18 de julio de 2016
18.07.2016

Un mercado para reconciliarse con la comida

El centro Pra-ita trata los trastornos de alimentación con una terapia basada en la experimentación. Los puestos ecológicos de la plaza de los Patines ayudan en el proceso

19.07.2016 | 02:20
El mercado de la plaza de los Patines está a cinco minutos desde el centro Pra-ita y es visitado por sus pacientes un sábado al mes.

El apunte

  • “No les digo que deben acabarse el plato. La comida no tiene que ser un castigo”:: La psicóloga especializada en trastornos de alimentación de Pra-ita, Mariona Ribas, estuvo hace más de 20 años colaborando en un hospital de día y allí conoció la terapia convencional, “basada en el método de castigo-premio”. “Fue una experiencia muy fuerte, me creó muchas incertidumbres, porque las pacientes estaban muy vigiladas y las obligaban a comer. No digo que no funcione en casos en los que la salud esté en peligro o con determinadas personas, pero era un sistema carcelario y no encajaba conmigo”.

    “Yo nunca les digo que deben acabarse el plato. La comida no tiene que ser un castigo, sino un placer”, explica sobre su terapia. Lleva dos décadas con su consulta y por ella han pasado cientos de pacientes, y desde hace más de un año aplica un tratamiento “mucho más directo, más vivencial”, ya que reformó la consulta, instaló una enorme cocina con comedor y los pacientes elaboran su propia comida con el asesoramiento de nutricionistas. Además de estos profesionales, Ribas también cuenta con ayuda de un psiquiatra para casos extremos.

    A principios de mes inició una campaña de ‘crowdfunding’ para ayudar a alguien con un trastorno y sin recursos económicos para afrontarlo y para dar a conocer esta enfermedad.

"Vine en un momento álgido de desesperación por la relación de enfrentamiento que tenía con la comida", cuenta Joana sobre el centro Pra-ita, especializado en trastornos alimentarios desde hace más de 20 años. "Aprendí cómo esta lucha no aparece de la nada, que era un pulso en el que intervienen no solo la comida, sino todos los aspectos de la vida", relata, ya que la psicóloga del centro busca "un sentido más allá de la simple obsesión por el peso, por la imagen, por la pura apariencia, debido a que si todos vivimos en la misma sociedad, machacados con la imagen de perfección, ¿por qué unos caen y otros no?", se pregunta Mariona Ribas. "La primera comida fue una crema que me tocó cocinar. Me decía no iré, no la haré, no la comeré", explica la paciente. Y fue al mercado, la hizo con sus compañeros y la comió con una sonrisa en los labios.

Joana no solo se reconcilió con la comida –"con el trabajo de todos", como ella dice–, sino que plantó cara a los problemas y se arriesgó. La terapia que aplica la responsable de Pra-ita se basa en buscar el sentido a través de un tratamiento individualizado y en la experimentación mediante las sesiones de grupo, que incluyen aspectos tan novedosos como talleres de cocina abiertos a todo el mundo, donde se desconoce quién es paciente y quién no, y la visita al mercado de la plaza de los Patines.

Antes de acudir a los puestos ecológicos, situados a solo cinco minutos del centro dirigido por Ribas, la psicóloga les imparte una sesión de meditación para "conseguir un desapego de su relación negativa con la comida y recuperar una vinculación sana". Comienzan "visualizando este mercado, con todos sus puestos de frutas y verduras". Después "conectan los alimentos con la tierra y el efecto que ejerce en ellos el sol, la lluvia, el viento... Piensan en los agricultores que trabajan el campo y en el amor con que lo hacen, ya que no usan pesticidas". La terapeuta también les habla de la recolección, del transporte y de la llegada final al mercado palmesano.

Una vez allí, a los productores locales "les encanta explicar lo que hacen, son muy generosos dando información cuando les preguntan, por lo que les ayudan a la recuperación emocional sana con los alimentos". Además, los productos ecológicos dependen de la temporada, por lo que los pacientes aprenden que hay que ser flexibles y adaptarse a lo que trae la naturaleza. "Va muy bien para la terapia vivencial, debido a que estas personas suelen ser muy rígidas y así aprenden a romper barreras, a arriesgarse y probar algo nuevo". Por ejemplo, en mayo las nutricionistas de Pra-ita les plantearon hacer un postre a base de albaricoques y, cuando fueron al mercado, un productor les dijo que era difícil encontrarlos porque ese mes hizo más frío de lo habitual y no habían madurado lo suficiente.

Cocinar lo que temen

Tras la visita al mercado, que se hace un sábado al mes y acuden entre 10 y 14 pacientes, llega la hora de cocinar. "Conociendo la historia de cada uno y su relación con los alimentos, preparo un menú y decido quién hace qué teniendo en cuenta su fase del proceso terapéutico. No obligo a nadie, aunque al cocinar todos juntos, se ayudan mutuamente y pierden el miedo. Se ven en el mismo barco después de haber pasado mucho tiempo solos con su problema", tal como explica la psicóloga Mariona Ribas.

Hay personas con anorexia y bulimia –los casos más visibles por sus cambios físicos–, pero también trastornos que consisten en contar mentalmente todas las calorías de lo que comen, dejar de ingerir un alimento concreto o pegarse atracones; situaciones que provocan crisis de ansiedad, un enorme sufrimiento y todo tipo de limitaciones, aún más cuando "estos trastornos no están normalizados y quien lo padece lo oculta, porque lo vive como una vergüenza, y eso hace que se cronifique más", según detalla la directora de Pra-ita.

Apuesta por la prevención en los centros educativos con el fin de combatir el acoso relacionado con el físico, algo que también ocurre en el resto de la sociedad, "que es en parte responsable de que la insatisfacción con nuestro cuerpo esté normalizada".

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