Obituario

Cuando la madera es alma

07.03.2017 | 01:29
Juan Binimelis.

In memoriam Juan Binimelis

Pelo ondulado, ojos azules, cargado de hombros y descreído en la fatiga del vestir, siempre conocí a Juan Binimelis atareado en enjoyar las "jaulas para faisanes", donde brillaba su ebanistería elegante.

Antes de salir a visitar las obras en compañía de su último copiloto, Ventsy, un búlgaro silencioso y trabajador, quitaba con un plumero el polvo de serrín de la furgoneta, atiborrada de tablones, dibujos, listones y largueros. Y ya de camino, mientras cruzaba la isla, serenaba su alma con música de Tchaikovsky, Beethoven o Bach.

Pero donde él se sentía verdaderamente feliz era en su taller del Carrer San Rafael, sacando tablones de una jácena de norte viejo para montar un esquinzel. Cuando le sorprendió de forma inesperada el final de la vida, andaba afanado en hacer una mesa de marquetería para sus nietas y una cocina para el foravila de una de sus hijas.

Fue el último sábado de febrero. Se había vuelto a poner en marcha, para ir a trabajar, a las siete de la mañana, cuando sintió, de forma repentina, un dolor en el brazo. En camino al hospital de Manacor ya no logró recuperarse del maldito infarto.

La última vez que estuve con él fue el pasado septiembre, cuando nos guió hasta la recién estrenada Academia de Rafa Nadal. Como manacorí, estaba orgulloso de la proyección de su pueblo en el mundo y como calvinista en el entendimiento del trabajo, no se distrajo en el paseo y se volvió sin demora al taller.

Le conocí hace más de veinte años y los comienzos no fueron fáciles porque se nos ponía cuesta arriba el acuerdo ("sólo el necio confunde valor y precio"), pero con el trato continuado nos fuimos haciendo amigos. Le aprecié mucho como artista y como persona y nuestra relación pasó de ser profesional a ser afectiva.

Me lo presentó Antonio Obrador, otro virtuoso que había descubierto ya antes las bondades del ebanista Binimelis. Con ellos dos me adentré en ese universo del norte viejo (pino Melis o pino americano), esa madera extraordinaria procedente del norte de Estados Unidos y a la que los iniciados conocen como caoba de los pinos. Procede de bosques primarios, que hoy en día ya no se pueden talar y conseguirla ahora nueva resulta casi imposible. Utilizada desde hace siglos en la construcción de puertas y ventanas de altísima calidad, su calidez y belleza se puede apreciar en algunas casas del casco antiguo de Palma.

Es, junto con el sapí, una de las "maderas calientes" con las que el sabio de Manacor prefería fajarse, aun cuando conocía al dedillo las virtudes y defectos, no sólo de todas las familias de pinos (flandes, silvestre, rojo€) sino también de tecas, cerezos, etc.

Su virtuosismo consistía en bordar un trabajo artesanal creando cancelas, persianas mallorquinas, armarios, vestidores, revestimientos, vidrieras, bibliotecas...de calidad excepcional, tras aplicar el colofón del aceite de vaselina. Se atrevía con todo y el resultado eran creaciones refinadas, salidas de las manos de un artista genial, que deja un legado formidable.

Medalla al mejor estudiante en el colegio La Salle de Manacor todos los años que en él estuvo, tenia un tío jesuita, profesor en el Instituto Químico de Sarriá y eso le llevó a aspirar a irse a Barcelona a estudiar Químicas, pero en su casa no había dinero suficiente, lo que frustró sus planes e hizo que terminara trabajando de ebanista con su padre.

Tomó lecciones de dibujo, lo que le serviría de forma decisiva en su actividad imaginera. A pesar de que le faltaban algunas falanges, dibujaba con soltura y lo mismo bosquejaba perspectivas a mano alzada que secciones o frontales, a base de escuadra y cartabón. La destreza de los dibujos permitía a sus clientes hacerse una idea cabal del resultado final. Y mientras dibujaba, Baremboim, Kempf, Karajan€

En su casa de Manacor tenía una biblioteca de más de 1.000 volúmenes y leía, de media, uno o dos libros por semana. En su modesto taller tenia -agazapados y pendientes de leer- libros del Círculo de Lectores. La lectura y la música, el café con su pa amb oli y leer el periódico, eran los caprichos que se permitía. Y en lugar destacado entre estas pequeñas licencias, la novela histórica y policiaca, las colecciones de Life, Cambio16 y National Geographic, ésta última soporte de otro de sus quereres, la geografía.

Nunca hizo alarde del buen balance que hubiera podido inferirse de la calidad de sus encargos, de la cilindrada de sus clientes y de la categoría de las casas en las que iba dejando, como ebanista de época que era, su huella indeleble. La huella de un trabajador esforzado, confinado en su escueto taller, del que no salió desde que trabajaba con su padre en Binimelis i Fills. Entonces sufrió traspiés sucesivos, que tuvieron como estación término la quiebra de Tecnimueble, una empresa clásica de la carpintería de Manacor, que fue inhabilitada para la administración de sus bienes y establecimientos.

Estos tropezones, conjunción de disgustos familiares y deudas, le trajeron por la calle de la amargura. Como, recuerda una de sus hijas, "no le interesaban mucho los números, no revisaba las cuestiones económicas y sólo se dedicaba a trabajar en la carpintería, y los socios poco a poco se fueron yendo, se quedó sin nada, pues hemos tenido que pagar hasta hace poco una deuda al Estado, mientras estaba embargado un solar que era lo único que tenía".

Quedaba, pues, muy lejos aquel esplendor de 1957, cuando, ufano, se anunciaba: "Muebles únicos e irrepetibles, hechos en Manacor, Mallorca, con gran maestría, por Juan Binimelis".

Y en la despedida del amigo, es inevitable el recuerdo de otro Joan Binimelis, (1538-1616), manacorí del Renacimiento, sacerdote, médico, astrónomo, matemático y primer cronista del Reino de Mallorca.

Para el último viaje, sus hijas se ocuparon de la música y las flores. Pilar puso la rapsodia de Rachmaninoff y María Isabel colocó pétalos de almendro en flor, que tanto gustaban el gran conversador, y un ramo de aubó.

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