LLORENÇ RIERA
Si las fiestas, como es lógico, son un reflejo de las sociedades que les dan vida y los organismos que las regulan o potencian, no resulta extraño que algunos actos destacados del constante jolgorio veraniego habitual, anden un tanto descolocados y adulterados en este 2009 de descuadres mayores.
Si con excesiva frecuencia a la mayoría de ayuntamientos los cohetes de control urbanístico y de algunos servicios básicos les salen de órbita, no resulta extraño que algunas de las fiestas que deben regular acaben en irreverencia a la legalidad y los valores patrimoniales. No es sólo el mal extendido del ´botellón´ y sus secuelas, utilizado con cualquier pretexto en el lugar y ámbito más insospechado. Distintas directivas, que podrán considerarse exageradas, pero son de obligado cumplimiento por instituciones y ciudadanos, imponen la prohibición expresa de maltratar a los animales. Si atendemos a las insinuaciones y declaraciones del alcalde y algún edil de Santa Margalida, resultaría complicado sostener que han hecho todo lo posible para evitar que se soltaran patos en la fiesta de Can Picafort. En Son Macià por lo menos han tenido el detalle de reaccionar con ironía frente a la veda legal de su ensierro con vaquillas, aunque algunas de las parodias escenificadas no hayan estado etiquetadas con el buen gusto. Resulta curioso este fenómeno de incorporar influencias exteriores, vía televisiva, con soporte de fiesta payesa cuando esta isla ya hace tiempo que ha dado la espalda a fora vila. Por lo menos en Felanitx, aunque en este caso impera la seguridad del respetable, parece claro que están dispuestos a acatar, sin alternativas, un cierre de La Macarena con visos de ser permanente.
Las fiestas populares mallorquinas tienen ahora la misión de hallar la equidistancia entre los valores patrimoniales y la identidad de la sociedad actual.