LLORENÇ RIERA
Cuanto se derrama en los alrededores de la Font de sa Vall de Manacor es una muestra más de que en esta isla, urbanizada y urbanita, el paisaje nos interesa sólo desde la ventana. Por eso mismo, Joana Lluïsa Mascaró, la consellera del Bloc, ha hallado en la "buena imagen que ofrecerán a los turistas", el mejor valor del Plan de Carreteras que acaba de consensuar con sus socios de gobierno. Pero nosotros, de momento, estacionaremos junto a la fuente, porque su problemática ha acabado mojándonos a todos. Y en algunos casos, ni nos hemos enterado.
En otro lugar, la Font de sa Vall sería un santuario natural y un lugar de culto hídrico. Aquí, ni lo uno ni lo otro, salvo devotos concretos y estudiosos desprotegidos o confesos de la tierra generosa.
Ha sido necesario que un vecino denunciara la degradación y la retirada masiva de agua del lugar para que se viera que, junto al surtidor natural, aparte de plásticos, chatarras y garrafas, también pesa la impotencia y la confusión sobre la responsabilidad de su gestión.
Aireado el problema, el Ayuntamiento dice que enviará una brigada de limpieza y colocará paneles llamando al decoro. La administración autonómica asegura que esta agua no corre por sus conductos y la comunidad de regantes viene a sostener que no dispone de medios ni capacidad para garantizar el buen uso del caudal del que se alimenta.
También es cierto que el problema no existiría si el civismo regara el comportamiento de quienes se aproximan, disfrutan o se aprovechan de la Font de Sa Vall. Una fuente que, por cierto, pese a tener raíz y depósito en Petra, es manacorina en todos los sentidos. Tanto que incluso tiene los mismos problemas de potabilidad y de exceso de nitratos que el agua que abastece la ciudad.
Por tanto, el mal no está sólo en el exterior y en la estética. Nace, igual que la fuente, en el subsuelo contaminado.