LOURDES DURÁN
Cayeron los copos mansos sobre una urbe cuyos coches de la basura lucen un juego de palabras: Mansaciutat. El servicio de los detritus de Palma nunca antes estuvo más sucio que en estos tiempos donde ni la nieve puede blanquearles la cara a los que sólo conocen el verbo blanquear en sus otras acepciones. Caían los copos mansos. Una hora tan sólo, una tregua para hacernos niños y, quizá por ello, los coches no hacían rugir sus bocinazos habituales cuando la meteorología les hace un traje.
En el entresijo del damero que rodea los juzgados de Palma de sa Gerreria, unos operarios apuntalaban un edificio el día previo a la nevada. Ayer andaban de descanso, sólo que contaron con la ayuda espontánea de dos prostitutas que, entre reclamos al vaivén de clientes, alertaban a todo aquel que pasaba que "por ahí no, que está cortada". Las mujeres hacían la calle en la llamada, tiempos ha, Can Sales, de igual nombre que una popular casa de lenocinio; ahora se la conoce por Ferreria. La calle cerrada por peligro de derrumbe del edificio ponía las cosas en su sitio: Justícia. Ya me lo advirtió Eduardo Jordá: "Palma es la vida". ¡Qué razón, amigo!
Más allá de los letrados y los testigos, de camino o de salida de los juzgados, acabas en un zoco donde más de la mitad de sus ruinosos edificios, algunos son casales como Can Serra, fajado a cal y canto porque se le comban las carnes, están en venta. O en vías de lavado completo.
Años lleva ya el rótulo ´Se vende edificio´, en un inmueble que da a cuatro calles y plazas: la del Mercadal, Espartería, Can Gotleu y sa Quartera. El propietario era un negociante de Alcúdia que dejó en herencia a su hija semejante cuerpo de ladrillo. Al fallecer ésta siguió la cadena en las manos de su hijo, un economista que acabó vendiéndolo a una empresa constructora. Y así hasta hoy.
La leyenda urbana le atribuye, en el trasiego de ventas y compras y su marcha atrás, una adquisición por parte de la mafia que acabó en agua de borrajas al enterarse quiénes iban a ser los nuevos inquilinos. También hubo un intento de convertir, quizá idea de los mafiosos, el edificio en un hotel ´a la american´. Es decir, un solarium en las alturas, rodeado de arena y vecino a la piscina, y en sus sótanos, un dispositivo completito de servicio de lavandería. Caen los copos blancos en la ciudad mansa.
Sigue dando luz, "con mucho esfuerzo", Miquel Juan Salom, de Eléctrica Ibero Americana, abierta en 1953. Las cuatro olivetti en fila indican un fulgor añejo. Ahora, como dice el propietario, "la crisis en la construcción ha parado las ventas". En el escaparate, unas lavadoras de las que cuelga un cartel con un precio ajustadísimo. Frente al portal de la tenue luz, persiste el rótulo de Granja Suiza, que ahora del bollo hace viruta. Y en otros tiempos, siguen los de Radio España. Por sombrero, un Bon Nadal de bombillas blancas. La vida.