LOURDES DURÁN
¿Qué hace un hombre parado en un puente elevado con un sol implacable y ni una socorrida sombra que le proteja? ¿Mecerse con una banda sonora de coches en todas las direcciones? ¿Perder la vista en un paisaje subrayado por el centro penitenciario? ¿Regresar a la infancia de pueblo vaquero al ver dos caballos pastando en la paja del también cercano Hipódromo de Son Pardo? Entretenimientos no le faltan al hombre que no acierta a construirse una visera con el cuenco de sus manos.
Otras manos dibujaron una de las rotondas más grandes de Palma, si obviamos la de Manacor y la cercana al campus de la Universitat. En el acceso a Sóller, donde la ciudad se hace extrarradio en convivencia con su semiolvidado perfil agrario, los gestores del espacio público han hecho un land-art de carretera.
Unos viales de grava, un árbol en la interesección y al fondo, la estribación de la Tramuntana de fondo cinematográfico, cual isla del segundo rostro de Albert Vigoleis, conforman una más que económica escultura a la que tanta afición le cogió la sentenciada Maria Antònia Munar.
Cuando nos hicieron creer que éramos ricos –ya estamos viendo la maraña de tramas delictivas que sustentaban tamaña fortaleza–, a los políticos les dio por el arte. On the road, muchas veces. Como íbamos sobre ruedas, lo pertinente era hacer en las rotondas gestos rotundos como colocar cualquier espantapájaros hecho con hierros oxidados y hacernos creer que era arte. Se hacían la foto.
Se han pagado verdaderas animaladas por una estatuaria en la vía pública que hoy refleja la estupidez de tantos y tantos que creyeron en los ignorantes solo porque tenían poder. Munar, desde su presidencia del Consell de Mallorca, y por tanto, máxima responsable de las carreteras de la isla, debería responder del mal gusto que nos ha dejado en herencia en un paisaje cada vez más mancillado.
En Palma también tenemos ejemplos notorios como el de un pasmarote que vara en mano recibe y despide a los que van o vuelven de Valldemossa a la ciudad. Casi que es mejor ese óvalo en la carretera de Sóller por más que alguien crea que es arte de la tierra solo por estar hecho de materiales de la naturaleza. Al menos no habremos pagado tanto por él. ¿O sí?
Desde el paso elevado, ¿qué hace un hombre ahí parado, tan ajeno al sonajero de motores? Mientras, ruedan y ruedan los vehículos sin hacer mucho caso al jardincillo que se ha montado en una rotunda rotonda. Tampoco se lo harían si hubieran colocado una escultura de Oteiza, aunque éste no se hubiera dejado seducir por los cantos de sirena de la dama de Mallorca ni de los ciudanos Cane de la ciudad. Hoy, la ruina nos libera del mal gusto de algunos políticos. Es un alivio.