CARLOS GARRIDO
En la antigüedad, las ciudades eran algo más que un perímetro amurallado. Muchas tenían su jurisdicción propia, y los límites que las encerraban eran considerados como una entidad sagrada, algo perteneciente a los dioses, una especie de rostro de la comunidad. La ciudad además no sólo integraba las casas y los asuntos de los vivos, sino que tenía un especial recuerdo hacia los muertos. Los antepasados formaban parte del alma urbana.
En nuestra cultura todo eso ha desaparecido. Sin embargo, las necrópolis o ciudades de los muertos constituyen también una especie de réplica simétrica a la ciudad de los vivos. Aunque no se quiera reconocer. Es lo que ocurre por ejemplo con el cementerio de Palma, una auténtica ciudad de las sombras que permanece también en esa otra "sombra" cognoscitiva de lo que no se quiere saber.
Viajar al cementerio palmesano, ahora que se acerca la festividad de Totsants, es conocer el otro lado de nuestra ciudad. Una lección de historia.
Un cementerio rural
Durante siglos, el cristianismo enterraba en las iglesias. Las parroquias tenían muchas veces su pequeño camposanto, incluso en el interior de la ciudad. Y las familias más pudientes o los gremios y sociedades se hacían sepultar en criptas comunales. La aparición de lo que entonces se denominaba "cementerio rural", es decir fuera de la ciudad, fue una novedad de la Ilustración. Los problemas higiénicos hicieron pensar a los gobernantes que había que separar a los vivos de los muertos.
Sin embargo, las disposiciones dictadas por Carlos III y Carlos IV en este sentido fueron desoídas por la mayor parte de los ayuntamientos. En primer lugar, porque construir un cementerio suponía un gasto importante. A ello, había que sumar la oposición de la Iglesia, que veía mermados considerablemente sus ingresos. Tampoco los ciudadanos estaban por la labor, ya que entre descansar para siempre al amparo de santos y capillas y hacerlo en medio de un descampado, escogían lo primero.
El cementerio rural de Son Tril·lo era un ejemplo perfecto. Situado junto a la Riera, en una zona húmeda y poco transitada, no era considerado como un sitio apetecible ni siquiera para los muertos. Se cuenta que algunos de los ataúdes que se llevaron allí en la década de 1830, cuando empezó a funcionar, contenían en realidad un tronco. La gente que podía se seguía haciendo enterrar en las iglesias.
Una visita al cementerio nos va revelando la evolución de Palma y su población. En la zona elevada se encuentran las terrazas más antiguas. Allí las sepulturas están muy apelotonadas, dispuestas en hileras casi sin intervalo separador. El cementerio es una realidad cambiante, que muda de forma constante a pesar de que nos dé la imagen de la imperturbabilidad. Eso significa que algunas de las lápidas antiguas se conservan y otras no, porque las tumbas pueden pasar de mano o ser modificadas.
En esa parte de mediados del XIX encontramos el hálito romántico. Los símbolos más típicos de los relojes con la "hora fatal", la muerte como esqueleto con una guadaña, los rostros enigmáticos, las calaveras, las mujeres enlutadas que lloran. Les acompañan sentidos epitafios que son como una literatura espontánea y popular: "Muerte fiera, muerte fiera/ cuán duramente nos tratas/ cuan presto nos arrebatas/ lo que nuestra gloria era!/ Heriste en su primavera/ al que era mi único bien/ si no ablandó tu desdén/ de mi hijo la edad temprana/ ¿Por qué esperas a mañana/ para herirme a mí también?"
Vemos igualmente el catálogo de profesiones: abogados, sacerdotes y religiosos, un profesor de música, gente muy joven, muchos marinos y todavía más comerciantes. Podemos imaginar aquella ciudad todavía amurallada en la que los entierros tenían una solemnidad siniestra. Pasaban por la Rambla, el muerto en coche de caballos o llevado a hombros. Parte del cortejo fúnebre se despedía en la Porta de Jesús, a partir de la cual se emprendía el último tramo en compañía de allegados y familiares. A veces portando un cesto con confites y algo de licor dulce para aliviar la pena.
El cementerio tenía un pequeño oratorio, situado donde ahora está el Institut de Medicina Legal. El custodio vivía al lado, a dos pasos del depósito de cadáveres y las capillas donde se realizaban los velatorios. El recinto tenía forma rectangular y estaba rematado en cada esquina por unas bonitas columnas almohadillas, probablemente del proyecto original de Jacinto Cocchi.
A mediados del siglo XIX el cementerio se amplía. Se construyen entonces las capillas laterales con formas clásicas o neogóticas, muchas de ellas de Bartomeu Ferrà. Eso nos habla de una burguesía ciudadana potente, deseosa de manifestar su pujanza económica y su representatividad social. Las grandes familias cuentan con su panteón. Y la imagen de la muerte sigue siendo romántica.
El cementerio del xx. Un cambio sustancial se produce a finales del XIX, cuando el cementerio de Son Tril·lo se revela insuficiente y hay que plantear una ampliación. Es el momento en que se generalizan los esmaltes funerarios. Esas fotografías tienen un enorme interés artístico y antropológico. Nos muestran a los ciudadanos del cambio de siglo y comienzos del XX. Marinos de uniforme, guardias urbanos, militares, muchos niños y niñas de expresión lánguida con lazos y adornos, mujeres jóvenes, hombres y mujeres del campo con la cara castigada por el sol y los rasgos duros, abuelas, jóvenes sofisticados con bigotito y sonrisa seductora. En ningún otro lugar podríamos tener acceso a las fotografías del álbum familiar. Y aquí las tenemos, además por centenares. Nos miran con esa expresión indefinible del tiempo. Nos hacen pensar que también nosotros formamos parte de esa cadena de ciudadanos a lo largo de los años.
