LLORENÇ RIERA
Un pequeño bosque de campanarios en el centro de la ciudad siempre queda vistoso y concede cierta relevancia. Posiblemente el alcade reconvertido en portavoz parlamentario en situación de fijo discontinúo diría que la capitalidad comarcal –esa urbe teórica– también se mide por el número y la altura de los aposentos de campanas, ahora de tiño eléctrico. El hecho es que las torres todavía virtuales de la fachada principal de la iglesia de Els Dolors de Manacor son una ilusión a punto de poner sedimento de realidad. Comenzarán a levantarse en octubre y de no surgir inconvenientes, estrenarán su esbeltez a principios de 2012.
¿Deberemos venerales a partir de entonces como nuevo icono de la idolatría religiosa que no se adentra en la realidad más profunda y cruda de la Iglesia? Quien sabe. Se intuye que no existe excesivo entusiasmo clerical por una iniciativa que llevan adelante voluntariosos ciudadanos sobrados de ilusión y con capacidad de aglutinar aportaciones económicas. Mientras, la Iglesia –no hablamos del templo– deja hacer y eso, muchas veces, resulta más peligroso que tropezar con el contenido de cualquier plan pastoral. Aún con su consolidación dentro del entramado urbano de Manacor y todo el simbolismo que pueda representar, Els Dolors es un neogótico levantado fuera de época. Ahora está a punto de incorporar el ensamblaje de dos nuevas torres en una operación de modernidad que no parece tal y llega a destiempo, visto como estan las cosas. La consolidación de la fachada no parece argumento suficiente para justificar nuevos campanarios. Y, sobre todo, cabe interrogarse si la Iglesia debería bendecir con esta singular liturgia de brazos cruzados, una operación de más de dos millones de euros que, aunque no estuviéramos en tiempos de crisis, podrían tener mejor inversión y distinta prioridad.