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Palma a la vista

Japón-Los Ángeles-Palma

La calle Pelaires fue musical: tiendas de discos, el bar Pay-Pay y desde luego El Japón en Los Ángeles, donde se cambiaban vinilos de jazz

 06:30  
¿Buscará el rastro de las dos hermanas en Japón-L.A.?
¿Buscará el rastro de las dos hermanas en Japón-L.A.?  L.D.

LOURDES DURÁN ¿Dónde está aquel rótulo que enmarcó durante años un misterio, el del un nombre surrealista que evocaba noches de pipa de kif y que aún ahora pervive en la memoria de muchos de nosotros, El Japón en Los Ángeles? Como un baúl de cuero viejo, con herrajes cromados, herido por la vida, aquellas cinco palabras encerraban un tesoro que seguramente ya forma parte de la Palma sentimental de algunos de ustedes. Mío, desde luego.
En el piso de arriba estaba aquel melómano que vendía, entre pilas y otros enseres electrodomésticos de pequeño tamaño, música. Cambiaba vinilos como los discos de la casa Belter, los 45 rpm, que giraron y giraron en los picús de los guateques quizá con la música de los Nicholas Brothers.
O las dos hermanas, en la planta que daba a la calle Pelaires, 10, de aquel entonces, y que eran dignos personajes de Chejov. ¿Dónde están todos ellos, dónde está el cartel de El Japón en Los Ángeles?
En estos días, tras más de dos décadas cerrado, el local y todo su inmueble, la llamada Casa Mateu, se pone en pie a todo correr. Al parecer los nuevos propietarios son alemanes. Uno de los pisos será su vivienda. La planta baja tiene toda la pinta de futuro comercio y donde estuvieron las hermanas, en aquella tienda de siempre, quedan las estanterías, guardadas celosamente por los nuevos dueños. Se agradece.
Nadie sabe muy bien qué comercio va a tomar asiento en un lugar que ha servido de inspiración a escritores y a pintoras. En el primer caso a José Carlos Llop que se sirvió del rótulo para dar título a uno de sus dietarios. La pintora Amalia Avia se quedó prendada del cartel, de aquellas puertas a ninguna parte, porque como bien la describió Cela, la mujer de Lucio Muñoz fue "pintora de las ausencias". No es de extrañar que preparando su exposición en la galería Pelaires se dedicase a tomar un sinfín de fotografías, tal como hizo de sus cuadros Coiffeur de París o el Despacho de Leche en Madrid.
El pequeño comercio se extingue en aras de la producción de las marcas. Las tiendas a escala humana mudan por edificios enteros donde una música atronadora, o sutil o sugerente, según la hora y la clientela que atiendan ya que todo está estudiado para incitar al consumo, no para de sonar. Nada qué ver con los discos de 45 revoluciones por minuto que el propietario de El Japón en Los Ángeles intercambiaba con otros aficionados al jazz.
Pelaires fue precisamente una calle de escucha atenta ya que en ella hubo antes otras tiendas de discos como Jovellanos, cuyo encargado era un pozo de sabiduría, y el bar Pay-Pay, donde entre daiquiris y otras exotismos, escuchabas el mejor Caetano Veloso o Edu Lobo o Tom Jobin, entre otros. De los surcos de los discos se hizo sitio al arte. Llegó la pintora Amalia Avia y en el 93 cerró el círculo pintando el cuadro El Japón en Los Ángeles. Misterios de una ciudad como Palma que no debería perder.
P.S. Quien tenga el rótulo, que escriba una novela. Tiene chicha.

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