorza de cuidado. Y me recuerdo en la cama, mirando un techo que daba vueltas como si fuese un ventilador. Repitiéndome como si no lo pudiese creer: "Ostras, Franco ha muerto".