LLORENÇ RIERA
El drama de cuánto queda de la agricultura de Balears no está en los 35 millones de euros con que debe regarla ahora mismo un Govern que se hace el sordo bajo el pretexto de que a él también le han cerrado las cañerías del Estado. Con ser importante y sustanciosa, ésta es sólo una deuda puntual. El drama real de la agricultura de las islas está en que ya no puede subsistir, en modo alguno, sin el abono, no exento de toxicidad, de la constante subvención administrativa y esto le obliga a permanecer en un invernadero que ya no sabe de ciclos naturales, ni de colores o sabores.
Aparte de las tormentas caprichosas del Mediterráneo, los payeses deben protegerse y hasta blindarse frente a los avatares de una Administración demasiado acostumbrada a entretenerse con sus granizadas internas que, por raros efectos de la política, acaban en áspera sequía para unos ciudadanos que, en condiciones normales, deberían recoger sin sobresaltos los frutos de la buena gestión pública.
¿Resulta inevitable esta situación de dependencia administrativa y económica de la agricultura de Balears? Cuesta admitirlo, pero la respuesta parece afirmativa, con toda la resignación del mundo, pero afirmativa al fin y al cabo. Seguirá siendo así mientras el sector servicios siga ejerciendo un papel tan predominante sobre el primario y todo este sujeto a políticas y mercados superiores. La aldea global ya no reconoce producciones autóctonas ni sabores singulares de nutrición segura y alejada de transgénicos. Uno de los precios de todo ello es que los payeses de las islas deben mirar por igual el tiempo y el Bocaib con el agravante de que los efectos positivos casi nunca suelen coincidir en lo uno y lo otro. Ahora mismo, las nubes dan fertilidad y el papel oficial sequía. Por eso al Govern se le rebelan incluso los sindicatos afines.