El llamado "cementeri Nou" es el que casi todo el mundo conoce, con su gran entrada monumental al Camí de Jesús y el oratorio central. Comenzó a construirse a principios del XX y se remató en los años 30, aunque la capilla no se terminaría hasta 1968. Si el "cementeri vell" tiene algo de barrio antiguo, con sus recovecos, su falta de espacio, su aglomeración de monumentos, esta parte posterior nos habla de una ciudad más racionalizada, como si fuera un "ensanche". Aquí hay avenidas, plazas y jardines.
Las tumbas tiene además una monumentalidad distinta. Abundan mucho los ángeles, algunos de ellos de gran envergadura y belleza, dignos de museo. Ese romanticismo intimista del recinto antiguo se vuelve aquí más frío y grandilocuente. Paseando por esas avenidas de nombres simbólicos ("via de la Creu", "jardí de la Templança", "jardí de les Bones Obres"...) compruebas como la Palma que derribó las murallas y cambió de fisonomía, se contemplaba a sí misma como una ciudad de prohombres, de linajes alcurniosos, de doctores, ingenieros, canónigos, industriales. Es una especie de pequeño Parnaso donde la Palma de la primera mitad del XX proyecta su espíritu.
Aquí también queda la cicatriz de la guerra civil. Por un lado, los falangistas y militares franquistas honrados como mártires (existe paradójicamente una "via dels Màrtirs" junto a los panteones de la aviación y la Italia fascista). Por el otro, las víctimas más ilustres de la represión que reposan en silencio, con una mera placa. Como Emili Darder o Alexandre Jaume, entre otros. Muchos no pudieron ser rescatados y acabaron en los "hoyos" o fosas comunes. Vaciadas después en la gran osera común que remata la "cruz de Hoyos". No muy lejos, el paredón donde se fusilaron como mínimo a unas doscientas personas.
el cementerio de los sesenta. La ciudad cambia a finales de la década de 1950, y cambia igualmente el cementerio. El financiero Joan March Ordines adquiere unos terrenos contiguos, donde se hace levantar un gigantesco mausoleo, al que conducen unas escaleras monumentales. Una vez concluidas las obras, cede a la ciudad esos terrenos para construir una ampliación. Nace así lo que se conoce como "cementerio Novísimo", que corresponde a los años 60 y 70.
La ciudad cambió. Aparecieron nuevas avenidas, gustos distintos, un concepto de lo suntuario y señorial ya más moderno. Y eso también se traduce en ese cementerio. Desaparecen prácticamente los vestigios románticos de epitafios, gestos ampulosos, ángeles mortuorios. Se busca una seriedad más flemática, menos simbólica y más arquitectónica. Aunque seguimos encontrando esculturas y motivos artísticos, pero en mucha menor proporción. Las tumbas ya no son tan personalistas, ya no glosan a los cuatro vientos las virtudes de quien allí descansa. Resultan más discretas, se suelen conformar con el nombre de la familia propietaria.
Ello coincide también con la aparición de los primeros bloques de nichos, que ocupan una parte importante del camposanto y se desarrollan sobre todo a partir de los 70. Con la zona conocida como "la Ampliación". Los edificios de nichos parecen una traducción funeraria de los modernos bloques de viviendas. En lugar de buzones tienen lápidas. Y pasear por ellos produce un extraño vértigo. Como si hubieses entrado en unas viviendas sociales habitadas por muertos.
Esa ampliación que se realizó desde finales de los 70 y que dura hasta hace bien poco, con la habilitación de la zona de Son Valentí, nos habla de una ciudad que ya nada tiene que ver con la del "cementeri Vell". Existe una amplia zona muy ajardinada, agradable para el paseo e incluso con bancos. Las tumbas la salpican con una creciente uniformidad.
Notas también el cambio sociológico. Aparecen muchos apellidos extranjeros, y conforme te aproximas a la actualidad cada vez más exóticos. Ya no son los Cortés, Tarongí, Villalonga o Ramis d'Ayreflor de la parte antigua. Hay de todo, hasta tumbas con nombres escritos en alfabeto chino.
En la parte más moderna percibes que la muerte ya no forma parte de la dramatización funeraria. Parece reflejarse esa negación implícita que hace de ella nuestro tiempo, que sólo acepta los valores de la juventud y el éxito. Incapaz de integrar la idea de la enfermedad y la muerte. Nadie menciona la muerte y las decoraciones ya no son simbólicas, sino personales. Hay quien deja unos peluches, una camiseta, una fotografía de un equipo de fútbol, incluso un autógrafo de Manolo Escobar.
Desde la parte antigua hasta la más reciente de Son Valentí, que parece salida de un país nórdico, transcurren doscientos años de historia. Una historia que se lee en el libro de las lápidas. En los nombres, las expresiones, los motivos, incluso en la mirada de esos muertos que nos contemplan desde esa otra ciudad de las sombras.