LOURDES DURÁN
Quien más quien menos inicia el sábado de parecida manera: escuchando el aspirador del vecino, puerta a puerta. A lo que en la isla se conoce como ´fer dissabte´, esto es, darle al mocho, lustrar muebles, poner lavadoras y, que no falte, pasar la aspiradora. Una amiga mía lo define como "tareas sexuales" y, la verdad, lo prefiero, porque da una paz ver todo tan limpito, que ¡ni con el postcoito consigue una un nirvana semejante! A lo que íbamos, que hoy es sábado y toca ir de mercado.
En Palma somos afines a costumbres que por caprichosas razones seguimos a pies juntillas. En la cuestión de ir a la plaza, va por modas. Hubo un tiempo, en los setenta, en que al mercado de Pedro Garau se le conocía como Pierre Garau porque encontrabas ropa de marca a precio de bagatela. Unos levy´s 501 te salían igual que unos Lois en tienda. Así es que el todo pijerío de Palma se fue a este mercado más bien pobretón para acabar vestido de marca a precio de rebaja. Cuarenta años después, el mercado es una sucursal de la ONU con más carisma, desde luego, y sigues encontrándote a los hijos de los gitanos gritándote ´paya, cómprame, bonito, barato´, mientras miran de soslayo a los moros que tienen puesto techado en la plaza. A lo lejos, los chinos ni parpadean.
En el Olivar, la cosa se ensancha. Es el mercado por excelencia de la ciudad que no ha perdido su, llamémosle carisma, a pesar de tener por sombrero una conocida marca de supermercados. Desde la esquina del bar sa Sollerica, Margalida atiende los pedidos de frito, croquetas y rebozados. Comida llama a comida, así es que los jugos gástricos andan también de sábado, y a ver quién pasa el aspirador con el vaivén de suculencias. Maruja, en la pescadería, alienta a los clientes de pro a no hacerse con esos besugos "porque hoy les veo mala cara".
El mercado de Santa Catalina se ha convertido en el relevo turístico del Olivar. No hay guía que no se precie que no recomiende girar visita a los tendales que frecuenta la mismísima hermana del Rey. Sin embargo, y así lo recuerda Virgilio Izquierdo, que regentó –ahora le sustituyen su hija María y su yerno Juanjo– durante cuarenta años el negocio de quesos y exquisiteces abierto por su padre Fausto Izquierdo, "Santa Catalina siempre fue el mercado de extranjeros que vivían en El Terreno o en Génova". ¿Caro? Bueno, él tiene su teoría: "Nunca digo que un producto es caro si tiene calidad, sino que cuesta dinero". Entre los top ten de su puesto, sales de todo el mundo, condimentos para cocinar cajun y otras especies de las 1001 noches.
Cierto es que Santa Catalina es cosmopolita. La otra cara de Pere Garau. Aquí se pintan de blanco y allá son de color o más bien tostaditos. Uno de aquellos extranjeros rubicundos que frecuentaba el mercado fue el pintor John Ulbricht, para cuyos bodegones de frutas y verduras, se llevaba el grueso de las ídem del puesto de Daniel, atendido por la eficaz María Angeles. El artista se portaba capazos y capazos para componer sus grandes lienzos de limones y otros frutos. Daniel fue pionero en poner a la venta aguacates, kiwis y otros manjares viajados desde el Trópico. Esos que usted ya tiene asimilados a la cultura mediterránea, que como buena golfa, se lo hace con cualquiera. ¡Ay qué ver!
En la calle Platería no hacen sábado, pero desde hace un año le dan al té. En 5 O´clock Tea puedes alcanzar el estadio zen con ´tés blancos de penumbra´, o acabar en brazos de un árbol sorbiendo un rooibos de Burkina Faso; aunque quizá seas de corte más tradicional y optes por el English Breakfast. Los amigos de este caldo hirviendo aseguran que sus propiedades son asunto de dioses. Yo, por si acaso, me quedo en tierra que me da miedo levitar.